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"Yo hago películas para la gente, no para
los intelectuales"
Charles Chaplin
Ser cineclubista te permite un contacto inusual
con el espectador, con el tiempo, uno se vuelve amigo o cómplice
de aquellos a
quienes en principio estaba orientada nuestra labor. Hay de todo, desde
la
persona ignota que te abraza calidamente y te dice: “qué
más, viejo Nico”,
hasta el moralista que insulta tu mamá por exhibir Saló
o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini.
Esta pasión enfermiza de mostrar algo que
consideramos digno, varía en cuanto a su contenido, de acuerdo
al espacio
utilizado. Si estamos en un Museo, Universidad o Cinemateca, tenemos
una
libertad de programación que oscila entre lo clásico y el
ladrillo, es decir,
podemos incluir la filmografía restaurada de David W. Griffith,
hasta realizar
un ciclo de directores de la Polinesia en la década de los
años veinte.
Si el cineclub se funda al interior de un
colegio, no puede faltar Ulises de
Mario Camerini, interpretado por Kirk Douglas, Silvana Mangano y
Anthony Quinn,
después vendrán una serie de adaptaciones literarias o
históricas, casi siempre
las mismas: Hamlet, Los diez mandamientos,
Crónica de una muerte anunciada, y Los miserables.
Pero las experiencias humanas más
enriquecedoras que guardo en mi memoria, provienen de los sectores
populares de
Cartagena, es allí, en el barrio, donde uno se da cuenta que
miles de personas
jamás han entrado a un teatro, y que para ellos, la magia del
séptimo arte es
como un milagro luminoso.
Esas proyecciones gratuitas de los fines de
semana, me permitieron conocer de cerca algunas realidades sociales que
yo
meramente sospechaba, además, lugares en donde la esperanza
está ausente del
diario vivir.
Fue en las zonas desfavorecidas que aprendí que
es posible vender 1/4 de limón, y que mil pesos puede
considerarse casi como
una fortuna. Sin embargo, nunca faltó una mano amiga que en
medio de la función
me ofreciera una chicha de guayaba -fiada con seguridad- en la tiendita
del
cachaco.
La experiencia adquirida demuestra que las
cintas de Bergman, Tarkovski, o Fellini, son imposibles por dichas
tierras, al
contrario, las silentes de Charles Chaplin y Buster Keaton, en
compañía de los
films de animación, tienen un éxito inimaginable.
Antes de organizar una exhibición en la calle,
hay que visitar al Presidente de la Acción Comunal, o en su
defecto, a la Líder
Cívica más carismática. Lo anterior garantiza dos
cosas, la primera es que no
te roben el equipo y la segunda soluciona el problema de la
conexión eléctrica.
Algunos prefieren llevar la pantalla y las
sillas, en conclusión, lo necesario, pero eso crea un cierto
resentimiento en
la comunidad, porque no se sienten partícipe del proyecto.
Así que la prudencia
aconseja decirles que se consigan un lienzo o una pared blanca -en
general
termina siendo una sábana o un mantel de mesa- y que cada
asistente traiga
donde sentarse.
Parece mentira, pero el mejor público no son
los niños como se cree, sino las madres de familia, ellas
escuchan toda la
carreta que uno dice y se acercan al final para dilucidar sus
inquietudes. La
mayoría de los pelaos están superinteresados en la imagen
y cómo salen las
figuritas por el lente, más que en la historia misma, muchas
veces, tenemos que
quitar algunas cabezas, que con obstinación científica
ingresan al haz de luz
de manera sistemática.
El afecto sincero prodigado por los habitantes
de mi ciudad, es un reflejo del amor por el celuloide que reúne
almas por
doquier, que estimula sentimientos, sonrisas y a veces lágrimas,
pero
sobretodo, que puede cambiar realidades e inspirar sueños.
Uno de esos sueños todavía ronda en mi
cabeza,
un día después de haber pasado Kirikou y
la hechicera, un morenito de cuatro años me tomó por
la camiseta y
susurrándome al oído afirmó:
“yo quiero hacer películas”.
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