En
Construcción supuso para muchos de nosotros una puerta abierta a
caminos insospechados, a territorios por explorar. Una película
que incluso motivó a algunos a un primer acercamiento al cine
documental, a su creación, a su capacidad de reflexión.
Hacía muchos años que una película no
conseguía establecer un diálogo con lo real diferente al
que nuestra realidad mediática nos tenía acostumbrados.
Su éxito funcionó como la llave maestra que abría
itinerarios hacia nuevas experiencias.
Que el cine puede ser otra cosa es algo que José Luis
Guerín ha venido demostrando a lo largo de su toda su
trayectoria. A diferencia de muchos cineastas, su trabajo muestra
claramente una necesidad de adaptación entre el contenido y la
forma. Y ahí la mirada. Aquello que aparece como unidad
indisociable entre lo que se filma y su acercamiento. De ahí esa
capacidad de adaptación casi camaleónica del cine de
Guerín que va avanzando según lo hace su forma de
acercamiento al mundo. De ahí también nuestro entusiasmo
ante un cineasta capaz de plantear una mirada sobre las cosas en la que
no se excluye la concreción ni se impone el intelectualismo.
Sin embargo nuestro entusiasmo por Guerín no viene tan
sólo motivado por lo que en sus películas se revela, sino
también por la persona. Sus palabras funcionan a modo de
tentáculos, de extensiones que nos llevan de unos lugares a
otros. Territorios del legado del cine, de geografías urbanas,
de paisajes humanos. Es un diálogo que no deja de crear, de
adentrarnos aún más en las profundidades de la
experiencia humana y cinematográfica.
Lo que sigue es la trascripción de uno de esos momentos en el
que las cosas se muestran en toda su sencillez, sin el velo maldito de
lo confuso, en lo esencial de su misterio.
CB- (Cabeza Borradora) Uno de los temas que más nos
preocupan en el actual estado del audiovisual, quizá debido a la
espectacular proliferación de imágenes en los más
diversos ámbitos, es la posibilidad de diferenciación de
las imágenes, la posibilidad de una mirada entre toda la
saturación audiovisual. ¿Qué huecos quedan
todavía para la mirada?, ¿Qué necesidad existe de
"mirar"?
Guerin: Se trata, de alguna manera, de reclamar una mirada
primigenia o limpia. Cada vez que reconozco una gran película,
una muy buena película, yo tengo la ilusión de que
descubro el cine por primera vez. Tengo esa impresión por
ejemplo con el cineasta lituano Sergei Dvortsevoy, que hizo
Paraíso. Es una impresión que me ofrece también
Flaherty. Cuando veo, en concreto, Nanook el esquimal, y veo a los
niños de Nanook me parece que veo por primera vez en la pantalla
a unos niños. Y cuando veo a Nanook sonriendo a cámara me
parece que nunca antes había presenciado una sonrisa en el cine.
También si pienso en ejemplos más próximos, pues
veo El sol del membrillo y me parece que nunca antes había
mirado un fruto en la pantalla. Es una sensación que me
transmite también Ozu. Veo Primavera tardía y nunca antes
había visto una manzana. Creo que ésta es una cualidad
muy misteriosa de los grandes cineastas: la de devolverte la
emoción de lo primigenio, el primer contacto con las cosas.
Suelen ser, además, curiosamente cineastas que han visto muchas
películas, que conocen la historia del cine e incluso mantienen
un diálogo con esa historia. Pero al contrario de las
películas de algunos cineastas cinéfilos en las que cada
imagen remite a un montón de películas, a un
cúmulo de guiños, de complicidades con otros filmes,
estos cineastas, quizá los más grandes, establecen un
vínculo muy intenso con las cosas, como si fueran vistas por
primera vez. Son capaces de conseguir esa abstracción y de
devolvernos la ilusión de ese contacto con lo primigenio.
Esta cualidad es muy importante en el consumismo audiovisual en el que
contextualizábais la pregunta, porque realmente crea un enorme
desasosiego. De hecho, por ejemplo, la visita a un videoclub con toda
la acumulación de carátulas, la masificación de
imágenes, a mí, por lo menos, me devuelve la necesidad de
volver a las fuentes: a Chaplin, a los Lumiére, a Murnau... que
constituyen para mí unas coordenadas sólidas donde situar
me, donde mantener mi diálogo con este medio.
CB: El cine nace como un monstruo bicéfalo en esa
confrontación, desde siempre señalada, entre los hermanos
Lumiére y Méliés, la ficción y el
documental, la escritura y el espectáculo. ¿Es el
documental un lugar privilegiado para la "mirada" en cuanto que nos
permite un acercamiento más directo a lo real, entendido
éste como un estado en el que rige el azar y lo aleatorio?
Guerín: Sinceramente no lo creo. No creo que el
documental, por proponer un enunciado documental esté más
cerca de lo real que el cine de ficción. Depende de la
política de lo real. Yo creo que existen muchos cineastas que
trabajando en la ficción han arrojado muchísima
más luz sobre la realidad que muchos documentalistas. Y
paradójicamente algunos documentalistas han arrojado luz sobre
el mundo de las sombras, de la mente y de la percepción
más introspectiva.
Sí creo, sin embargo, que eso que llamamos documental, que no es
exactamente un género sino más bien un ámbito en
el que existen muchas escrituras diversas, es el espacio que
está esencialmente por explorar en cine. Cuando hablamos en
general de cine, no digamos ya del cine de género, todos somos
muy conscientes de que es algo que pertenece al pasado. El western, el
musical, el cine negro, la comedia son modalidades de cine que
pertenecen al cine de Hollywood de los años 40. Y ahí de
vez en cuando se encuentra alguna excepción, pero su esplendor
pasó ya, es algo pasado. En cambio en el documental, más
bien en los espacios del documental, porque realmente nos encontramos
ante un fracaso de las palabras con el término "documental", y
aún teniendo en consideración legados
importantísimos del pasado, se encuentra un espacio donde
está todo por explorar todavía. Inversamente a esa
circunstancia que se da con el cine de ficción encabezado por el
cine de género, en el documental no hay esa sensación de
agotamiento. Esa impresión que leemos en el cine como algo que
ya está totalmente muerto, hecho... los cines de lo real
están abriendo caminos verdaderamente por explorar. Hay unas
posibilidades de especulación con los tiempos y espacios, con
los modos de enunciación prácticamente vírgenes. Y
por eso no es raro que la parte más estimulante del cine que nos
ofrece el presente venga de esos lugares.
CB- Aún así, esa tensión entre lo
documental y la ficción ¿afecta a tus modos de trabajo?
Porque has trabajado realmente en muchos espacios desde el ensayo,
pasando por lo ficcional, lo documental... ¿Este conflicto
aparece en la concepción e ideación de tus
películas?
Guerín- Sí, yo lo percibo así. Es
cierto que tengo el deseo de la ficción y probablemente lo vaya
desarrollar, si es que puedo seguir haciendo películas (risas).
Pero tengo un conflicto con la ficción en el modo de cómo
resolver la dramaturgia. Hay algo en la dramaturgia del cine de
ficción que me resulta muy antiguo. Por lo menos a mí en
tanto que realizador, más que como espectador. Hay algo que me
resulta academicista en ese sentido. Y es una sensación que
también percibo en los cineastas que me parecen más
ambiciosos de la modernidad: ¿cómo representar la
realidad? Es un debate que se sitúa más allá de
ficción o documental. Rohmer lo resuelve de una manera,
Kiarostami de otra, Maurice Pialat de otra. Pero todos ellos desde
luego escapan a ese modelo de dramaturgia que yo llamo
académico, que puede contener maravillosas interpretaciones,
pero que a mí me resulta caduco. Entonces, ahí,
verdaderamente los legados y recursos del documental me abren
horizontes, caminos para transitar por ellos.
Por otro lado podemos retraernos un poco a los Lumiere, cuando no
existía esta diferenciación tan antipática entre
documental y ficción y lo que había era cine y punto. En
todo caso podríamos ver que dentro de las películas de
los Lumiere hay un porcentaje de control y otro porcentaje de azar, en
el que interviene lo aleatorio. Quizás sería más
clarificador situar el debate ahí porque normalmente constato
que cuando se habla de documental se suele hacer sobre esa vertiente,
es decir, sobre la invitación o la invocación de lo
aleatorio. Por ejemplo, uno de los modelos que propongo en mi seminario
son los documentales de Alain Resnais, que a mí me gustan
muchísimo. Son documentales elaboradísimos, muy cerrados,
construidos con un guión verdaderamente acabado e incluso con un
story board dibujado previo. Pero, por esa razón, es más
clarificador hablar de esa política entre el control y lo
aleatorio. En la primera película de la historia del cine La
salida de los obreros de la fábrica hay un ejercicio de control
de Louis Lumiere por elegir el ángulo, la altura, la escala, el
encuadre, en definitiva el movimiento de la acción, dónde
empieza, dónde acaba. Pauta la acción, rueda diversas
tomas pero hay un lado de azar; cómo van a salir los obreros,
qué se va a capturar en ese pequeño caos a la salida de
la fábrica. Sabe cómo va a empezar la película (se
va a abrir la puerta), sabe cómo va a acabar (se va a cerrar),
pero existe un lado de azar. Entonces podemos ir viendo ese porcentaje.
En La llegada del tren a la ciudad ese azar es mucho mayor. Porque no
son obreros suyos con los que poder ensayar. Capta. Hace una
operación de cálculo, de control, y luego espera a ver
que le da el azar. Es decir, que hay una política entre esa idea
de control y la del azar, lo aleatorio. Y creo que podríamos
estudiar de una manera muy ilustrativa toda la historia del cine a
través de esa política. En un lado extremo estaría
lo que Godard llamaba "los controladores del universo": la figura del
gran cineasta clásico que no deja nada fuera de control, donde
no hay margen para el accidente, para lo aleatorio. Y al contrario:
actitudes de cineastas que no sólo no rechazan lo aleatorio sino
que lo invocan, lo buscan. Y ahí se puede establecer un paralelo
sencillo con algo que se ha dado en otros medios artísticos.
Jackson Pollock en sus pinturas utiliza un péndulo que va
vertiendo pintura e invoca el azar, crea un pacto con lo aleatorio para
que vierta la pintura... o en música las experiencias de John
Cage. Esto podría contemplarse así. Eisenstein controla
mucho la fragmentación en las escalinatas de Odessa pero deja
otra parte también para que hagan los figurantes que corren de
un lado a otro, para que se atropellen...
CB- Junto a estos elementos de la mirada, de un lado la mirada
del sujeto, del otro el paisaje o el cuerpo que se filma
identificándose con lo real, ¿cómo articularlos si
existe una tercera mirada, la del ojo de la máquina, cuya mirada
no es la del hombre? Algunas cosas las ve, otras no, magnífica
ciertas cosas y seres (la fotogenia)... ¿Existe una
preocupación por el dispositivo, por el ojo mecánico que
es por sí mismo creador de azar?
Guerín- Sí, claro, es más inofensivo
un lápiz que una cámara. Y es muy importante elegir bien
las herramientas cuando haces una película. De la misma manera
que un escultor si trabaja sobre bronce, sobre madera, sobre
mármol va a tener resultados muy diversos. Yo recurrí a
la cámara digital para hacer En Construcción porque si
no, no podía visibilizar lo que tenía que visibilizar.
Pero nunca podría haber rodado mi película Tren de
sombras en digital, porque no se hubiesen visibilizado esas sombras
como tenían que visibilizarse. Es una cuestión de
elección. Siempre hacer una película es una
operación después de haberte preguntado
¿qué quiero visibilizar?, ¿cómo puedo
visibilizar eso que quiero visibilizar?.. Y en función de esto
eliges unas herramientas u otras, estableces un pacto con lo aleatorio
u otro. Eso ha llegado incluso a la actitud de algunos
antropólogos que ya en los años 70 dejaron sus
cámaras a tribus de indios. Sería un extremo de esa
invocación de lo aleatorio. Aunque el poder nunca lo
tendría el indio o el nativo que tiene la cámara sino el
padre del artificio, de la idea. Yo lo veo en cierto sentido como una
forma de ceder poder, en la manera en que parte del cineasta. Ese rasgo
común de muchos cineastas contemporáneos de invocar lo
aleatorio hasta esos extremos implica una pérdida de ese poder
absoluto, hegemónico del cineasta clásico, del
"controlador del universo".
CB- Desde el punto de vista de usted como cineasta,
¿cómo plantea ese espacio necesario para toda
película que es el espacio del espectador? ¿Dónde
sitúa al sujeto que verá la película?
Guerín- Esta es también una cuestión central
del cine moderno, y del cine en general. Es la cuestión decisiva
cuando piensas en una puesta en escena o estás en la mesa de
montaje. Son momentos en los que sientes que quizá estés
ocupando el espacio del espectador, que estás interviniendo
demasiado en algo que le corresponde a él, estás
usurpándole su lugar. Por el contrario, en otros da la
sensación de que le estás dando demasiado poco. Hay que
establecer un equilibrio. La televisión se caracteriza por
anular absolutamente el espacio del espectador. La televisión es
explicativa, tiene terror a que el espectador pueda ejercer su
función de pensar y de sacar conclusiones ante las cosas. Nos lo
dan todo hecho. Los adjetivos calificativos... Al contrario, el cine
debe establecer otro pacto con el espectador, como algo esencial para
que no sea una forma más de alienación. Si queremos que
el cine sea de verdad un medio de comunicación se debe respetar
ese espacio del espectador para que sea invitado a ser correalizador de
la película y sólo ahí concluye la experiencia de
una película: en la mente activa del espectador. Si no, no se
cierra realmente es círculo. En ese sentido es cine de consumo
procede de una manera cada vez más agresiva con el espectador en
cuanto que le usurpa completamente su espacio y lo trata
únicamente como consumidor que debe consumir rápidamente,
y olvidar lo más rápidamente posible para estar en
condiciones de volver a consumir. Son estatus bien distintos: el del
consumidor y el del espectador.
Mi experiencia con el cine viene vertebrada quizá, desde luego
antes y con más continuidad, en tanto que espectador más
que en cuanto realizador de cine. Entonces para mí es muy
sencillo pensarme como primer espectador de mi película, tenerme
como referente. Si acudo al cine me gusta ser tratado como una persona
sensible e inteligente, y me siento mal si no es así. Ese
proceder me da una pista de cómo debo abordar la película.
CB- Alguna vez has comentado el "gusto" por la secuencia, la
necesidad de dotarla de su tiempo y desarrollo como una forma de ceder
al espectador ese tiempo para que pueda mirar a los personajes y las
cosas. ¿Nos encontramos en el cine actual con una tendencia a la
ruptura de las secuencias, a la interfragmentación que supone en
cierta manera una negación de la mirada del espectador y una
dirección aún más férrea?
Guerín- A veces, efectivamente, es así. Es
un lenguaje muy enfático, que señala mucho, casi
propagandístico o publicitario. Otras veces, el saltar en
unidades espacio-temporales mínimas lo que encubre es un gran
vacío. He visto últimamente algunas películas que
se pretenden "artísticas", y que encubren un vacío de
discurso absoluto. El hecho de ir saltando en múltiples acciones
paralelas, eso que a veces muy absurdamente se llama coralidad, lo que
encubre muchas veces es una falta de compromiso. Empiezas a conocer a
unos personajes... y en lugar de desarrollarlo se salta a otra cosa.
Porque no hay desarrollo posible con esos personajes. Porque no
existen. Bueno En Construcción es una película coral
(risas). Hay muchísimas excepciones, y ese proceder puede ser
muy noble. Pero es algo que constato mucho: el gusto por saltar de una
cosa a la otra, en una suerte de zapping narrativo que te hace intuir
que debe haber algo pero no puedes ver nada. Un estilo que se
desarrolló sobre todo con Griffith para contar cosas que
sólo era posible contar en la alternancia, precisamente termina
en lo contrario: para acabar no desarrollando nada. Y es verdad que si
hay una cosa que echo en falta del cine reciente es ese gusto por el
desarrollo secuencial, por la cohesión del tiempo y el espacio.
Si comparas una película de Dreyer, de Ford, de Hitchcock con
alguna película que cuente algo parecido realizada ahora
descubriremos que fácilmente para contarnos lo mismo requieren
de una multiplicidad de secuencias enorme, de espacios, de tiempo
rotos. Al contrario ellos eran maestros de condensar en unas pocas
unidades espacio-temporales con una mayor densidad e intensidad.
Realmente, claro, había una sabiduría que provenía
del teatro, del teatro bien entendido para el cine. No esa
noción absurda que tienen ciertos adaptadores de decir "bueno,
si parto de un texto teatral lo que vaya hacer para llevarlo al cine es
airearlo un poco", y airearlo quería decir multiplicar el
número de localizaciones. Esa falsa idea de dinamismo. Frente a
esto, Hitchcock o Dreyer: "¿partimos de una unidad
espacio-temporal? Pues vamos a eso, a depurarla incluso, si cabe,
más". No vamos a ir en contra del material.
Beneficiémonos de ese trabajo ya hecho para seguir profundizando
y llegando más lejos. Ahí están Ordet o Gertrud.
Son películas impresionantes, y lo son por el trabajo con esas
unidades espacio-temporales. Ese gusto por la secuencia es muy
difícil encontrarlo en el cine actual
CB- Desde ese punto de vista quizá la fotografía
no podría alienar al espectador, en cuanto que en ésta el
espectador posee todo el tiempo que quiera para mirar. Justo lo
contrario que ocurre en cierto cine actual, en el cual el espectador no
tiene tiempo para apreciar la manera en que se desarrolla la forma de
un plano, a veces ni siquiera el contenido del mismo.
Guerín- Yo disfruto muchísimo con los
fotógrafos. Antes de coger mi tomavistas de ocho
milímetros intenté hacer algunas fotos. El problema es
que no podía capturar eso que a mí me parecía
bello con la cámara de fotos. Recuerdo mi frustración
cuando estaba haciendo un retrato a una amiga de la adolescencia y su
encanto se evaporaba al congelar el tiempo. ¿Qué pasaba
ahí? Había algo que no funcionaba. Y yo lo vi enseguida,
porque para mí la noción de belleza en aquella muchacha
venía dada por un modo de mirar, por una cierta gestualidad y
sobre todo por un ritmo interior. Esa intensidad de la mirada, esa
felicidad por el movimiento sólo me la daba el cine. Capturar un
trozo de tiempo de esa chica. Y al congelarlo desaparecía esa
belleza. Es una cualidad que no tengo. El cine tiene un tiempo que
fluye paralelamente al de la vida y por lo tanto puede capturar ese
fluir, ese flujo temporal. En cambio la fotografía congela un
instante, mata el tiempo. Yo admiro muchísimo a un montón
de fotógrafos pero mi experiencia es meramente como espectador.
Incluso diría que muchas ideas, muchas películas nacen a
partir de la contemplación de una fotografía. Porque una
fotografía para mí es un misterio. Siempre. Lo que me
provoca y me incita es a cuestionarme por el segundo antes y el segundo
después de una fotografía. Y ahí se
situaría el origen del cine y el desarrollo secuencial. Una
fotografía es un enigma. Yo tengo una carpeta con
fotografías que son enigmas para mí, y que son
germinativas para inventar formas y desarrollar proyectos.
CB- En esa cualidad de la que hablábamos antes en
cineastas como Dreyer u Ozu, en su capacidad para visibilizar el
espacio-tiempo ¿se trata tanto de esconder como de mostrar, de
invisibilizar como visibilizar las cosas? ¿Dónde se
sitúa el espectador?
Guerín- No hay nada más fastidioso que
una película explícita o demasiado explicativa. En cada
encuadre late esa cuestión: ¿cuánto muestro y
cuánto sugiero? Y una película es siempre un
diálogo entre esos dos aspectos: lo que está dentro del
encuadre y lo que queda fuera. Que muestro y lo que queda para la
sugerencia. Ese diálogo está en la transición de
un plano a otro, está en la propia noción del encuadre,
en el trabajo de sonido... y es a través de esas formas mediante
las que consigues implicar al espectador como correalizador.
CB- Incluso una película como Innisfree se plantea como
una película invisible, como un gran fuera de campo sobre El
hombre tranquilo. Pero a la vez con nuevos espacios invisibles para que
otros espectadores-cineastas lo ocupen.
Guerín- Claro, de entrada visibilizo algo que era
imposible para Ford, que es el futuro de su película (risas),
una determinada geografía que él filmó. Pero
también me he nutrido del diálogo que pueden establecer
las imágenes de la película de Ford con las leyendas
celtas que conviven en ese pueblo, con su realidad política,
aspectos de su folklore, tellerstories... Ver también el fuera
de campo de la película de Ford para intentar dotar
también de un nuevo contexto a esas imágenes que yo creo
que incluso pueden enriquecerla, desde otras perspectivas. Aunque
tampoco me gusta ver Innisfree exclusivamente de ese manera. Es verdad
que admite un diálogo con la película de Ford, pero yo
prefiero verla como una película sobre los habitantes de un
lugar. Es cierto que es un lugar que guarda ese legado precioso, del
rodaje de una película que condicionó sus vidas. Pero yo
nunca hubiese abordado una película de carácter
cinéfilo en este sentido, de ir a un lugar para hacer una
película sobre otra película. Eso no me habría
interesado por más que admire a Ford. Lo que me gustaba es si
acaso cómo vivía un colectivo humano el legado del cine
como un legado vivo, y nada cinéfilo. Me molesta ese lado
endogámico del cine que sólo se nutre de cine. Son
granjeros, pescadores, un pueblo con sus diversas realidades, sus
leyendas y entre esas leyendas la leyenda de Ford y de ese rodaje. Pero
siempre en ese contexto.
CB- Hay una gran diferencia entre Innisfree y En
Construcción. La primera se rueda en Irlanda, pero la segunda en
Barcelona, tu ciudad, aquella que conoces más a fondo
¿Cómo te enfrentas a representar la cotidianeidad de una
ciudad en la que probablemente te puede resultar más
difícil ver las cosas "como por primera vez"?
Guerín- Yo siempre digo que intento adoptar la mirada de un
viajero y no de un turista que sería la negación de un
viajero. Hasta este momento cada película mía iba
asociada a la idea de un viaje y además era consecuencia de un
viaje. Siempre he creído que la mirada del viajero es más
sensible, que la cotidianeidad tiene algo terrible de
alineación, que no te deja ver lo auténticamente
revelador de las cosas. A fuerza de cruzar tu calle diariamente acabas
por no verla sin hacer una abstracción de ella. Cuando viajas,
por lo menos a mí me sucede eso, a menudo en cada esquina, en
cada calleja encuentro motivos reveladores, singulares. Muchas veces lo
más satisfactorio de hacer un viaje es que al regresar te obliga
a reinterpretar tu propia calle. Es por ese motivo por el que
intenté adoptar la mirada de viajero para rodar En
Construcción. Es la primera vez que filmaba mi ciudad. Sin
embargo la elección, por ejemplo, del sector de la
construcción me resultaba más atractiva porque
está formada esencialmente por gente de fuera. Incluso la
elección del barrio también porque es un barrio de
inmigrantes. Yo al principio me hice una maleta y me hospedaba en
hostales del barrio para vivirlo así como el viajero que llega a
un lugar y necesita servirse de distintas lecturas de ese barrio. Y a
veces me imaginaba como podía percibir ese barrio el marino que
venía a recalar aquí, porque este barrio está
configurado en torno al puerto, en torno a la necesidad de los marinos
de tener prostitutas, bares, animación... ahí se fue
gestando el barrio chino. Intentar visibilizar, soñar el barrio
cuando era sólo el monasterio de Sant Pau que está frente
a la obra que filmé y cuando todo el barrio eran los huertos de
esos monjes. En fin, tratar de sumar muchas imágenes que
habían construido el barrio. Una película para mí
es un largo y sinuoso camino de conocimiento del que al final no queda
prácticamente nada en la película. Pero ese trayecto
inicial para mí es importantísimo: Y siempre tiendo a
pensar que algún sedimento de todo eso queda. Me gusta ver una
película también como una forma de conocimiento. Esa
expresión tan bella de Truffaut, un cineasta debería tout
savoir. Un cineasta debería saberlo todo. Es inabarcable, pero
en cuanto acotas un pequeño ámbito de tu película
intentas conocer el máximo de cosas al respecto. Con mi equipo
formado de estudiantes leíamos libros de arquitectura,
veíamos películas, entrevistábamos a paletas,
electricistas, obreros, vecinos, arquitectos... Nos
relacionábamos con esa realidad desconocida.
CB- La elección del dispositivo con dos o más
cámaras en En Construcción ¿se correspondía
con un planteamiento pensado de antemano, una cierta necesidad de
visibilizarlo todo? ¿Un cierto miedo al plano vacío?
JLG- A través del corte y del découpage se
sustituyen los movimientos de cámara. Pero no hay ningún
dogma o decálogo de cómo proceder en la película
al nivel del dispositivo. En cada escena hay algo que visibilizar y eso
te lleva a decidir si dejas que el personaje salga del plano, y se
queda la imagen vacía, o que ese plano le suceda otro. Pero me
es difícil dar principios generales a ese respecto.
CB- Por ejemplo en Las horas del día vemos un trabajo
del plano que tiende a poner obstáculos a la visión del
espectador, a hacerla difícil.
Guerín- Sí, me pareció muy
interesante. En el caso de En Construcción se acerca
quizá más a una escritura que Noel Burch llamó los
pillow shots en el cine de Ozu. Esos encuadres vacíos que
puntúan y crean de alguna manera una respiración. En En
Construcción hay algunos momentos, unos motivos recurrentes,
como las chimeneas que son una imagen del origen obrero e industrial
del barrio. Hay algunos planos que a modo de leit motiv funcionan un
poco como separata en la estructura y crean una respiración.
CB- En cierta manera ¿ese dispositivo te permitía un acercamiento diferente a lo que sucedía?
Guerín- Incluso la propia elección del vídeo.
Yo empecé a rodar la película en cine, en 16mm. Pero en
seguida vi que no nos servía esa herramienta. Era un momento,
además, en el que no existía el cine digital. Yo no
había visto películas realizadas en vídeo, era el
año 98 cuando empezamos. La única experiencia que
conocía eran las escenas que rodó Víctor Erice en
El sol del membrillo. De igual manera que el escultor debe cambiar un
material por otro, ahí la fotoquímica no nos
servía. Precisamente en vuestra publicación había
una reflexión interesante sobre cómo algunos cineastas
utilizaban el vídeo exactamente igual que el cine, que es algo
que no entiendo, sinceramente. Incluso películas que tienen alto
presupuesto y se ruedan en digital por esa inercia de las modas
tecnológicas pero con una política y un criterio de un
rodaje pesado en cine. Finalmente el único resultado que dan, a
mi juicio, es un empobrecimiento visual. Donde llega la
fotoquímica no llega todavía la imagen digital. En cambio
si utilizas una sintaxis más propia del video las
pequeñas cámaras que se encuentran hoy día
posibilitan una captación de las personas enfrente, sean actores
o no, de una naturalidad que es imposible conseguir con el cine. Yo
creo que incluso esa es la diferencia esencial.
También podemos encontrarlo en películas de
ficción. Incluso el comportamiento de un actor profesional
cambia según como se emplee una cámara. Puedes crear un
clima casi de una película familiar, y extraer una naturaleza de
esa persona, más allá de sus recursos como actor, casi
inéditos. Sería una manera de burlar esas dramaturgias
académicas de ciertas películas de ficción. Pero
también está la posibilidad de rodar muchas horas y
utilizar muy pocas.
Por razones de coste hubiera sido inviable En Construcción. Es
un proceso de síntesis de unas cien horas de material rodado.
Pero es una película que cuesta muy poco dinero. Entonces es muy
importante buscar la especificidad y la semántica que posibilita
cada medio. Acertar con la herramienta.
CB- ¿Cómo se articula el trabajo de actores en
En Construcción?, ¿existe una cierta idea de
ficcionalización en la puesta en situación? Nos viene a
la mente el momento en el que los dos personajes jóvenes juegan
en el salón recreativo. Es un momento muy intenso de la
película. ¿Cuál es ahí tu labor como
enunciador?
Guerín- Es una situación que parte de su
vida cotidiana. Cuando tienen cuatro duros se los gastan en porros y en
esas máquinas. No es una situación propuesta desde fuera,
artificialmente, sino que orgánicamente me la dan ellos. A
diferencia de lo que yo llamo "el legado del gramófono" que es
cuando Flaherty pone el gramófono a Nanook y consigue una
expresión maravillosa introduciendo en la película algo
que es totalmente ajeno a la realidad del esquimal. Él no ha
visto jamás un gramófono entonces tiene esa
reacción en directo frente a la cámara. Yo diría
que esencialmente la intervención del director donde se hace
más visible es en la decisión de que algo se ha de
mostrar. Estás haciendo un documental en principio sobre la
demolición de una casa y tienes que tomar una serie de
decisiones. Tomas muchas notas de fragmentos de realidades, de
observaciones... Es una película que surge de eso: anotaciones y
observaciones. Entonces la política del cineasta se hace visible
porque decide mostrar algo.
Por otro lado, en tanto que puesta en situación fue, para
mí, una de las más sencillas de la película.
Cuando ellos están tan entregados disparando esas
máquinas no precisan de mayores recursos de dirección de
actores. Les importa un carajo la cámara. Están
absorbidos en la acción de disparar. No hay ni asomo de
interpretación. Hay algo enfrente de su mirada que forma parte
de su realidad y que focaliza su atención con mucho más
poder que la presencia de la cámara ahí. Para ellos en
ese momento la cámara se invisibiliza. El trabajo del cineasta
consiste primero en la elección de mostrar algo y segundo en la
de cómo visibilizarlo, es decir el desglose, los planos y lo que
se ve en esos planos.
CB- Ésta es una escena fundamental para conocer tu mirada sobre los personajes...
Guerín- Es una escena donde se revela
además el lado más terrible- de estos chicos. Donde
surgen de su parte unas expresiones muy brutales, muy xenófobas.
Ciertos rasgos que podrían ser como de skinhead. Sin embargo hay
otras secuencias que redimen a los personajes de esos rasgos y esa
naturaleza. Ahí donde la televisión juzgaría, lo
explicaría todo, el cine, o mi cine, contempla la realidad como
algo mucho más complejo y lleno de matices. Esos personajes que
pueden tener un comportamiento monstruoso en una secuencia determinada,
pues nos resultan absolutamente afectuosos, tiernos y frágiles
en otras. Yo no creo en la existencia de los monstruos, creo que existe
la monstruosidad pero no los monstruos. Y entonces es interesante ver
cómo, en qué momento, en qué circunstancia puede
surgir la monstruosidad. Pero me hubiese sentido muy mal en condenar a
estos muchachos. No lo sentía así, en modo alguno.
CB- El trabajo del documental supone entonces la
elección de qué mostrar de cada personaje, cómo
mostrarlo...
Guerín- Claro, por lo menos del documental en
la tradición humanista, ese que tendría al ser humano
como centro. Se trata de ver cómo te relacionas con las personas
que filmas y cómo relacionas a esas personas filmadas con esas
otras personas que van a ser los espectadores. Esa sería la
ecuación decisiva. Esa relación triangular. Y
también sería otra hermosa manera de ver la historia del
cine: cómo han ido cambiando las formas de ese triángulo.
Por eso últimamente he andado muy preocupado y fascinado con la
historia del retrato en la pintura. Porque hay algo esencial, muy
despojado, que se parece mucho al cine. Hay un pintor con su lienzo y
enfrente un ser humano que va a ser retratado. Y en medio una especie
de trípode. El caballete y el trípode son iguales.
Lumiere lo quiso hacer igual porque le gustaba mucho la pintura.
De hecho Antoine Lumiere era un pintor impresionista. Son muy
interesantes todas esas cuestiones que desde el Quatrocento se han
planteado los pintores: ¿a qué distancia me sitúo
del sujeto?, ¿cómo me relaciono con él?,
¿con qué accesorios lo caracterizo?, ¿va a haber
fondo o no va a haber fondo?, ¿qué diálogo va a
establecer el fondo con el personaje?, el entorno y la figura,
¿profundidad de campo o no?, ¿dónde situar la
luz?, ¿dónde va a mirar?, ¿lo capto
estático o creo una situación?... el principio de puesta
en situación en pintura. Siempre también contemplando las
distintas relaciones entre sujeto pintado y pintor.
En el origen era el sujeto pintado quien de alguna manera
imponía cómo se tenía que retratar. Era una
especie de productor, existía un forcejeo. He tenido acceso a
algunos de los contratos con los que tenían que trabajar Giotto,
Masaccio... los grandes pintores, y es tremendo las condiciones que les
imponían. Cuesta imaginar cómo fruto de tantas
imposiciones y sufrimiento podían generar la belleza que han
generado. Por justicia habría también que hablar de los
pintores como una suerte de política de los autores. No puede
hablarse de autores que hacen libremente lo que quieren, sino de una
política, de un forcejeo. El "donante". Así se llamaba el
productor en pintura en el pasado.
CB- ¿Tras la experiencia de En Construcción con
el vídeo cómo te planteas ahora la creación de un
proyecto? ¿Estás actualmente en proceso de desarrollar
alguna idea concreta para una película?
Guerín- No, la verdad es que no. Estoy garabateando
cosas pero todavía pueden tomar muchos rumbos. Es un trabajo que
me resulta muy estimulante. Ahora .tengo una pequeña
cámara de vídeo con la que tomo notas. Me parece que
muchas veces en esas notas se encarnan de una manera más natural
muchas ideas que me preocupan. De una manera mucho más
fácil, fluida, natural que en la literatura. Creo que a
mí me sería mucho más fácil crearme el
esbozo de una película sobre notas tomadas por ejemplo en video
que desarrolladas en un guión escrito, literario, tradicional.
CB- Esta idea la desarrolla también Godard cuando
filmó en vídeo los guiones de algunas películas
suyas.
Guerín- Es cierto. Además, él
puede hacerla porque si se pone dinero para que Godard haga una
película, no se da dinero para un guión, si no para que
Godard haga una película que será una película de
Godard. Es terrible la tiranía que está padeciendo el
cine del guión. El guión fue en principio una herramienta
esencial para que Griffith pudiera desarrollar su noción de
escritura cinematográfica, el perfil psicológico de los
personajes... y sin duda ha aportado mucho al desarrollo del cine. Pero
el guión tiene una doble vertiente que de hecho ya tenía
incluso para Griffith. De un lado es una herramienta necesaria para la
evolución de su cine, pero de otro lado era también un
testimonio para los inversores. A medida que las películas de
Griffith se iban haciendo más costosas, los inversores
querían saber en qué invertían. Esa doble
vertiente del guión ha convivido siempre a lo largo de la
historia del cine, pero yo diría que últimamente la
realidad del guión más tremenda es que pesa mucho
más ese lado de control ideológico del capital que el
lado del guión como creación. Es decir, los guiones se
hacen pensando en cómo diablos poder seducir a una
televisión, a una comisión para que inviertan dinero. El
cine está viviendo una esclavitud terrible en este sentido. Es
un despotismo del guión.
Si no, verdaderamente, para muchas películas lo natural
sería que unas notas de vídeo sirvieran de
intención con la que prever una estructura, unas ideas
concretadas en esas pequeñas imágenes y a partir de
ahí surgiría de una manera muy natural una
película.
Una película para mí es un enigma, es un misterio. Si lo
tuviera resuelto de antemano no haría la película. Hay
que hacer la película para descifrar un enigma. Y ese enigma es
mayor si como en En Construcción no tengo un guión como
punto de partida. Es algo que también oí decir a Chantal
Akerman. Le pedían un guión y ella respondía: "si
hago un guión ya conoceré la película y entonces
no me apetece hacerla".
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