|
Pulp sin ninguna vergüenza
Por: Jorge Serna
1. No atiendas el mensaje (atiende los golpes).
Una pulp movie no le debe nada a nadie. No tiene compromisos. No
pretende educar ni polemizar. Ni siquiera entretener. Si lo hace no es
su culpa. Ella es lanzada a la pantalla, inocente. El resto depende de
los ojos que la miran, expectantes.
2. No nos acompleja revolver los estilos.
En la puerta del auditorio alguien duda. No identifica el
título: un, deux, trois, soleil. Entonces pregunta:
¿qué criterios utilizan para programar este ciclo? Otro
alguien, con cierta autoridad, habla de calidad, de mensaje. La
respuesta es más sencilla: pulp movies no programa ciclos. No
utiliza criterios. Por lo menos no definitivos. Yo podría hablar
de gustos, de poder de convicción, de contundencia, pero
preferimos hablar de cine multi, pluri (cultural, tecnológico o
sexual). Aunque debo reconocer que nuestros ojos generalmente apuntan,
como una brújula, a lo potencialmente marginal, a lo outsider:
cine independiente, underground, cine de autor en sus vertientes
más combativas. Antes que programadores o críticos somos
espectadores. Y reseñamos precisamente eso que
quisiéramos ver, sin importar el idioma, que, por supuesto, no
debería ser barrera, ya que el cine sigue siendo, por
definición, imagen en movimiento. Cine.
3. Es como rocanrrol (pura música basura).
Tenemos un chiste que se hizo frase y ahora corre el peligro de
convertirse en criterio (sin ninguna vergüenza): películas
de las mejores videotiendas (piratas). Exageramos. No importa. El
adjetivo pulp, históricamente, habla de calidad. De mala
calidad. La degeneración de sentido acuñada por Tarantino
también es bienvenida: cine chatarra sofisticado. Basura
estilizada. Pero el adjetivo pulp, aquí, para nosotros, tiene un
sentido más amplio: nada estéticamente correcto.
Está bien que partimos de prejuicios individuales, pero, como
todos los prejuicios, pretenden ser saludables. Aunque, por supuesto,
estamos de acuerdo en buscar ciertas cosas: imágenes sinceras,
en bruto. “Imperfectas, pero vitales.” Cada vez más
cercanas.
4. No te asustes (es mejor que te boten).
En un canal peruano están pasando Lost highway. Estoy en mi
cuarto frente al primer televisor que tuvimos, en blanco y negro. Casi
por la mitad, una escena inexplicable: un niño, evidentemente
inquieto, le habla a la cámara, en voz baja, como si no quisiera
que los otros actores escucharan: me han abandonado en este
sueño. Mañana no lo recordaré, pero está
ocurriendo. Despierto y, no sé cómo, escribo: esto es un mensaje de
auxilio, para que sepan, por si algo me pasa esta noche, que estoy en
peligro. jun. 18. 4.30 a.m.
5. Decimos lo que sabes (pero sabemos cómo hablar).
El cine, como cualquier otra manifestación del arte, nos respira
cada vez más cerca. Estamos viviendo, afortunados, un momento
pos. Pos-algo. Algo ha muerto, o está muriendo, y apenas
comenzamos a enterarnos, como por reflejo, por negación.
Pequeños destellos por aquí, por allá, que nos
hablan de alumbramientos varios. Sensibilidades y gramáticas y
ritmos palpitantes que nos vienen de geografías inéditas
en nuestro reducido atlas de interacción con el mundo: Hong Kong
o Teherán o Xenia, Ohio o aquí mismo, a dos pasos, en
Medellín, Colombia. Ritmos aleatorios, no lineales.
Sensibilidades limpias, que, como Godard, “esperan el fin del cine con
optimismo”, y si no el fin, por lo menos sí un cambio constante,
dignificante.
|