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No es
común encontrar en los terrenos del arte, un escenario en el
que los creadores y los espectadores se reconozcan sistemáticamente
como ocurre en los cine clubes. Esa reunión a la que concurren
responsables y copartícipes de la obra cinematográfica
culmina, cuando el autor se explaya y los asistentes cierran la
retroalimentación con sus preguntas y comentarios. Es preciso
reconocer, que por buena o mala que sea la fama de los círculos
cinéfilos no todo es aplauso ni snobismo en el cineclubismo.
Sin importar su residencia o su época, las ideas que
desembocaron en los protocolos del cine club están asociados
íntimamente con visiones revolucionarias de la sociedad y su
implementación contemporánea no ha perdido de vista su
función colectiva. También es cierto que como otros
paradigmas, aquél que sustentó a la reunión
colectiva frente a una pantalla (subterránea o pública,
amateur o profesional), se animó con los aires de renovación
compartidos entre los jóvenes por todo el mundo y actualmente
continúa evolucionando en los cinco continentes. Llena de
mitos y leyendas, la red entre los críticos, los cineastas y
los cine clubes es tan estrecha que los límites se pierden
frecuentemente y cada micro historia encierra episodios germinales,
climáticos y de crisis permanente entre sus protagonistas. Los
cineclubismos han partido del encuentro entre el creador y la
audiencia pero sobre todo, entre individuos entusiastas que sumados
llegan a calar en el imaginario colectivo como militantes culturales
o como corrientes estéticas. A su vez, cada experiencia es
única y considerando que tanto la conceptualización
como la implementación de un cine club echa mano de la
creatividad editorial, publicitaria y administrativa, la manutención
de los círculos ha dependido de la astucia autogestiva y del
eco de sus afiliados reflejado en el número de abonados y
suscriptores. Como éxito económico, en los grupos
cinéfilos también es posible hallar el reflejo del
comercio inspirado por la visión del cine como negocio del
arte. El fracaso de unos y el éxito de otros, abre las
preguntas acerca de la economía doméstica de los
exhibidores alternativos que además de su propia dinámica
interna, conlleva un conflicto con la censura, aprovechando los
vacíos en la legalidad que regula la oferta y la demanda del
audiovisual.
En los
márgenes del periodismo, sobrevive esa opinión pública
dedicada a fundamentar y legitimar una praxis. Fungiendo como
intermediario entre una cinta y sus lectores, no han sido pocos
cineastas involucrados en proyectos de publicación y
exhibición independiente. Desde sus orígenes, es común
ver ligados tanto a los realizadores como a los organizadores y
promotores del cine club, asociación que a pesar de sus
detractores, ganó status en los terrenos de la crítica
y la política como entidad civil sin fines de lucro. Asimismo,
la selección y presentación de películas ha
utilizado otros recursos para acercar a los aficionados con los
creadores. Las retrospectivas y los festivales representan una forma
de mantener el diálogo entre los autores y sus seguidores.
En la
dinámica comercial de la cinematografía (que incluye la
contención o permisión de la piratería), la
relación del creador y su público depende de la
posibilidad contar físicamente con el cineasta y la copia,
pero es indiscutible el atractivo que representa para la taquilla de
cualquier sala cinematográfica, el contar con una figura
especial en persona. En México, independientemente a los
programas televisivos de entrevistas, no abundan espacios en donde se
puedan presentar aquéllos acompañando con un debate de
sus películas. Salvo contados casos institucionales que
mantienen la presentación de la cinta y al terminar un brindis
con los asistentes, fuera de los circuitos académicos es
difícil asistir a un convivio de este tipo en el que los
cinéfilos profundicen en la trayectoria de un cineasta en
especial, léase guionista, editor, musicalizador, etcétera.
Pasado el
auge de las mayorías, comenzamos a vivir cotidianamente la
reafirmación de la diversidad individual, cultural, sexual y
étnica. La era digital posibilitaría cine clubes que
vieran la misma película y la comentaran por medio de tele
conferencias televisadas. Sería interesante saber cómo
reciben diferentes espectadores en el mundo, la misma película
en horas y latitudes distintas. Lo minoritario del público
especializado no justifica su desamparo. En esa arena, los cineastas
tienen mucho que aportar y recibir. Queda pendiente, el capítulo
de los cineclubistas que devinieron cineastas y alimentaron los
circuitos de resistencia cultural ante la hegemonía
estadunidense, algo que ya comienza a ocurrir en los albores de
nuestro siglo.
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