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El Poder incipiente del video |
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(The watermelon Woman y otras cosas más allá del cine) |
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Por Jorge Serna |
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1. La imagen que fluye. La esquina de la Playa con la Oriental no es un gran espectáculo en sí mismo. Eso es claro. Pero algo fascinante debe tener si alguien puede monitorearla, ocho horas seguidas, a través de una pequeña cámara de vigilancia. Los señores de la policía deben pasarla bien de vez en cuando, mirando. Mirándonos a Paula y a mí, por ejemplo, que nos paramos frente a la clínica Soma mientras esperamos a que cambie el semáforo. De repente, en la pantalla del monitor, somos protagonistas de un pequeño drama urbano, fugaz y absolutamente intrascendente: la espera ahí, medio minuto, para intentar cruzar la avenida. Salimos de cuadro y un señor, cualquiera, y otro señor, cualquiera, entran a tomar nuestros lugares. Obtienen así un lugar en el tiempo que transcurre en esa pantalla, sin memoria. 2. La construcción inconstante de la imagen. El señor policía confía que eso que ve ahí,
en su pantalla, es, sin más, la imagen de la realidad. Jean Baudrillard
tendría un par de cosas que decir, o, mejor, contradecir al respecto.
No importa. Lo que me interesa aquí es esa confianza elemental,
al parecer innata, en la que uno como espectador se ubica, tiene que ubicarse,
para hacer posible una comunicación efectiva con todo lo que ve:
el mundo: lo real y el sueño, la realidad y su imagen, esta cosa,
como se llame, todo esto que vemos [1]. La imagen, entonces,
que es, en sí misma y por sí misma, una nueva realidad.
La imagen, entonces, que se ha sentido siempre con la obligación
de no decepcionar esa confianza. Y una de sus preocupaciones, yo diría
constante, ha sido la búsqueda de mecanismos (iluminación,
montaje) que intentan reproducir ciertas lógicas que son asumidas
como la esencia de lo verosímil. Mecanismos que para comodidad
de creadores y espectadores se han transformado en códigos y se
han aceptado, casi sin discusión, como sustitutos de esas mismas
lógicas. Pero, y esto es lo bonito: esas lógicas nunca han sido fijas: y se van desgastando parejo con las maneras de mirar y asumir el mundo: y evolucionan con cada innovación técnica, teórica o estética. Y entonces: la manipulación de estos códigos, los discursos audiovisuales, tienen que replantearse cada cierto tiempo y, últimamente, envejecen tan rápido que apenas si te enteras. 3. Real t.v: todo un concepto. La televisión, medio precario por naturaleza, casi siempre ha
demostrado efectividad para sondear, y a veces provocar, ciertos fenómenos.
Por eso su insistencia última en presentar programas de corte,
digamos, por no tener una palabra más precisa, realista, puede
dar luces de hacia dónde se inclina el gusto y la sensibilidad
actual del espectador promedio: propuestas que, desde los talk shows hasta
el proyecto de Cámara Amante, aquí, en Medellín,
pasando por Survivors, Big brother y todas sus filiales latinoamericanas,
melodramáticas (Love Cruiser) y MTV fashion (The Real
World), hablan claramente de la necesidad de una relación más
cercana, más posible y vital, entre sus códigos y nosotros,
sus espectadores. Para comodidad del relato propongo clasificar tres tipos de imágenes
generadas por este tipo de programas: 1. Una imagen accidental. Donde la cámara que registra algo, un
bautizo, por ejemplo, registra alternativamente, sin proponérselo,
la caída del niño sobre el pastel. 2. Una imagen paciente. Donde la cámara es plantada ante una realidad
que, se sospecha, puede cambiar en algún momento, pero, por supuesto,
no se sabe cuándo. Cnn trasmitiendo en directo plácidas
panorámicas de Afganistán, antes de los bombardeos, superando
todos los índices de sintonía. 3. Una imagen provocada. Donde la cámara sabe que va a pasar algo,
sabe dónde va a pasar, sabe cuándo, sabe qué, pero
no sabe exactamente cómo, pues depende, en gran medida, de reacciones
varias que no puede controlar. Aunque confía que van a ser impresionantes.
Esta es una idea importada del teatro más experimental de los 60's.
La cosa happening. Y en la que se basan, con un éxito indiscutible,
los proyectos más radicales: Candid Camera, Jackass o la pornografía
snuff. La combinación perfecta entre acción, reacción
y una buena dosis de morbo. Estos tres grupos tienen, además, un atractivo adicional: ya no necesitan de ningún star system para provocar un espectáculo. El protagonista, fácilmente, puedes ser tú, yo, aquí, ahora. Basta encender la cámara que compró papá y hacer lo tuyo. No importa la calidad. No importa la censura. Si MTV no lo recibe no hay de qué preocuparse. Lo mismo lo montas en la red y con un buen procesador, un poco de paciencia y algo de suerte podrás conseguir algún espectador que esté dispuesto. Quién dijo superhombres: es imagen pura y dura: es imagen karaoke. 4. La democratización del cine. El cine, como cualquier otra manifestación del arte, nos respira cada vez más cerca. Esto ya está dicho. Cito la autoridad de Harmony Korine, nuestro niño genio favorito, que lo dice mejor, antes que yo, en una entrevista para la Sight&Sound: "pienso que el video está comenzando a cambiar la forma en que la gente hace películas y observa el cine. Aunque tengo la esperanza de que no sólo cambie el cine a nivel estético sino que pueda convertirlo en un arte menos elitista." Es uno de los pretextos del dogma.95. No importa. Avancemos: la handycam, una de las cosas más bellas que ha hecho Dios sobre la tierra, con el nombre de la Sony, se ha ganado (quiéranlo o no los críticos fundamentalistas que miran nostálgicos la emulsión de nitrato de plata como posibilidad última de captar la imagen fílmica) un lugar cada vez más amplio en nuestros corazones: es decir, en términos menos románticos: en nuestras posibilidades objetivas de registro del mundo. Proponiendo de paso o, mejor, transformando, lenta, pero firme, las convenciones estéticas que este proceso implica: las gramáticas, el grano, la calidad/fidelidad y todo eso. Porque tranquilamente este tipo de registro ha preferido sacrificar toda composición por la espontaneidad, el protagonismo por la cercanía, la calidad por el hecho ahí. Es decir: sacrifica toda la tradición cine para poder, intentar al menos, acercarse a la vida (la vida, que está más allá de toda realidad y de toda verdad). Cosa que al parecer es lo que siempre hemos buscado. Y la esencia de lo que resulta, la imagen handycam, nunca ha necesitado
defensores ni condicionamientos para ser lo que es. Es más: ella,
simplemente, es. Y por eso su importancia puede ir, no digo que vaya,
puede ir más allá, incluso, de la discusión que plantean
los devotos del dogma.95. Si lo que quisieron con todo el escándalo
que provocaron fue superar el engaño, la ilusión, los trucos
(estos son los términos de su manifiesto), supongo que era necesario
primero superar todo lo que el cine, como práctica, implica. Quiero
decir: más allá de los sets, de la utilería, más
allá de la música y los filtros y los géneros y el
tiempo y el espacio y el formato de la película y el movimiento
de la cámara y la luz y la acción superficial, más
allá de todo dogma.95, mejor dicho, está toda la esencia
de la mentira (son sus términos): el concepto mismo de puesta en
escena que sus firmantes parecen ignorar. Es decir: no es posible "extraer
la verdad de los personajes" cuando aún es necesario pensar
en términos como personaje, engañoso por definición.
Santiago Andrés Gómez, un muchachito con preocupaciones similares, desde una entrevista para la Kinetoscopio, puede aportarme un elemento de claridad al respecto: "Hay cosas que el video es el único que las puede captar, sobre todo por el nivel de intimidad./ Un amigo mío se mete a grabar al sobrinito y hace unos planos larguísimos del sobrinito durmiendo. Eso es una hermosura y sólo lo coge el video. Para hacerlo con una cámara de cine tendría que haber una cantidad de luz o mínimo estaría haciendo bulla el motor de la 16 sin blindaje." Supongo entonces, dada la coincidencia de opiniones, que es una preocupación, una decisión, un encuentro inevitable a nivel generacional. Nosotros, hijos putativos de la televisión. Llenos de nostalgias catódicas. 5. Pertenezco a una generación sin aventuras (de las narrativas
que no cuentan nada). ¿Entonces? ¿Qué nos queda? Asumirlo, supongo. Grabar
al sobrinito de cada cual, durmiendo, en planos largos, y sollárnosla.
Tantas películas como sobrinitos haya. Esta es una opción.
Dejar la cámara ahí, sin límite, sin importar lo
que suceda, sin importar que no suceda, sin conflicto, sin drama, absolutamente
nada. Los cassettes de video no son tan caros. Y el recorrido permanente
de la cinta sobre las cabezas lectoras garantiza el movimiento inherente
al concepto cine. Y por ahí derecho te da la oportunidad de revelar
momentos exquisitos. Andy Warhol ya sabía esto en los 60's. De
tanto insistir sobre la cosa, es posible que la cosa revele su verdadero
rostro, de repente. El equivalente polaroid de la cinematografía.
Instantánea. La otra opción, más radical, y, por supuesto, la que gana
más adeptos por estos día es la antítesis. La imagen
provocada. Salir a la calle, con la cámara, para provocar, por
vías poco naturales, la aventura, registrada en tiempo real y sin
protección de ningún tipo. Nuestro niño genio preferido, Harmony Korine, que, no satisfecho con la camisa de fuerza del dogma.95 decide probar suerte en la calle, con un poco más o menos de la misma curiosidad de Jackass con el dolor, pero con pretensiones, si las puedo llamar así, más estéticas. Esta es la leyenda que circula en la red: un mínimo equipo técnico con ordenes estrictas de no intervenir pase lo que pase y Harmony, único protagonista, buscándo pleito cuanto grupo encontraba recorriendo las calles de New York: punks y gays y skatters y otras tribus urbanas, salvajes. El proyecto se suspende indefinidamente mientras el actor/director se recupera de heridas y fracturas de diversos grados de gravedad. Y The Blair Witch Project y Jackass y aquí, mientras tanto, mandamos mensajes de amor a través de una cámara que vigila, veinticuatro horas, la esquina más candente de la ciudad. La Playa con la Oriental. Esto es bien, también. No pretendo ironizar. Esto está muy bien. 6. El cine americano, todo el cine, tiene que reinventarse en la provincia. ¿Qué tiene que ver The Watermelon Woman con todo esto?
The Watermelon Woman, es de cualquier forma, un poco todo esto. Cheryl
Dunye, la chica periferia por naturaleza, aunque aún está
viciada por un concepto convencional de la puesta en escena, se instala,
discretamente, entre la búsqueda de una imagen paciente y el encuentro
de una imagen provocada. Discretamente, repito. Cheryl Dunye no tiene
nada qué contar, no sabe cómo contar, pero se busca la manera
de hacerlo, porque algo, uno no se sabe qué ni sabe porqué,
nos obliga a hacerlo, de vez en cuando. El proceso de creación
es misterioso. Y molesto y angustiante. Precisamente por una obligatoriedad
que no depende de uno y lo mantiene a uno ahí, atado, proponiéndole
simulacros todo el tiempo. El simulacro de que aún hay algo qué
decir. El simulacro de que eres capaz de decir. (El simulacro, otra vez
Baudrillard, es aquel que llena el vacío que deja la cosa, y, al
mismo tiempo, oculta que esa cosa en realidad ya no existe.) Y Cheryl
Dunye juega a esto, pero de una forma, me parece a mí, más
honesta. Ella, insolente, desde la primera persona del singular, plantea
el drama, yéndose por los bordes. Algo como lo que hace Al Pacino
con esa bonita autobiografía que es Looking for Richard. Salir
en busca de. Con toda la molestia y angustia que esto implica. La forma
no importa. La forma se construye a medida que se avanza, es cuestión
de paciencia. Ahora más que en busca de, es en espera de. Porque
luego, todo ese material, en lugar de ser perfeccionado o depurado, que
es el concepto clásico del montaje, será más bien
reciclado. Qué es, en últimas, la tarea más importante
del realizador de este tipo de propuestas. El guión pierde su puesto
de segundo a cargo, y el montaje llega al rescate a darle categoría
de relato a todo esto. Porque el montaje posee una esencia dramatúrgica
en sí mismo, que sólo con un alto grado de intuición
es posible canalizar. La estética handycam, entonces, para resumir,
encierra todo esto como propuesta. Mirar y mirar y mirar y un poco de
intuición y luego reciclaje. El resto es pura suerte. [1] Ignoro, audaz, la distinción clásica entre ficción y realidad, a la luz de ciertas metafísicas, ferozmente contemporáneas, que elevan a categoría de experiencia vital lo mismo a un sueño que a un zapato. Es decir: los ponen al mismo nivel. Esta discusión, la verdad, tiende a fatigarme, a confundirme. ¿Será necesario invocar un listado de nombres que vengan a respaldar una afirmación tan elemental? Tomo distancia: "El cine refleja la realidad pero es también algo que se comunica con el sueño. El cine no es la realidad porque así se diga. Si su irrealidad es ilusión, es evidente que esta ilusión es, al menos, su realidad." (Edgar Morin. El cine o el hombre imaginario.) Enlaces relacionados Reseña
de The Watermelon Woman por Jorge Serna |
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| magazine online pulp movies. fotografía: pedro ramírez perea. diseño pulpmovies. 2004. medellínbarcelonamadrid | |||