![]() |
home+ números anteriores+ quiénes somos+ contactos+ enlaces+ | ||
| artículos+ entrevistas+ reseñas+ cineclub+ | |||
|
|
|||
|
Vacas, La ardilla roja y Tierra de Julio Medem |
|||
|
|
|||
|
Por Diego Ruiz |
|||
|
"También esta noche, Tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor. Y alientas otra vez en mí la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia". Fausto Como en la matemática con la enumeración sin fin de las cosas hasta descubrir, con tristeza de primíparo existencialista, el infinito. Luego de perderse en él tardes enteras indagando el propio devenir, conformarse con ideas que de manera circular, se repiten; cuadrangular también y de cualquier forma incluso. O como le correspondió en el ejercicio del entorno, al joven estudiante de medicina Julio Medem Lafont, con la pormenorización en las partículas que componen el cuerpo humano. A partir de esos destellos de la creación que algunos seres persisten en indagar, se disparan conmovedoras y bellas alucinanaciones humanas. De Julio Medem vale decir, saboreando los labios de color humilde, de color orgullo, que es alucinante. Comentario justo para aquello que proyectan desde planos imperceptibles, lo perceptible, develando contornos extraordinarios. Se confía en que ese murmullo a los oídos que se siente en los días de sol y lluvia, sea la respiración de nuestro creador, apoyado al hombro susurrando el bien de las cosas. Escucharlo es como ver las cosas como son, siendo lo que habita un espacio y no lo que se pretende dar por interpretación del habitar. Esas interpretaciones conducen el entendimiento por caminos humanamente premeditados, difíciles de recorrer con certidumbre, agobiantes para el alma. Se dibujan así maravillas poéticas por hombres poéticos, metáforas creativas para la recreación visual y literaria; sin embargo, cada día creemos menos en esas maravillas. La mano de Dios está dispersa por ahí, a manera de verdad, en todo. Desprenderse de esa mano no le incumbe sino a uno mismo; tal vez porque cansa el hecho de conmoverse a cada segundo, porque hay que ser algo más indolente en estas ciudades maliciosas, porque eso de creer que aquí se está bién es pura ensoñación, o porque no entona con la postmodernidad. Por lo que sea, esa maldita mano estorba en la mirada de este mundo. Urgen, eso sí, figuras maquilladas, no-ciertas, caricaturas de corte Giorgio Armani. Tan evidente es el desenfoque de las cámaras cinemátograficas respecto a la sensatez que ha de tener la representación artística, que algunos directores como Lars von Trier consideran pertinente el atrevimeinto de un manifiesto con mandamientos que aboguen por un tanto de naturalidad en el trabajo. Los alucinantes dicen cosas, recrean para todos sus experiencias de verdad y sorpresa, si el espectador tiene su ojo puesto en aquel instante inexplicable, podrían tomarlo con cierta conmoción por la belleza. La luna llena en la tarde. Julio Medem, director Español y uno de estos alucinantes, ha dirigido tres largometrajes: Vacas (1992), que mereció el premio Goya a la mejor dirección novel, además de diversos galardones internacionales en los festivales de Tokio, Turín y Alejandria. La ardilla roja (1993), obtuvo el premio a la mejor película extranjera en la Quincena de Realizadores del festival de Cannes y el primer premio en los festivales de Fort Lauderdale (EE.UU.), Bogotá y Bucarest, entre otros. Tierra(1995), su película mas reciente, formó parte de la selección oficial presentada a concurso en el festival de Cannes de 1996. Medem nació en San Sebastián en 1958. Se licenció en Medicina y Cirugía General por la Universidad del País Vasco en 1985. Hizo critica de cine en el diario La Voz de Euskadi y también colaboró en algunas publicaciones más, como Cinema 2002 y Casablanca. En 1974 comenzó sus experiencias cinematográficas en formato super-8, en el cual realiza varios cortos. El primero de ellos fue El ciego (1976) al que siguieron uno basado en un relato de Hitchcock, otro inspirado en Antonio Machado, y uno muy breve, Fideos (1979), que da la sensación de ser una obra abstracta y al final se descubre que está rodado desde debajo de un plato de fideos que van desapareciendo en la boca de un comensal. Otras obras son El jueves pasado(1977), "Si yo fuera un poeta..." (1981) y Teatro en Soria (1982). En 1985 rodó Patas en la cabeza con buen presupuesto y en 35mm, cortometraje consagrado con el Premio de Cine Vasco en el Certamen Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao correspondiente a 1986. En el mismo certamen, pero en la edición de 1987 logró el "Premio Telenorte" por su corto Las seis en punta (1987). Desde ese año decide dedicarse al cine de forma profesional, desempeñando diversos cometidos: asistente de dirección, montador profesional, guionista, etc. En 1988 escribe y dirige el mediometraje Martín, de la serie 7Huellas7, para Televisión Española. Intervino, asimismo, en la realización de la película Crónica de la Segunda Guerra Carlista (1987), de José María Tuduri, con la asistencia en la dirección y el montaje. También realizó el mediometraje de ficción con fines pedagógicos El Diario Vasco, encargado por El Diario Vasco en 1989. Y en 1995 participa como guionista en la película Hola, ¿estás sola?, de Icíar Bollaín. Esta enumeración agotadora de títulos, fechas y galardones no constata, de por sí, lo grandioso o minúsculo en las creaciones de un individuo; es la apreciación particular del espectador la consagradora de juicios. Lo que sí exhibe el anterior menú, es la progresión del trabajo constante y una presencia marcada en los eventos más representativos del cine europeo, por demás, señal de atención sobre un director relativamente nuevo. En Vacas, su primera película, salta al instante la sorpresa por la circunstancia formal de que la línea narrativa desenvuelva sus hechos a través de las vacas, ubicadas en diferentes momentos de una historia que comprende varias generaciones de dos familias vecinas en un pequeño valle vasco. Aunque no se puede decir que se pretendan narrar los cruces pasionales de ambas familias desde la perspectiva de una vaca, vale afirmar que la mirada impuesta sobre los personajes se aleja prudentemente del vistazo convencional dado a los individuos en el cine. Se acude a ellos en momentos íntimos de su estar cotidiano, donde dejan fugar delirios y gritos que los ayudan a morir. Durante 60 años (1875-1936) asistimos, en los cuatro episodios que constituyen la película, al hogar de dos familias en estado de locura permanente, o mejor dicho, con la piel raspada por pasiones extremas y silencios llenos de intención. No es necesario que los personajes se den golpes contra la tierra todo el tiempo en acto desenfrenado; existen momentos de sosiego en que vuelcan la salvaje fuerza de sus obsesiones en el hacha contra la madera. La rivalidad en la competencia de hachas excede el borde de lo admisible, el imperativo por vencer supera el orgullo familiar y se superpone en lo vital. Junto al hacha latigando vigorosa, está la pasión joven de la señorita de los Mendiluze por el leñador de los Irigibel. Este es sólo un pequeño fragmento del nutrido mundo de acontecimientos que comprende tres generaciones, de las cuales los diversos personajes de cada familia se tuercen y retuercen sobre los de la otra para constituir luego una sola familia: los nietos de una y otra terminan siendo hermanos que se han esperado desde siempre para amarse, su unión es el fin y el término del odio que ha circundado las parcelas lindantes. Así rápidamente, en las palabras, se muestra real-imaginaria esta historia vasca, que no deja de serlo, claro está, considerando más real y al tiempo fantástica, la sicología de los personajes. El experimento de representar hombres que habitan la parte trastornada de su carácter no es novedoso, pero en cambio y mejor, está gratamente conducido en esta película en la que hasta las vacas salieron buenas actrices. Junto a ellas, Carmelo Gómez y Emma Suárez encabezan el reparto. Ahora una mujer agobiada por el insoportable retumbar de llantos ancestrales rebotando de colina en colina, da patadas al abuelo estúpido que le cortó las patas a la pobre vaca: el abuelo la cogió dormida y saz, un hachazo en cada extremidad. Esto ya lo había pintado el viejo una tarde en sus paisajes de muerte vacuna. Otro episodio: los dos últimos amantes se reencuentran en el bosque de su infancia, la Guerra Civil Española hace arribo a la provincia y los hombres de casa alzan fusiles en defensa del terruño, el escenario es de amor bajo las altas hierbas y de muerte en la superficie. Cae un muerto al lado de los amantes, la niña entra en shock nervioso, el joven es sacado de entre los arbustos y mandado fusilar. El caso es que ahí no termina el delirio, concluye con mucha hambre y a caballo. ¿Cómo podría denominarse la intención de ubicar momentos inapelablemente desajustados en la vida de los seres? Ficción esquizoide, oportunismo dramático, misticismo existencial, "comunicación inmediata y directa entre el hombre y la divinidad, en la visión intuitiva o en el éxtasis" (se explica de misticismo en las enciclopedias). Allí ocurren cosas importantes, se puede decir. Igual cuando una babosa se desliza sobre un hongo alucinógeno o una cucaracha ruñe la pepa de un mamoncillo tirada en uno de esos desagües callejeros. Dando un salto sobre esta trinchera enfermiza caemos al otro lado, en el que está la cámara y un mediano pelotón de asistentes para el rodaje. El propósito subjetivo de la cámara es permanente, a manera de vaca, jabalí, hacha, ciencia, cosa, etc. La presencia del visor mágico es un punto de vista que supera la presencia humana del camarógrafo y así da lugar a la libertad de ser mirada transparente e ilimitada. Limitada, obviamente, por la técnica. Algunas cualidades claras del film y otras no tanto, aderezan cada nuevo giro rayado por el guión. Una de ellas es el deslumbrante presente de los personajes que los hace más reales a cada palmo, pues existe una tendencia no sólo en el cine, sino en los hombres, de exaltar una siempre acomodada admiración por el futuro a la hora de representar el pasado. Este fenómeno evocativo de hombres del futuro, nosotros, es casi inevitable, por decirlo de alguna manera, natural; como es natural suponer el pasado partiendo de lo que somos: el futuro. En este caso, Vacas suprime las inquietudes de un narrador futurista a través del abrasador presente de cada personaje. Si se permitiera la presencia inconsciente de este narrador, que es bastante fácil, cada textura representada cargaría el peso de nuestro presente y no el del tiempo histórico; el miedo sería otro y hacer el amor también, un dibujo extraño entre lo que es hoy y los datos suministrados por estudios históricos. Que sirva esta mención del tono imperante en la Opera Prima de Julio Medem, entre otras cosas, para disponerse con cierta expectación hacia su filmografía siguiente. En su segundo largometraje, La Ardilla Roja, el entorno es diferente pero la cara de las cosas, en especial de los personajes, es oscuramente igual. Se trata de un episodio contemporáneo en San Sebastián. Ciudadanos truculentos tantean la baranda del muelle para dar el salto final y deshacer la desesperanza contra las rocas, y lo hacen; pero antes, un rodeo amoroso, de suspenso, tejido por personalidades indeterminables como los animales, como las ardillas, psique zoológica. El comodín de esta partida es la amnesia de una chica (Emma Suárez), jugadora en ambos lados de la mesa. También, mirando el juego desde varios planos, el chico (Nacho Novo): acomodador de datos, a su amaño, en la cabeza de Lisa. De esta manera se inicia un juego sin dimensiones, en el que cada acto, cada hacer de los participantes parece extraído del lugar de donde no se toman las decisiones, de otro lugar lejano al proceder habitual, un estado mental de gracia. ¿Al borde de qué estamos? –Pregunta la cucaracha-. Julio Medem estudió medicina con el único propósito de hacer, posteriormente, estudios de siquiatría. Dato pertinente al enfatizarse en esta película su inclinación por individuos enfermos. Sin embargo, se valora su sutileza al no construir las historias para el lucimiento de la enfermedad. Aparecen dados los síntomas y las patologías de la misma manera que el bigote; es decir, incorporados a los individuos sin que apremie aclarar porqué. En este sentido se suelen escuchar cosas como que "la elaboración de los personajes fue deficiente" o "porqué este personaje hizo esto si..." como si la naturalidad de los actos tuviera algún sentido o lógica y más, fuera previsible. Obedecen generalmente a exaltaciones anímicas enigmáticas en las que aflora el absurdo sin intención. En La Ardilla Roja los personajes principales o secundarios aparecen como son y no con la fracción de ellos requerida para la continuidad y narración de las escenas. Se esquiva la penosa circunstancia de robarle a una persona, un taxista, lo más aparente de su personalidad, manipularle la dermis y disponerla en el instante ideal atendiendo el círculo perfecto del guión. Simplemente, Medem deja correr sus asuntos a cada individuo, enfocando cruces precisos en ese andar sin fin de las vidas. De nuevo, en esta realización, el qué contar no se restringe a espacios y circunstancias de una sola dimensión, nuestra dimensión. Secuencias subjetivas, por ejemplo un pensamiento, se entremezclan con fragmentos de un vídeo clip, a su vez, idealización de otro personaje. Somos una ardilla trepando árboles en un instante y al siguiente sufrimos la tensión de una pesadilla en el inconsciente. Búsqueda formal, agotadora en ocasiones por la exigencia imaginativa para el espectador, pero a pesar de ello, estimulante. Al borde del cosmos, que puede ser también la cocina de la casa o los sueños, nos transporta Tierra, la más reciente realización de Medem. Canto amable de las preocupaciones metafísicas reinadas por el misterio de nuestra presencia. Tierra es una caricia, como las palabras sinceras o las miradas desprovista de propósito (simples miradas que revelan todo un ser). Esfera sacudida por rayos y roedores que con sus particularidades la determinan, la atraviesan con su mínima acción al desplegar las consecuencias de sus actos. Supóngase una luz, un ángel, una persona; ahora imagínese que contenga toda la bondad y todo el amor y que se lo entregue a uno con su presencia. Puede que la tierra ni se inmute, pero la integridad de nuestra alma -algo así como la inmensidad-, habrá recibido un toque divino. Entonces, uno se ríe. Aunque las formas y las imágenes en Tierra, tratan de sintonizar un espacio fuera de lo ordinario, una alucinación interplanetaria desde la tierra misma, el viaje más grato no es a través de éstas, sino por medio de las sensaciones humanas que transmiten los personajes: el vilo contenido en los gestos y palabras hace difícil ubicarlos en algún lado, arrastrándolo a uno a ese punto medio entre el cielo y la tierra, entre insecto y universo. Dice Julio Medem de su película: "Tierra cuenta la história de Angel (Carmelo Gómez), un ser complejo, mitad hombre, mitad ángel, medio vivo y medio muerto, cuya conciencia está gobernada por una voz que le habla desde el cosmos." Angel tiene un cometido, fumigar la comarca para exterminar una plaga que parece perjudicar el vino, pero además se le enreda el andar con dos mujeres (Emma Suáerez y Silke) entre las cuales su angel y él tendrán que resolver. Angel es un viajante conscinente; viajante como el que se desplaza de un lugar a otro, en este caso, entre dimensiones o estados de la energía vital; consciente como el que sabe que un peine es para alisar los cabellos y que el cuerpo es para ejercerlo con el vivir. En otros términos, Angel es un individuo que maneja los puntos de encage entre la tercera dimensión, la del cuerpo (ésta) y la otra. El artificio de Tierra tanto en la forma como en la intención es elevado, pero no pretende solventarse a sí mismo, sino acompañar con sentido el detritus de los personajes (el descomponerse en partículas o quebrarse en fragmentos de sentimiento). Desde el comienzo es claro que ese jugueteo artificial aparente -pues la secuencia inicial esta diseñada por ordenador- se apunta por la sensibilidad y la belleza. La muerte y la locura de Julio Medem No es que se haya muerto, no; seguramente está en este momento compartiendo con su esposa y su hija, o terminando el Así se hizo de Airbag, la última película de Juanma Bajo Ulloa, o en Finlandia preparando el rodaje de Los amantes del Círculo Polar, su siguiente realización, o por ahí tomando un café. Se trata es de ponerle ojo a la muerte como circunstancia predominante en sus películas. Para aclarar la pertinencia de este intertítulo basta hacer mención a la secuencia inicial de sus tres largometrajes: Vacas abre con un paisaje tétrico, de guerra, en el que Ignacio Irigibel es un soldado que ante la inminente fulminación de su cuadrilla usa la sangre de un compañero para pasar por muerto, de entre los cuales se fuga posteriormente. La ardilla roja abre con "J", uno de los personajes principales, frente al precipicio (en el muelle) dándose fortaleza para saltar, en ese instante y a su lado, un motociclista se lanza contra la baranda y cae en la playa; es Lisa su compañera de trama a partir de ese momento. Y Tierra desde la oscuridad se inicia con este parlamento: "La muerte no es nada pero si estuvieras completamente muerto no me oirías..."; instantes después Angel transita una larga carretera desolada, se le atraviesa una oveja y un muerto que, electrocutado por un rayo, después de ser tocado por Angel con curiosidad, vuelve a la vida, cruzan unas cuantas palabras y muere nuevamente terminando su alocución con la palabra "superstición". Es suficiente simbología como para enloquecer a una tía; así que vale dejar esas imágenes como sugerencia y no hacer un discurso torpe que fácilmente podría acrecentar la confusión. Tampoco es que esté loco o desquiciado, pues aparenta buena salud y por su dinamismo se supone sencillamente un aceptable ejercicio mental. Se trata es de comentar una cierta perspectiva de diferentes estados mentales encarnados por sus personajes. Estos estados no aparecen como dificultad social o moral de necesaria superación. Tácitamente plantean un matiz de sujetos distintos. Alcanza a percibirse una mediana y positiva condescendencia hacia el proceder totalmente particular como actitud íntima de bienestar. Para concluir este sondeo sobre Julio Medem y sus tres largometrajes la cucaracha pregunta: ¿He de correr siempre para no ser aplastada? Como respuesta casual otro fragmento del parlamento inicial de Tierra: "La existencia siempre va acompañada de un sonido de fondo llamado angustia, que sólo se soporta a medias. Pero no te agobies, vives en la única luz conocida del universo. Una isla diminuta a la altura de tus ojos, pero aun atravesada por agujeros de misterio". Entre ellos vos, cucaracha. Enlaces relacionados |
|||
|
|
|||
| magazine online pulp movies. fotografía: pedro ramírez perea. diseño pulpmovies. 2004. medellínbarcelonamadrid | |||