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Pulpmovies: Crónica de un cineclub en 10 películas
Por: Mauricio Alvarez
"El
porvenir del cine -en la medida que se quiera creer que el cine es un
arte- no está en manos de los directores, así se trate de
grandes estilistas como son hoy los mejores de ellos, sino en manos de
los autores, es decir de aquellos que tienen ante todo algo que decir y
saben decirlo en términos visuales."
Jean Mirtry. Estética y sicología del cine.
Capítulo 0. Antecedentes y antídotos: Tarkoswki y Makhmalbaf a la hora del almuerzo
En una noche a mediados de los 90 Álvaro y yo estábamos
comiendo unas arepas de chócolo con quesito cerca del teatro
Pablo Tobón Uribe. Acabábamos de salir de una obra
de teatro en la que éramos actores en el teatro la Exfanfarria
de Medellín. En medio de la charla Álvaro me hizo una
invitación: “Hey, por qué no hacemos un cine club en la
Universidad (de Antioquia)”. En los días que
corrían me dedicaba, marginalmente a superar el sexto semestre
de Ingeniería Electrónica, carrera a la que robaba tiempo
para dedicarme al teatro y otras faenas etílicas. Por
entonces el cine era un desconocido del que desconfiaba por su afinidad
con las telenovelas y los comerciales de TV. Era el teatro el que
representaba la vía genuina para la expresión de ideas y
sentimientos, menos contaminado por la parafernalia del comercio y la
taquilla. En nuestra sala, que quedaba a reventar con 30
espectadores el teatro recibía subsidio del estado ( y nuestro,
pues éramos actores ad-honorem).
Existía en la Universidad de Antioquia un espacio (¿cine
club?) conocido como Conexión Nosferatu. Por esos días
tomaba arduos y áridos cursos de cálculo y física
de semiconductores, que a las doce del día dejaban mi mente
arrasada de tanto ajetreo lógico y cuántico. En
busca de un respiro entraba a la sala del teatro popular Camilo Torres
a la sesión diaria de los chicos Nosferatu. Allí
fue un día cuando luego de que se apagaron las luces que
comenzó esa batalla visual que es “El espejo” de
Tarkowski. Fue un pase directo a la lógica del cine, al
lenguaje de las imágenes, a la imagen que es capaz de hablar por
si misma. A medida que los profesores de cálculo iban
mostrando sus dotes para el hipnotismo, fue aumentando mi tiempo libre
para el cine y a Tarkowski le siguieron: un ciclo completo de cine
iraní con “El ciclista” de M. Makhmalbaf, un ciclo de cine
chileno con “La luna en el espejo” de Caiozzi a la cabeza, uno de
Buñuel y “La vía láctea” y un larguísimo
etcétera.
Capítulo 1. Mute Witness y los audífonos del laboratorio
Pero retomemos. La invitación de Álvaro era mucho
más que sorpresiva. Yo sabía que él con unos
amigos de la Escuela de Idiomas y de Comunicación Social estaba
formando un cine club en la Universidad. Había visto
algunos afiches pegados en las cafeterías: “Pulp Movies
presenta: Mute Witness un film de Anthony Waller (Alemania, USA,
Rusia)” Las letras en el afiche recorrían el perímetro
del papel, algunas frases estaban marcadas con colores y había
que detenerse, mirar, y luego mover la cabeza en una especie de lectura
acrobática. Y allí estuve, en un pequeño
salón llamado “Laboratorio de Idiomas” con un poco más de
20 sillas y 2 televisores de no más de 20 pulgadas. A la
entrada me entregaron un papelito con el mismo diseño del afiche
y unos audífonos. Las luces se apagaron ritualmente y la
cosa comenzó. En esa película había
algo: un tono de burla, un afecto desmesurado por las imágenes,
por los colores, un juego con la narración y con las sensaciones
de los espectadores. Cuando miraba a esa chica correr buscando una
puerta de salida y la cámara que la perseguía junto al
temible asesino me di cuenta que algo pasaba.
Capítulo 2. Kids, las definiciones imprecisas y otras formas de Pulp Movies
Desde aquellos primeros días me inquietó ese asunto de
“Pulp Movies” pero Álvaro se mostraba muy esquivo como si no
fuera posible una única y precisa definición. Lo
más que me de decía era “Pulp Movies, cine pulpa, la
pulpa del cine”. De esas primeras inquietudes nació un
texto que hoy no es del gusto del propio autor y en donde
sentencia:
“EL CINE CLUB PULP MOVIES está empacado en formato no
convencional y su excitación química encuentra su punto
más efervescente en la imagen, a la que somos adictos y en la
que creemos, es la única manera de acceder a los complejos
mecanismos del mundo actual. Nuestra fórmula, si
así se puede llamar, es la de un modernismo post fielmente
ligado a las vanguardias del arte. Mostramos a través del
vídeo y el cine, la conciencia del hombre contemporáneo y
su desenvolvimiento en el subconsciente locuaz de la ciudad y su
concreto hiperurbano [1]
Mi labor era encontrar esa pulpa del cine y luego fue Kids a comienzos
de 1997 y allí nuevamente había algo. Pero era muy
difícil expresarlo como ideas, esa película no habla
sobre una cosa como quisieran algunos profesores de secundaria. Kids
transmite sensaciones, afecta, trastoca. Kids te hace otro
momentáneamente, es un vínculo al que es
difícil renunciar: algo mío estaba allí en
esos chicos, en esas calles, en el Central Park y sus habitantes que
vuelan en tablas rodantes y siempre tienen algo para tomar y para
fumar. De alguna forma ese Nueva York del final sorprendido antes de
levantarse, ese borracho junto a esa reja, la soledad de esas calles,
ese señor que trota por la acera no hacía parte
sólo de New York sino de un lugar común en el que yo
también estaba metido. En los créditos se
leía dirigida por Larry Clarck, guión de Harmonie
Korine.
Capítulo 3. Nadja y los tiempo difíciles
Pasados varios meses la propuesta de Pulp Movies había atrapado
a un público que semanalmente llenaba las veinte sillas de la
sala y algunos que se resistían a quedarse fuera y
preferían ver de pie. Con ese éxito bajo el brazo nos
aventuramos a cambiar de sala. Entonces dejamos los televisores y
pasamos al auditorio 217 que unos años más tarde
sería bautizado como “Sala de cine Luis Alberto Alvarez”.
Fue allí donde inauguramos con Nadja de Michael Almereyda.
El blanco y negro relucía sobre la nueva pantalla gigante que
nos acercaba más al cine y nuevamente las calles de Nueva York y
las vampiresas que caminan sin rumbo en las noches y se besan en los
bares. La imagen delataba los puntos que producía la
cámara Fisher Price que escogió Almereyda. Entonces
era la textura de la imagen, la disección visual de la calle a
ritmo de Portishead.
Sin embargo aparecieron por esos días dos simpáticas
señoritas en la dirección de Extensión Cultural y
del Programa de Cine de la Universidad de Antioquia que pretendieron
hacer una revolución en el cine Universitario. No solo acabaron
con Nosferatu ante su asfixiante presión burocrática sino
dieron luz a los más alucinantes ciclos temáticos: se
podía leer en los carteles del programa de cine “ciclo: el amor
en los noventa: Fresa y Chocolate, y Tango Feroz” Los resultados fueron
inmediatos y fáciles en número de espectadores al
año en el teatro Camilo Torres.
No tardó mucho tiempo que la presión de las chicas del
cine llegara a Pulp Movies: “Los sentimos amables cine clubistas pero
el proyector de cine no se puede usar para presentar cine puesto que se
deteriora y puede dañarse, los invitamos a que estén
atentos a nuestra programación” Desde ese día
comenzamos un periplo trashumante, éramos un cine club
errante. Finalmente llegamos al auditorio del Museo
Universitario, en el que en ciertas ocasiones era necesario esperar uno
minutos a que terminara la homilía del cuerpo católico
universitario. Pero como “esas cosas pasan” volvimos a comenzar y
esta vez fue un pequeño especial de Fina Torres con Oriana
y Mecánicas Celestes. Allí descubrimos el pulso de
esta venezolana, su intimidad en Oriana, sus viajes multicolor en
Mecánicas. Pulp seguía vivo a pesar de todo.
El debate con las nuevas administradoras de la cultura universitaria se
agudizó y desde varios frentes aumentó el cuestionamiento
a la vergonzante programación oficial de la Universidad y la
persecución a los cine clubes [2]. Finalmente las chicas
dimitieron y se dedicaron a oficios varios.
Capítulo 4. Julio Médem: vacas, ardillas y cine.
De ese trago amargo nos recuperamos y Pulp Movies retomó sus
baterías con un ciclo de, el para entonces desconocido, Julio
Médem. Vacas, La ardilla Roja y Tierra. Médem
nos mostraba sus búsquedas en el lenguaje de las imágenes
para maternos adentro de su cabeza.
Por otro lado las preguntas iniciales seguían siendo las mismas
y las respuestas por fuera de la sala eran difíciles.
Había aproximaciones, empezamos a hablar del cine
independiente. Lo independiente nos enseñó a
desconfiar del cine como gran industria, de las grandes productoras,
del star system, de la maquinaria que hace y vende films como
detergentes o toallas higiénicas. Lo independiente nos
mostró que era posible otro cine, que con menos dinero,
estrellas y distribuidoras a la mano, era capaz de decir más, de
hablar de eso otro, de cosas más cercanas, de cosas que
tocan más. De esas reflexiones surgió la idea del cine
invisible:
“Al borde de la vía y muchas veces en contra de ella, han
surgido y seguirán surgiendo, quienes encuentran en el cine una
posibilidad para deformar la realidad por un espejo perfecto y
obligarla a ridiculizarse, a servir de prisma donde el mundo de lo
humano se multiplique y enrarezca. Un cine que es ante todo
pregunta, que no intenta enseñar sino que juega con lo que se ha
enseñado como aceptable y lo hace objeto de burla, lo amasa para
interrogarse por otras formas, para descubrir el absurdo, el amor, la
muerte, el dolor, el sin sentido y la poesía; en invisibles
pliegues de un mundo caótico y complejo”[4]
Capítulo 5. Kiarostami y Panahi y el circuito alterno de Medellín
Los noventa se escurrían a toda carrera y al lado de Pulp Movies
se habían ido creando otros cine clubes universitarios: Cinema,
Cine Jurídico, La escena Trascendental, CineCon, el Cine Club de
la Facultad de Medicina, el Cine Club de la Universidad Nacional, que
sumados a otros espacios extrauniversitarios como el Cine Club Cinema
Azul de Comfenalco y al incansable Colombo Americano han constituido un
amplio circuito de cine alternativo en Medellín. Siempre
actuando al margen del gran circuito comercial que poco a poco
cerró casi todos los cines tradicionales del centro de la ciudad
para fundar salas multiplex justo al lado de las tiendas de abrigos y
crispetas de caramelo. De esta manera los cine clubes
construyeron una ruta de cine abierto y libre: un mapa semioculto que
todos los días nos mueve entre salas universitarias, cajas de
compensación, un teatro sindical, salones de clase,
cafés, y que ha contribuido a la formación de una
generación adicta a las imágenes. De esta forma en
Medellín hemos podido ver ese cine que se hace invisible por la
torpeza comercial de la TV y los intereses nada amigables de las
grandes distribuidoras multinacionales. Igualmente se han
generado la presión y mercado necesarios para que otras
distribuidoras traigan a nuestras pantallas películas
importantes que de otro modo habrían quedado
ocultas. Al respecto se pronunciaba Diego Ruiz:
“De cualquier modo, las propuestas de apreciación
cinematográfica lideradas por los estudiantes y materializadas
en los Cine Clubes, han servido como detonantes culturales que no por
exitosos deban dejar de mejorar su margen de impacto. Todos los
públicos han tenido respuesta, a excepción de los amantes
del porno y la acción, para quienes quizá se esté
fraguando en la cafetería una propuesta creativa e
interesante”[5]
Fue así como los nombres de David Lynch, Jim Jarmusch, Emir
Kusturica, Aki Kaurismaki, Joel & Ethan Coen, Raul Ruiz, Olivier
Assayas, Harmonie Korine, Bertrand Blier, Takeshi Kitano, Leos Carax,
Claire Denis, Alejandro Jodorowsky, Tsai Ming Liang, Theo Angelopoulos,
Abel Ferrara, Lars Von Trier, Hans Peter Moland, Jan Svankmajer, Wong
Kar Wai entre tantos otros pudieron pasar de las reseñas de las
revistas especializadas a la pantalla y la vida de la ciudad.
Un día cualquiera de 1999 Pulp Movies puso en sus carteles
“Donde está la casa de mi amigo de Abbas Kiarostami y El Globo
Blanco de Jafar panahi”, por aquella época no se mencionaba con
tanta regularidad en Cahier Du Cinema al señor Kiarostami y
Panahi estrenaba sus nombres en los bellos y árabes
títulos del cine iraní. Esa fue una declaración de
cine, de algo que estaba sucediendo en las calles y las mentes de
Teherán, algo que se quedaba pegado luego de que pasaran los
créditos sobre el chico que se está solo frente a la reja
de un almacén con un globo blanco en la mano o en la
búsqueda incansable de la casa de un amigo. Kiarostami y
Panahi y sus niños perseguidores. Años
después estarían Close-up, El sabor de las cerezas, El
círculo y La Manzana. Y de la mano de otra niña
iraní, Samira Makhmalbaf, pero esta vez detrás de la
cámara, asistiríamos a una lección de humildad
antes imágenes tan simples pero tan potentes. El cine como
lenguaje multiplicado de lo humano
Capítulo 6. Gummo. Harmonie año cero
Pero siempre que hablamos de cine, es el cine con minúsculas, de
ese cine que es una esquina marginal de todo el Cine, cine que se da
tropezones buscando la forma de decir y volver imágenes todo eso
que está por decir sobre el mundo y cada uno, sobre eso que nos
es común a todos y en donde las imágenes se vuelven un
sólo lenguaje, un solo lugar. En esta búsqueda
encontramos a Gummo de Harmonie Korine.. Gummo te despedaza en la
primera secuencia, el conejo mea y escupe, los carros pasan y siguen,
el conejo patea y llueve. Todo sucede en Xenia Ohio, pueblo de la
imaginación de Korine que es tu ciudad de origen.
Allí quieres regresar y despedazar una silla o aspirar un poco
de pegante para llegar la lucidez. Korine y su pandilla de
retrasados mentales y adolescentes fugados muestran algo, hay un
hallazgo, no uno formal, aunque por eso mismo se convierte en tal, sino
expresivo, sintáctico, una forma de decir, de acercarse a algo
monstruoso y bello al mismo tiempo. Gummo punk cinema. Cult Pulp
Movies. En palabras de Jorge Serna:
“Estamos viviendo, afortunados, un momento pos. Pos-algo. Algo ha
muerto, o está muriendo, y apenas comenzamos a enterarnos, como
por reflejo, por negación. Pequeños destellos por
aquí, por allá, que nos hablan de alumbramientos varios.
Sensibilidades y gramáticas y ritmos palpitantes que nos vienen
de geografías inéditas en nuestro reducido atlas de
interacción con el mundo: Hong Kong o Teherán o Xenia,
Ohio o aquí mismo, a dos pasos, en Medellín, Colombia.
Ritmos aleatorios, no lineales. Sensibilidades limpias, que, como
Godard, “esperan el fin del cine con optimismo”, y si no el fin, por lo
menos sí un cambio constante, dignificante”.[6]
Capítulo 7. Tsai Ming Liang. Viva el amor!
Como siempre sólo hemos podido llegar a respuestas temporales,
aproximaciones transitorias sobre el cine que queremos ver, sobre lo
que queremos ver en el cine. Una de ellas es el cine de
autor. Reconocer la mirada de otro tras la colección de
imágenes que es un film. Los guiños sutiles, los
significados múltiples, los riesgos tomados y asumidos, la
apuesta por mostrar algo sólo de esa manera porque sería
imposible hacerlo de otra. Y Tsai Ming Liang si que lo confirma:
cine contemporáneo, de autor, arriesgado, independiente,
digno. Le empezamos a seguir el rastro: Viva el amor en 1999, El
río en 2000 y El hueco en 2001. Todas una sola
película, una sola soledad, el mismo vértigo del
silencio, el abismo que nos separa de los otros, de lo otro, la
indiferencia que te lanza a llorar en los parques, que te mete a un
pub-sauna “liberal” en donde puedes tocar y dejar que te penetren en la
oscuridad. Al final sólo vez pasar la basura cayendo por
la ventana en un edificio repleto de fantasmas y una ciudad donde todos
son cucarachas. La única salida es un hueco, una grieta,
una fuga que te pueda dejar en los brazos de otro/otra.
Para entonces escribir sobre las pelis se había convertido
en una forma de exorcismo. No dejar que las imágenes se
revolvieran solas en tu interior, abrirles un hueco para que salgan y
den cuenta de su paso por tus vísceras. La crítica
como una forma de sudor, excremento o semen, todo eso que fluye de tu
cuerpo cuando lo estimulas con comida, sexo o movimiento.
Escribir porque el cine está vivo, pero sobre todo porque
nosotros, yo, tu estás vivo, porque la película de cada
viernes se te mete por todas partes y comienzas a vivir en ella y se
convierte en parte de tus historias, en un punto intermedio entre los
sueños y los recuerdos, y entonces te despedazas en mil
películas vistas y te quedas un poco en cada una y te vas
haciendo de películas, pero no de listas de directores,
años y títulos y comentarios de bueno o malo, sino de
seres, sensaciones, emociones, ideas, demonios, fantasmas, ventanas y
huecos.
Álvaro lo decía así en un texto para la celebración de los 6 años de Pulp:
"Y mientras la peli avanza, nuestros sueños se estiran como
plastilina, en la sala el silencio se cierne intimo y esperanzador de
pared a pared, pocos pasan desprevenidos, algunos sudan más que
de costumbre, otros se recogen y pierden la voz, lanzan suspiros, la
hora es propicia para adentrarse más, todo impulsa al
desprendimiento general de los músculos en la cadencia de cada
fotograma en la música corporal del no rigor...
La cinta da el último trastoque: danza... y muere...
Los créditos finales aparecen y se esfuman en el viento.
La corteza de los párpados se quebranta para alegría y
paz de la mirada.
Refrencias
[1] Alvaro Ruiz . "Credo Pulp de la esquizoficción".
[2] Pedro Adrián Zuluaga. Sobre el programa de cine de la UdeA. Periódico el mundo. Medellín
[4] Mauricio Alvarez. "Kinetografo".
[5] Diego Ruiz. "Los cine clubes en la U”.
[6] Jorge Serna. "Pulp (sin ninguna vergüenza)"
[7] Alvaro Ruiz. "Pulp Movies, pulp birthday!"
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