|
Amsterdam Global Village
¿Pretende ser Amsterdam Global Village (1996) el retrato de una ciudad? ¿Se puede de hecho retratar una ciudad?
No creo que incluso se pueda hacer el retrato de algo, no importa de qué, pero puedes construir una
ciudad a través de una película, utilizando tanto
técnicas de cine directo como de ficción, las cuales
tiendo a mezclar. La idea constructivista es muy importante para
mí. Al final de la película, hay una dedicatoria a mi
amigo, el escritor Bert Schierbeek, quien murió este año.
Bert Schierbeek escribió: “Siempre sentí que la
vida estaba compuesta de 777 historias sucediendo al mismo
tiempo”. Entonces pensé que podríamos hacer 777
películas de cuatro horas acerca de Ámsterdam, siendo
incluso una ciudad pequeña. Pero tienes que escoger, tomar
riesgos. Cuando filmas tienes que descartar ciertas realidades con el
fin de recrear algo real en la pantalla. En este sentido, es posible
dibujar el retrato de una ciudad.
Hay dos figuras narrativas en la película: el
círculo y el travelling lateral. Hay momentos cuando se pasa de
un mundo a otro, o de un momento a otro, en el sentido musical del
término; hay una necesidad de retorno al agua, al canal, es como
un momento de transición que brinda los medios de
aproximación a un nuevo estadio en el círculo de la vida.
Y ese círculo de la vida nos va a llevar a cualquier otro lugar.
Es casi como un movimiento centrífugo. El círculo se
convierte en un torbellino que nos expulsa a cualquier lado. Mi
necesidad de hacer la película fue creciendo por varias cosas:
el primer rayo de sol que veo desde mi ventana algunas mañanas
reflejándose en el agua, y luego su luz tocando una barcaza de
un azul espléndido. Es un momento cinematográfico, cuando
algo se proyecta sobre la piel, la piel del barco, es como una
sensación física. El segundo elemento que me
impulsó a hacer esta película fue la ocasión en
que llegué en bicicleta a una plaza en una parte de
Ámsterdam con la cual no estaba muy familiarizado, donde los
habitantes eran de todos los colores. Era una hermosa tarde de verano,
la gente estaba afuera, pasándola bien, bebiendo y conversando,
y sentí como si hubiera entrado en un mundo diferente,
sólo a diez minutos de mi casa. Yo, que me declaro abierto a
toda clase de imágenes e influencias cuando viajo, presto a
partir hacia cualquier camino y a responder a cualquier pregunta, llego
a quedar totalmente sorprendido en mi propia ciudad y a sentirme
ligeramente desorientado. La tercera razón fue el tratar de
crear un espacio urbano en la superficie plana de la pantalla, y
después, hacer sentir el peso de la historia, sin utilizar
imágenes históricas o material de archivo.
La película parece estar buscando los latidos de la
ciudad. Es como un corazón que bombea y expulsa: la sangre
circula y la circulación nos lleva a lugares distantes: a
Bolivia, Chechenia, Sarajevo, Tailandia. ¿Cómo
construyó este “aquí y allá”?
Tenía muchos deseos de retornar a las raíces del cine
directo. Cuando me gradué de la IDHEC* en 1958, vi las primeras
películas de Jean Rouch: Les Maîtres Fous (Los maestros locos, 1955) y Moi, un Noir (Yo, un negro,
1959), que me impresionaron realmente por la forma en que unían
el cine directo y la ficción. También vi las
películas de Richard Leacock y Robert Drew. Esas
películas tuvieron un efecto muy liberador sobre mí. Al
mismo tiempo, lo que extrañaba, especialmente en los trabajos
norteamericanos- era la conciencia de la forma. Lo que veía en
ellos era una dramaturgia muy clásica del héroe
americano, pero casi vergonzosa. Las películas proclamaban ser
ejemplos de cine directo, pero había escogencias
implícitas muy marcadas que rememoraban la dramaturgia
hollywoodiense. Me dije a mí mismo que yo también
necesitaba trabajar en la forma, en el montaje eisensteniano (lo que
conocía de él en esa época) toda suerte de
técnicas que más adelante exploré en todas mis
películas; y siempre, esa dosificación entre el cine
sincrónico y no sincrónico, lo que se dispone y lo que se
encuentra, las condiciones creadas y las cosas fortuitas que resultan
aleatoriamente y ante las cuales reaccionamos después. Por
ejemplo, en Face Value (1991), partí de un postulado
formal inicial muy estricto. Esta película de dos horas
está compuesta, de hecho, por un 85% de primeros planos. Ese era
el reto: describir una parte de Europa después de la
caída del Muro de Berlín, donde la sensación de lo
directo estaba muy enmarcada, conseguida sobre una base bastante
formal. Con todos esos primeros planos, tenía que encontrar una
forma de crear un espacio cinematográfico, imaginario, en
movimiento, donde uno no se sintiera encerrado, pero había que
saber de tiempo en tiempo dónde se estaba: en Marsella, en
Praga, en Londres, en Berlín, etc. sin relegarlo en una
narración de voz en off o en otros mecanismos externos. Para Amsterdam Global Village,
quería hacer lo contrario: reconocer los aspectos del cine
directo, seguir con ellos, y dejar que la forma llegara después.
Pensando acerca de lo directo, sentía aún que necesitaba
una estructura de base. Esta estructura me la dio el vasto circuito de
canales de Ámsterdam. Me imaginé la película como
un largo viaje a través de las cuatro estaciones, siguiendo la
forma circular que el movimiento Provo, cerca de 1965-1966,
llamó “la manzana mágica”: Ámsterdam
como el centro mágico del mundo. Entonces en mi mente
seguí el contorno de esta manzana mágica, y esto me dio
el sentido del travelling girando siempre, tanto como era posible,
hacia la derecha. Tengo que admitir que en la película se siente
mucho como un travelling lateral. Pero estoy estoy muy contento de que
usted haya sentido el círculo.
Es también un círculo mental: en cierto punto uno regresa a casa, sabiendo que partirá de nuevo.
La idea de un travelling siempre en la misma dirección
debía dar una base para los momentos de cine directo. En este
travelling, hay encuentros con pequeños y grandes personajes,
con eventos. Y algunas veces, estos encuentros crean remolinos que lo
expulsan. Esto lleva a un nuevo comienzo, a un nuevo viaje.
Cuando se encuentra con Roberto, por ejemplo, este
boliviano residente en Amsterdam, ¿usted quería desde el
comienzo que él lo llevara a Bolivia, o fue hablando con
él, haciendo su retrato personal, que usted comprendió
que tenía que ir allá con él? En la
película hay un momento magnífico: el aterrizaje en
Bolivia. Él está en su ventana, en su casa en
Ámsterdam, con su flauta en los labios, y sentimos que quiere
retornar a casa. Es como una neblina, como una fantasía. Es como
si estuviéramos en un sueño, de hecho.
La asimetría es muy importante para mí. Usted no viaja
con cualquiera. Con un amigo etnólogo, Fred Gales, con quien ya
había trabajado, habíamos ido alrededor de la ciudad en
los primeros meses de 1994. Él es alguien que conoce a mucha
gente de diferentes culturas, y me presentó a dos personas, el
checheno y el boliviano. Me dijo en aquél entonces que
conocía a un boliviano que estaba casado con una holandesa, un
músico que se ganaba la vida haciendo la limpieza en
supermercados, y estaba preparando un festival de música en su
pequeña ciudad en los Andes. Tenía allí,
concentradas, todas las tensiones: ser un aseador aquí, un
héroe cultural allá, y ganarse la vida con su
música para comprarle algo a su comunidad de origen. Vi una
historia en ello inmediatamente. Lo conocí rápidamente y
lo encontré como casi angelical.
¿Pasó mucho tiempo con él para “construir” su vida?
No soy de aquellos que se van a vivir con las personas durante seis
meses. Tengo la impresión que esto es muchas veces una farsa. Es
importante para mí que enfatice que yo estoy también
exterior a sus vidas, clarificar esta posición. Esa es la
razón por la cual en ocasiones hay cierta artificialidad, donde
se siente el proceso de filmación. Pero todo eso puede ser
superado por los simples momentos intuitivos cuando obtienes el
sentimiento de una persona. Con esta pareja, por ejemplo, el hecho
más feliz de que estaban esperando un bebé. Es un
comienzo muy clásico. Hay elementos muy clásicos en la
película, especialmente en la construcción de los dos
primeros tercios. El embarazo, por ejemplo, me permitió
introducir la idea de una pantalla, de un examen de ultrasonido. Hay
una temática completa de las pantallas en la película,
imágenes electrónicas, otros niveles de
comunicación, simultaneidad. Y esto te permite percibir las
cosas en profundidad, a través de la pantalla, al interior del
cuerpo. En el apartamento de Roberto veíamos videos sobre
Bolivia, porque su esposa ya había estado allá con
él dos años antes, y fue la primera vez que Roberto
había regresado a su país después de diez
años de ausencia. Ya había notado para entonces la gran
limpieza, muy holandesa pulcritud de su apartamento, y todo en
él anunciaba la llegada de un bebé; igual que algunas de
sus pertenencias personales, la flauta india colgada en la pared, por
ejemplo. Me dije a mí mismo que tenía que crear una
elipsis y hacer llegar al bebé directamente a este universo. Fui
afortunado al poder filmar virtualmente la misma toma de la
pequeña bañera, con la misma luz de ensueño, pero
con el bebé repentinamente allí. Con el sonido de la
flauta de Roberto. Es una figura de composición que pertenece a
una larga tradición de películas de ficción, cuyas
posibilidades de pronto entreví durante la grabación.
Estaba muy contento de poder incluir la película en esta
tradición y de lograr esta transición de los objetos
hacia un nuevo ser humano. Esto puso el tono. Las otras figuras de
composición, con respecto a Roberto, resultan de: la
ocasión en la que él tocó la flauta para crear una
brisa. Después de la entrevista, le pedí tocar frente a
su ventana y fue como un guión instantáneo:
estábamos listos para salir volando. Estas conexiones son o
extremadamente premeditadas o extremadamente accidentales. Puede ser
debido a mis relaciones con la música improvisada, la cual es
importante en Holanda y la cual subraya el asunto de moverse de una
cosa a otra, de encontrar rápidamente una estructura. Entonces,
toma mucho trabajo en el cuarto de edición asegurar que esta
estructura se solidifique.
En el pasaje en Bolivia, la cámara está muy
cerca de Roberto, pero los otros habitantes están lejos de
él, por lo cual debe levantar la voz. Usted no se acercó
a los otros, permaneció a su lado, de manera subjetiva.
¿Por qué están los habitantes tan lejos?
Esta ciudad tiene una forma cuadrada muy austera, prácticamente
con nada atrás, justo como un cuadro en el paisaje, en una
cuenca. Las personas, se apiñan ellas mismas contra las paredes
hasta el momento de ir a danzar. Roberto hizo venir bandas de diez
pueblos, cada una con su propio estilo, vestidos y máscaras.
Hubo un desfile que describió un círculo dentro del
cuadrado, pero era muy frío con la gente tan retirada. Tanto
emocional como cinematográficamente, el espacio era
difícil de asimilar. Para mí lo único natural era
seguir con Roberto. Evidentemente, el sonido tendía a
dispersarse. Y se siente que Roberto tiene que forzar su voz.
Y está emocionado.
Sí, y al mismo tiempo también tiene que dominar este
espacio. Está casi más allá de sus medios
físicos, esto puede ser lo que uno siente en este momento.
Después llega la camioneta cargada con los regalos que trajo
para distribuir entre los habitantes, materiales para las escuelas de
la región que carece casi de todo: cuadernos, tizas,
lápices, etc. Al principio hice un rodeo a la camioneta para
tener algunas tomas en picado. Hay una anécdota acerca de la
grabación que puede ser significativa: cuando el camión
volvió la segunda vez, hice un largo plano secuencia que luego
corté, y durante este desplazamiento, la música
había comenzado y la gente comenzó a danzar antes de que
el alcalde pudiera dar su discurso para presentar a Roberto, para que
él pudiera comenzar a repartir los regalos como estaba previsto.
Pero se volvió imposible. La danza había comenzado y
duraría hasta el crepúsculo. Había aprendido ya en
la India que no puedes parar un proceso una vez que ha comenzado, un
movimiento una vez que ha iniciado. Se considera una mala señal.
Pero allá, les pedí de todos modos detener la
música. Como director, estaba en conflicto con la realidad.
Roberto estaba terriblemente afectado en el intervalo, se había
quejado por sentirse a veces incómodo en su cultura de origen,
en esta sociedad donde había tenido muchos problemas organizando
cosas. Le dije a Roberto: vinimos por este momento y todo lo que hemos
grabado hasta ahora será inútil si no hacemos algo
pronto. Entró en pánico. Hablamos con el alcalde
pidiéndole que le solicitara a los directores de las bandas
detener la música. Fue un momento muy tenso. Finalmente, el
alcalde lo hizo y pudimos grabar la escena de la distribución de
los regalos. Luego la música volvió a comenzar y todo fue
fantástico. Según supe no hubo castigo mágico
enviado por la diosa tierra. Soy un poco receloso del acercamiento
etnológico que dice que siempre tienes que tener la distancia
correcta con respecto a las cosas, a las culturas. Muchas veces
transgredimos para mostrar alguna cosa.
¿Piensa entonces que el cine tiene derecho a interferir?
No se si un derecho. Pero las buenas intenciones en este punto ya no
cuentan. Hay que proseguir, tienes que ser capaz de hacer lo que se
dispuso hacer.
En este momento, para usted como cineasta, ¿no fue
el momento de Roberto con su madre más poderoso? Cuando ella le
dice cuánto sufre, es un momento muy conmovedor, íntimo:
¿usted entendió su diálogo?
Comprendí ciertas cosas, y el resto lo sentí. En el cine
hay momentos difíciles que tienes que soportar, donde
intervienes y algunas veces obligas a la gente a hacer cosas. Al mismo
tiempo, he notado que el cine también permite a las personas
abordar ciertas cosas. Filmando a Roberto con su madre, tenía
temor de que pudiera ser demasiado fuerte, que se arrepintieran de
haberse abierto de ese modo. Le pregunté a Roberto acerca de
esto, y él me tranquilizó de inmediato. Y, traduciendo la
escena, comprendí que sucedió de tal manera que les dio
una sensación de alivio. Las personas llegan a desahogarse, lo
cual podrían no hacer si no estuvieran siendo filmados. Por
ejemplo, la anciana judía holandesa de la película me
dijo varias veces que ella nunca hubiera tenido esa conversación
con su hijo si no los estuviéramos filmando. Pienso que algo
similar sucedió con Roberto y su madre. Yo sabía que ella
había perdido cuatro de sus doce hijos. Y pensé que era
algo característico del tercer mundo, las condiciones de vida,
el problema de aceptar en vida la pérdida de un tercio de los
hijos. Y durante su conversación, afloró que ese era un
pequeño problema comparado con el de haber sido abandonada por
su esposo, con el de tener que lidiar con la soledad y los problemas
maritales. Rompía también con la idea de que en las
así llamadas culturas simples, aquellas que viven de la tierra,
hay supuestamente menos problemas de relaciones humanas.
Cuando filmó la conversación entre Roberto y su madre, ¿estaba esperando que algo sucediera?
Trato de anticiparme a las cosas: por ejemplo, diciéndole a
Roberto que me gustaría saber cómo experimentó
ella los doce años de la ausencia de su hijo.
¿Podríamos decir que usted comenzó con
una visión europea, de alguna manera etnográfica de las
cosas, y que de repente el resultado fílmico resultó ser
mucho más dramático?
Con frecuencia digo que trabajo en contra de la etnografía. Es
siempre el momento cuando el modelo se hace añicos, cuando la
representatividad no funciona más, cuando las cosas se vuelven
interesantes. Uno está a medio camino entre algo representativo
y algo que no lo es para nada.
…Quiere decir, cuando la gente de repente se convierte en individuos.
Si, el absurdo de la vida, la experiencia singular. Serge Daney
escribió un artículo en Cahiers du Cinéma (1)
titulado “La radiation cruelle de ce qui est” (La cruel
radiación de lo que es) en el cual anotó que los
personajes limitados físicos están casi siempre en mis
películas para romper con la representatividad. Esta postura un
poco marginal con respecto a la normalidad les permite tener una
visión más penetrante de lo que sería lo normal,
lo real. Esto explica además la temática de la ceguera,
la sordera, los sentidos entorpecidos, que para mí parecen ser
una temática de la lucidez, con respecto a una percepción
fracturada, fragmentada, que necesita ser reconstituida. Uno no puede
no ver u oír, pero tiene que vivir con ello.
Con respecto a Chechenia, tenemos la sensación de partir de un
encuentro con un individuo, y que la película te lleva a un
país durante un momento de su historia, la guerra.
¿Cómo construyó el episodio de Chechenia?
Después, durante la edición, pensé mucho acerca de la película Torn Curtain (Cortina rasgada,
1966) de Hitchcock, en el viaje a un país totalmente desconocido
-Alemania del Este- el cual se convierte en algo cada vez más
infernal. Un viaje al infierno, con el problema del regreso. Y para mi
película el problema era regresar a Ámsterdam y mantener
el interés en lo que seguía. Había escrito un
borrador del proyecto en mayo-junio de 1993 y es ahí cuando el
etnólogo me habló acerca de Chechenia. Le pregunté
dónde quedaba ese país (risas). Me contó acerca de
un hombre de negocios proveniente del Cáucaso, Borz-Ali
Ismaïlov, que había sido guardaespaldas de Gorvachov -lo
cual no se menciona en la película porque él no
tenía derecho a hablar de ello o no quería hacerlo. Lo
que más me interesó de todo fue que él
vivía en los medios de comunicación -teléfono,
pantallas, video- como un nómada moderno. Era una forma de tomar
distancia de la descripción sicológica clásica, lo
cual hacía al personaje un poco más misterioso. Una vez
que nos conocimos mejor, le pregunté porqué había
aceptado estar en la película. Me dijo que quería hacer
algo por Chechenia, mostrar que los chechenos no son todos malhechores,
sino gente activa que sabe hacer cosas. Fuimos a verlo en diciembre 18
de 1994. Estaba sentado frente a su televisor con su compañera
rusa y su hijo. Tenían sintonizado el canal estatal de
Moscú, el cual habían estado mirando toda la noche porque
los rusos habían acabado de invadir Chechenia. Les pedimos
permiso para filmarlos y fuimos a buscar la cámara y la
grabadora. Fue así como comencé a grabar con Borz-Ali.
¿Tenía ya en mente ir a Chechenia?
Siempre tuvimos presente la idea de que deberíamos intentar ir.
En julio de 1995, hubo algunas semanas de tregua y negociaciones. Una
suerte de calma. En ese momento, la guerra no había sido
declarada, era más una guerra de guerrillas esporádica,
impredecible pero muy violenta.
¿Pero siempre intentó que Borz-Ali fuera allí?
Sí, discutimos la posibilidad de ir desde el comienzo. Me
parecía importante. Como con Bosnia, todo se debe a un cambio
geográfico radical desde 1989 y la caída del Muro de
Berlín. Encontraba muy interesante tener a un hombre de negocios
que no provenía ni de Japón ni de Norteamérica,
sino del corazón del Cáucaso, con otras líneas de
comercio, otros desarrollos económicos y vínculos
culturales que estaban en proceso de establecerse.
¿Era la simpatía hacia el personaje un tema importante para usted?
Encontré que Borz-Ali era un personaje muy impresionante,
enigmático. Él habla a veces de cosas que son muy remotas
para nosotros, con esa moral marcial de su pueblo, cuando habla acerca
de los jóvenes que se van en grupos a las montañas para
sobrevivir seis meses sin comida. Está también su lado de
jugador: después de la Perestroika, tenía el capital que
necesitaba para moverse. Y cuando habla acerca de la guerra, paso a los
primeros planos.
En un momento él dice que una madre rusa y una madre
chechena tienen las mismas lágrimas, que las lágrimas son
del mismo color.
En nuestra mentalidad, ligeramente más cínica, un poco
más advertida, suena casi como una exageración, pero se
puede sentir muy bien que hay un lado poético en la cultura y el
alma rusa, el cual también existe entre los chechenos. Su rostro
expresa esta verdad. Y él trata de situar el problema en una
escala internacional, diciendo que la tragedia es la misma para los
rusos, que los rusos son conscientes de ello. Esto me conmovió
bastante y traté de acercarme a él con mi cámara.
Cuando está en las calles de Chechenia, testigo de una
manifestación de mujeres, él está ahí,
simplemente como un retrato que mira toda esa destrucción. En
ese momento, cuando está recibiendo todo eso, puedo ver
qué vulnerable es.
Cuando usted llega al carro, hay una sensación de
peligro. Está siendo filmado prácticamente de modo
clandestino. ¿El niño que vemos es su hijo?
Sí, su hijo, a quien vemos en la primera escena de la
invasión, frente a la televisión. No pude -y esto puede
ser una debilidad- desarrollar la relación con este hijo.
Simplemente porque el hijo no quería el cine (risas). En esa
cultura, un niño, desde que tiene seis u ocho años,
recibe la misma información que los adultos -excepto, supongo,
la relacionada con la sexualidad: entonces la mirada del niño es
parcial. Pero la tradición quiere que todo lo que tiene que ver
con la guerra sea compartido con los niños -y sobre todo, sin
duda, con los varones. Entonces la presencia de este chiquillo era
tranquila, a pesar de la a veces amenazadora presencia de toda suerte
de mercenarios rusos en los bloqueos en las carreteras. Con respecto al
tema de la clandestinidad de la filmación, se debe realmente al
hecho de que la cámara se encontraba en mis rodillas.
Cuando Borz-Ali se reúne con sus primos y su abuelo,
tienen un elegante gesto de saludo: un medio espaldarazo. Pero las
madres, tías y las primas lloran, dicen cosas, se lamentan.
Los hombres nunca deben mostrar sus emociones. Es una cultura
islámica -dentro de la cual, pienso, la guerra ha acentuado la
presión hacia el integrismo. Pero en ese momento, las mujeres se
expresaron a sí mismas libremente, pudimos discutir con ellas.
Están activamente involucradas, aunque exista una verdadera
división de roles. Las mujeres preparan la comida y permanecen
retiradas, pero después de la cena salen a relatar sus
experiencias de exilio, de huída y destrucción. Esto ha
sido descrito como un islamismo pragmático, que les permite
beber alcohol, etc.
A propósito de ese plano, terrible, de una madre
cargando a su hijo muerto en sus brazos, ¿se preguntó
usted si debía filmarlo y a qué distancia?
Absolutamente quería filmarlo. El problema fue llegar a la
escena porque había una manifestación, después los
rusos comenzaron a disparar sobre los protestantes desde los entejados,
hiriendo a varias personas. Después llegaron las tropas
chechenas a la escena, así como la policía. Borz-Ali fue
a examinar como emisario. La policía instaló barreras,
entonces me supuse que la circulación iba a ser canalizada. Fui
a dar un vistazo, sin mi cámara. Las personas llegaban y se
paraban alrededor de los muertos, llorando, y algunos grupos que
danzaban y, alrededor de ellos, combatientes chechenos para
protegerlos. Pero los rusos estaban todavía en los techos. La
gente había tomado el control de la situación, entonces
fui por mi cámara.
En Chechenia, ¿su esposa ya no era la que hacía el sonido?
No, ella no viajó ni a Chechenia ni a Bosnia, temerosa de quedar
deprimida por un largo tiempo. Y como ni ella ni yo tenemos
inclinaciones heroicas, pensamos que no deberían ir dos personas
de la misma familia. A Sarajevo quien vino fue mi amigo y colega Frank
Vellenga y, en Chechenia, fue mi productor Pieter van Huystee quien
hizo la grabación de sonido -lo que encontré bastante
admirable para un productor. En los dos casos permanecimos sólo
una semana en la zona de guerra, lo cual no se compara con la
situación de los verdaderos reporteros de guerra, cuyo trabajo
no puedo más que admirar, incluso si sólo ejercen
raramente algún control sobre su representación. En las
imágenes de guerra en general, los combatientes son descritos
con precisión, mientras que las personas que huyen son siempre
una masa indistinta que pasa rápidamente. Pensé que
hacía falta mostrar la singularidad del sufrimiento o de la
muerte. No había entonces para mí ninguna duda. Y
sentí que hacía falta que grabara, que filmara, que lo
encuadrara casi meditativamente -lo cual puede sonar un poco a vanidad-
es decir, permaneciendo sereno. Se ve que hay como un movimiento
circular alrededor de los muertos, se mira más y más
hasta que de repente se ve que hay tres generaciones que han sido
eliminadas.
Los muertos son más que muertos, sus rostros y sus cuerpos están desfigurados, aplastados.
Si, pero el niño tiene una belleza casi absoluta, que se vuelve mucho más perfecta estando muerto.
Su madre acaricia su cara, y uno se dice que lo
reanimará. ¿Usted sabía que podía mostrar
esas imágenes? ¿No tenía ninguna duda allí?
Siempre he pensado que hacía falta asumir la belleza. En la fase
militante del cine documental, existía la idea de que
había que estar un poco feo, mal arreglado para que pareciera
más verdadero. Nunca estuve de acuerdo con este punto de vista.
En el caso de este niño muerto, volviendo a ver las
imágenes con el sonido, estaba verdaderamente abrumado por la
increíble belleza de la escena que refuerza aún
más ese pesar, que nos recuerda lo que hubiera podido ser si la
vida no hubiera partido. Encuentro entonces que es necesario asumir la
belleza, pero una belleza que sea certera, no exterior al sujeto.
Lo que usted hace ahí, la televisión no puede
hacerlo: asumir todo el movimiento, desde Ámsterdam hasta
Chechenia, lo que consiste en entrar en la realidad y llegar hacia el
momento fuerte, el climax ¿Cómo hizo para llegar a esta
fluidez?
Cuando se está dispuesto a ello, uno recibe muchas cosas, a las
cuales hay simplemente que responder de la manera más justa
posible. Pero algunas veces uno se equivoca, y en la película
hay aún momentos donde no estoy a la altura, pero esto hace
parte del lado vivo de la película.
En esta película hay una figura retórica que
es el retorno al país. Está también el exilio, y
la idea de que los hijos retornan a sus madres.
Es bastante extraño, pues esto no estaba planeado. En
el proyecto yo estaba muy sensible a las relaciones binarias, y en
especial a las relaciones entre hombres y mujeres. La idea de las
entrevistas se impone bastante rápido. Anteriormente
había filmado frecuentemente de modo frontal las entrevistas, yo
hablando detrás de la cámara. Esto crea como una
superficie plana de la cual se desprende el espacio, que es un espacio
entre la pantalla y el espectador. Estos últimos años,
estaba un poco cansado de esta manera de filmar. Para esta
película, la mirada del personaje no está dirigida hacia
la cámara, sino hacia el lado, como las entrevistas televisivas.
En el lugar del entrevistador, intercalé los planos de su esposa
escuchando; por ejemplo, con Roberto, simplemente por medio del
empalme, el eje de 180 grados y el campo-contracampo. Eso es algo que
siempre me ha gustado hacer. Porque, a parte del seguimiento de
escenas, el campo-contracampo es la figura archi-clásica del
cine que hace aparecer dos espacios unidos. Si el campo está en
Francia y el contracampo está en China, uno puede ponerlos
juntos y hacer que los dos se miren. Es el motivo ficcional por
excelencia y, por lo tanto, el motivo anti-documental por excelencia.
En la entrevista entre la madre judía y su hijo, todo
está hecho en campo-contracampo. Los muestro separadamente,
cortando las panorámicas rápidas por las cuales pasaba de
la madre al hijo y viceversa. Solamente cuando se convierte en algo
más íntimo, sobre el tema de la culpa, los uní en
el espacio y en el tiempo manteniendo sus paneos. Este momento de
transición corresponde también a un cambio de
posición de cámara, que atraviesa el eje entre los dos
personajes. En otras conversaciones, con Roberto, Borz-Ali, y el
recadero Khalid, que son de hecho entrevistas, sustituí la
figura del entrevistador por planos, en el mismo eje, de sus
respectivas mujeres. Ellas aparecían entonces en los falsos
contracampos con relación a su hombre, y los aclaré, de
un modo un poco artificial, para revelar sutilmente el procedimiento.
Sobre esta imagen ligeramente “desorientada” puse cada vez
la voz en off de la mujer. El hombre habla en pantalla y sus palabras
son oídas en el falso plano de reacción de su esposa. Me
interesaba ver cómo las mujeres hablaban de modo caluroso de sus
hombres; esto me parecía ir contra la corriente de cierta
convención de la no-comunicación, como por ejemplo en el
teatro de Edward Albee o de Lars Noren.
Hay un momento muy hermoso en la película,
aquél donde filma la escuela de los pequeños niños
chinos, en Ámsterdam. ¿Esta secuencia es el fruto de una
idea estrictamente poética, o más que eso… iba a
decir, política?
Es intencional, pero dudaría al decir que es una película
política, porque el discurso ha cambiado ahora; nos hemos vuelto
más modestos. Un día, un periódico de
Québec escribió que yo hago películas
políticas en el sentido cívico. Eso me gustó.
Entiendo “cívico” en el sentido de aquello con lo
que tratas todos los días. Para la China, mi idea era tanto
débil como fuerte. Es una secuencia sobre la escritura, que he
hecho varias veces en otras películas. Por ejemplo en India, en The Eye Above the Well
(1988), donde los niños escriben cartas en la arena que
después son borradas. Es un gesto que es tanto ecológico
(risas) como artístico.
Una síntesis completa. Y hay también en usted
un gran placer de escuchar otras lenguas, otras palabras que son, al
mismo tiempo, dichas en su ciudad, en su barrio; el otro está
ahí.
Si, puedo entender dos o tres cosas, pero puedo apropiármelas.
También, puede ser un placer ver las cosas y disponerlas
artística o temporalmente, sin anteponer una pantalla de
caracteres delante -que es casi siempre una pantalla falsa, excepto,
puede ser, para los lingüistas, por ejemplo.
En su película, tengo la sensación de que
grabó dos tipos de personas: aquellos que se mueven
rápido y aquellos que se mueven despacio. Las personas sin hogar
se mueven despacio, el mundo es demasiado grande para ellos, lo cual
los hace dar pasos cortos. Y están aquellos que se mueven
rápido, por ejemplo Khalid, el joven mensajero marroquí,
en su motocicleta, cuyo trabajo es ir rápido y transportar
imágenes. ¿Piensa que podemos dividir el mundo de hoy
entre aquellos que se mueven rápido y aquellos que lo hacen
despacio, aquellos que están involucrados en la
comunicación, que entregan fotos, paquetes, y los otros?
Sí, es bastante cierto. Hay algo muy perturbador acerca de la
constante aceleración de la información. Aunque las
personas que están implicadas en Internet dicen que es el medio
para ellos participar democráticamente en la circulación
de la información. Según ellos, no se puede entonces
privatizar la circulación de información. Todo el mundo,
en principio, puede tener acceso a ella, y se pueden atravesar las
líneas del frente. En la ex Yugoslavia, por ejemplo, serbios,
bosnios y croatas se comunicaban vía grupos de discusión
de Internet durante toda la guerra. Es sorprendente que, en nuestro
país, haya tantos antiguos ocupantes ilegales que se sirven
ahora de Internet como una herramienta política. Otros, como el
filósofo americano Mark Dery, dicen que la
“cibercultura” está basada en un brote muy antiguo
del cuerpo, y que sirve para eliminar los cuerpos de millones de seres
humanos, para abrirle camino a una empresa cada vez más global
de corporaciones multinacionales. Los grandes poderes económicos
tienen intereses en hacernos olvidar el trabajo del cuerpo, que se
encuentra siempre al inicio de la línea de producción.
Tengo la sensación de que como cineasta, usted
mezcla dos dimensiones: la lentitud y la velocidad. Usted
frecuentemente filma a las personas antes de partir.
Es el tránsito de la pesadez al estado de ligereza.
Tradicionalmente, la información era pesada, hacía falta
llevar alguna cosa, y se convierte cada vez más en algo
aéreo, volátil. Hice una película -donde no he
llegado a hacer comprender, o a comprender yo mismo gran cosa- sobre el
dinero, I Love Dolars (1986), donde finalmente, son las personas que no
tienen dinero las que uno comprende mejor. Aquellos que manipulan
dinero encarnan las dos dimensiones porque están totalmente en
lo volátil, en el movimiento electrónico en todos los
sentidos, como un gran mosaico flotante de fondos, de déficits.
Buscan su equilibrio en la Tierra, y tratan siempre de atrapar alguna
cosa en la marea. Cuando hay movimiento, uno puede, como en una
corriente, sacar alguna cosa. Mientras que aquellos que son pobres
portan su cuerpo. Pero aquellos que están en lo flotante, lo
volátil, experimentan sus motivaciones con las metáforas
que vienen de la comida, de la sangre, del sexo, de la guerra, del
puñal -de cosas del orden visceral. Su imaginario es arcaico,
entonces ellos también están dramáticamente a dos
velocidades o en dos estados de pesadez. Si pudiera volver a hacer la
película, la orientaría desde el comienzo sobre este
aspecto. Haciendo Amsterdam Global Village, pensé mucho
en términos de dos ejes: rapidez y cuerpo, cuerpo y
sueño. Con variaciones, con combinaciones: el cuerpo que va
rápido, el cuerpo que disfruta. Es también el sentido de
la escena de amor físico, escena sobre el tema con la cual
quedé muy inquieto después de terminar la
película, debido a su carácter fuera de contexto,
deliberado, a su puesta en escena; pero entre más circula la
película, más tengo la impresión de que ocupa un
lugar importante, irreductible: es el momento donde todo aquello que
permanecía como memoria de una construcción
simétrica, “documental”, se rompe; es también
el único momento donde pasamos rápidamente del exterior
de las fachadas al interior de una habitación. Y en ésta,
yo también estaba presente, con mi propio deseo. Vi la escena
como una especie de respuesta, dos horas más tarde en la
película, a la secuencia de los muertos en Chechenia: un enlace
multisexual, sin relaciones de poder. Es cierto que las cosas se
responden frecuentemente a grandes distancias, pero aquí el
interés consiste sobre todo en el hecho de que yo esté
allí, en el torbellino de estas muchachas y muchachos desnudos.
¿Por qué esta escena de amor es multisexual y no multirracial? ¿De repente todos son blancos?
Pensé en ello, pero quería evitarla siendo
“políticamente correcto”. Debo decir que desde
entonces he cambiado de opinión y esto prueba tal vez que de
nuevo pensé demasiado.
Hay una larga secuencia donde filmas jóvenes en
moto, que hacen bellas figuras. Uno diría que trata de encontrar
la respuesta cinematográfica a su agilidad, a su libertad de
movimientos, a este juego que practican con su balanceo. Que busca la
forma musical y cinematográfica para acompañarlos, para
crear una complicidad con ellos.
Cuando abordamos la idea de su grupo, no alcanzaba a comprender en
qué consistía. De hecho, para ellos se trataba
simplemente de estar juntos con sus máquinas, tocarse, fumar sus
porros, es decir, de estar como un grupo. Y me acordé que yo
mismo, a los diez y siete años, hacía parte de un grupo
rebelde conformado por estudiantes de dos colegios de Ámsterdam,
y estábamos muy inclinados por París, el existencialismo
o al menos de lo que veíamos de él, la poesía, la
pintura, beber un muy mal vino rojo, fumar tabaco fuerte. Había
jóvenes que pintaban, muchachas que hacían teatro, las
canciones de Mouloudji, de Brassens… Era hacia 1955. Me
posicioné en ese grupo como fotógrafo. Hice entonces, a
los diez y siete años, mi primer álbum que se
llamó Tenemos diez y siete años. Nuestro grupo era
entonces, en un sentido, semejante al de ellos. Nosotros
teníamos objetivos culturales, pero el principal era encontrarse
cada día entre muchachos y muchachas, y de intercambiar una
especie de lenguaje codificado sobre algunos temas también
codificados. Describir de qué se trataba todo ello
-hablábamos, escuchábamos a Ravel, a Charli Parker- me
interesaba. Pero lo esencial era el hecho de estar juntos, de tocarse.
Y de vivir la jerarquía variable del grupo, sus posiciones. Para
estos jóvenes de hoy, que pertenecen a servicios de correo, es
exactamente lo mismo, pero con otros símbolos: música
house, las grandes fiestas y la noche en la que toman píldoras
para elevarse. Se encuentran bajo el Rijksmuseum, en invierno. Y al
lado, detrás de la manzana del museo, en verano, cuando hace
buen clima. Se ven cinco veces por día. Cada vez tienen una
carrera para hacer, se las arreglan para llegar allá y
permanecer diez minutos, sin que el patrón lo note. Es entonces
tiempo robado. Me interesé de inmediato por estos ases de la
moto, capaces de correr en una sola rueda. Después sentí
que los skaters representaban otra clase social, más elevada, de
estudiantes. Tuve entonces la idea de hacer una especie de parodia de
la lucha de clases, como un torneo de nobles entre dos maestros, dos
caballeros: aquellos en moto y los skaters.
Una gran pregunta corre a través de la
película: ¿qué es la alteridad y la identidad?
¿Cómo puede filmar el otro, quién es, cómo
puede estar cerca de él, descubrirlo, y al mismo tiempo
qué es la identidad; quiénes somos, quiénes son
ellos, quién es Roberto?
La pregunta es: ¿quién soy? Puede ser demasiado egoísta.
Pero al mismo tiempo usted está interesado en los otros, es capaz de dedicar tiempo
Si, pero también puede ser averiguar si existo. Digo en la
película que la vida es un sueño. Y sin embargo, soy
más bien materialista… Pienso que somos un cuerpo,
determinados por lo que comemos, por los cambios en el clima. Me
preocupo bastante por el estado ecológico del mundo. Pero hay un
vestigio que parece de algún modo ser lo esencial, que para
mí tiene que ver con los sueños. Cuando estuve en
Sarajevo por unos pocos días durante la guerra, después
en Chechenia, era como si hubiera enviado allí un emisario de
mí mismo. Pero si una bala o una granada me hubieran tocado,
esta idea de emisario no hubiera podido ser válida, porque el
dolor hubiera estado presente por el resto de mi vida. Un día,
escribí un pequeño texto sobre un piloto de combate que,
en cierto momento, es alcanzado por una bala y cae. Y en la
caída, antes de estrellarse con la tierra, tiene un pensamiento
que lo invade: que no tiene nada en él, que no es más que
una envoltura vacía. Soy alguien a quien le gusta mucho comer
bien, que tiene tendencia a comer demasiado, y creo que el hecho de
filmar, me salva a mi mismo un poco Como si hubiera un exceso de
materialidad como contrapeso a la envoltura, a lo volátil. Para
mí, la búsqueda de identidad involucra tratar de llenar
el espacio entre estas dos cosas, de hacer un vínculo entre
ellas. Entonces tal vez es la búsqueda de la completitud. Y en
la llamada sociedad multicultural, uno debe comprender que yuxtaponer y
cohabitar es ya un reto. La integración sin embargo,
también existe, se hace a través de las generaciones, en
situaciones innovadoras.
Al mismo tiempo, su película trata más
esencialmente sobre la alteridad, que es la gran pregunta
política del momento: ¿por qué agredir, expulsar,
aceptar, comprender, etc.? Y su película es muy útil,
pues describe un mundo fluido, plural, a muchos niveles.
Creo que hace falta, antes que nada, todos los días, intentar
vencer su propio miedo de lo desconocido para darse cuenta que en lo
desconocido hay mucho de conocido. Es tal vez tan simple como eso.
Evidentemente, el momento que describí, cuando llego a ese
barrio donde todo el mundo me parecía extranjero, es a pesar de
todo un momento donde nace un pequeño miedo de sentirse
excluido. El cine que hago no es cine directo, sino casi siempre el
fruto de una colaboración. Incluso con los indigentes que filmo
durante más o menos un cuarto de hora, hay una
colaboración. Casi nada está reproducido del natural. Hay
desde el principio una pequeña armonía y este natural
puede desarrollarse. Esto me sirve también para sobrepasar el
miedo que tengo frecuentemente en las situaciones donde no me siento
fuerte. Cuando estoy solo, por ejemplo en cafés en Amsterdam,
que están más cerrados que los cafés de
París, cuando estoy solo y está oscuro afuera, ir adentro
de uno de estos cafés realmente me pone nervioso. En El hombre
sin atributos, Musil cuenta que el hombre está motivado por un
fuerte deseo de de encontrarse, de tocarse, y al mismo tiempo por el
horror absoluto de encontrar al otro. Creo que esto es fundamental; y
está mucho más allá del racismo.
Cuando usted habla de este barrio, y dice que usted mismo
no existe o que es una envoltura vacía, ¿es posiblemente
una manera de conjurar ese miedo? Ya que tiene la impresión de
ser un emisario de sí mismo ¿no es una manera de decir:
la solución consiste en volatilizarse? Y el miedo puede
desaparecer gracias al cine.
El cine es exactamente lo contrario, pues es totalmente
físico, entonces debes involucrarte a tí mismo. No veo
cómo juntarlo todo correctamente.
Pero, por ejemplo, cuando está con la cámara, ¿ha sido alguien agresivo con usted?
La base dada para una puesta en escena de la realidad es: cómo
atravesar los diez metros que me separan del otro, cómo llegar a
estar en el mismo espacio. Entonces, estoy en una calle y hay algo que
pasa del otro lado de la calle, no puedo comenzar a grabar. Sino,
sería un observador exterior, y las personas lo
sentirían. Hay que lograr atravesar la calle, ponerse en la
misma acera y poco a poco insinuarse. Si estoy a la distancia donde
puedo ser golpeado, las personas estarían igualmente en
posesión de igualdad de poder. Si estoy muy distante, puedo
tomar la imagen e irme. He estado en situaciones donde las personas se
vuelven amenazadoras, entonces pongo la cámara en el suelo, me
arrodillo a su lado y eso difumina todo. En principio, filmo a la
distancia donde puedo tocar, donde puedo ser tocado. Y ahí, uno
puede también ser rechazado; lo que ha sucedido evidentemente.
La única vez donde la Historia es mencionada es
cuando la madre judía habla a su hijo: ella le habla acerca de
la guerra, y su narración se cruza con la Historia. Y usted
escogió una solución formal, plana, lateral: primero
filma un travelling, después descubrimos las voces antes que las
personas y se hace regresar el pasado. ¿Usted quería
decir que evocar el pasado es inscribirse en un cierto tipo de
travelling moral? ¿Cómo se hizo la pregunta y
porqué quiso esta historia?
A medida que la grabación avanzaba sentía
que necesitaba tener una persona mayor en la película, alguien
que representara y hubiera vivido la historia de ese siglo. Los otros
personajes eran más bien jóvenes. Pensamos de inmediato
en la historia del destierro judío, que ha dejado una herida tan
grande, porque casi una séptima parte de la población de
Ámsterdam fue exterminada, una comunidad que había sido
importante desde el punto de vista social y cultural. Fue Nosh (Noshka
van der Lely) quien sugirió buscar del lado de los viejos
músicos -sabíamos que algunos, que están
pensionados por la Cocertgebouworkest, la gran orquesta
sinfónica, continúan tocando en tríos o cuartetos,
una actividad musical más íntima, frecuentemente
vinculada al medio judío. (Debo decir aquí dos palabras
acerca de Nosh, que no es sólo la que ha grabado el sonido de
todas mis películas más importantes de los últimos
años, y con quien vivo y viajo desde hace veinticinco
años, sino que aporta también muchas ideas en la marcha).
A través de mis amigos, encontramos a Hennie Anke, una anciana
cantante de ópera que representa esta tradición
política de una izquierda judía, frecuentemente atea, que
era muy fuerte en Ámsterdam antes de la guerra y que produjo
eminentes artistas, intelectuales y políticos. Hennie, con su
hijo Adrie, vivía esta historia de separación, de
clandestinidad y de deportación de su esposo. Y ellos nunca
hablaron de ello realmente. Adrie trataba de evitar la
confrontación con el pasado doloroso. Parecía casi
increíble, pero nuestra película fue para ellos la
oportunidad de abordar el tema, y es por eso que los puse allí
-después de una corta secuencia donde encuentran el apartamento
donde vivieron durante la guerra, en la cual todo es confusión,
agitación, vagabundeo- en esta disposición formal de la
discusión en campo/contracampo de la cual ya he hablado. Es una
discusión que le hace eco al diálogo entre Roberto y su
madre, pero ésta podría aún parecer iniciarse de
manera espontánea, mientras que con Hennie y Adrie, uno siente
bien que están, por así decirlo, dispuestos de cierta
manera. Y esto, esta secuencia, presenta también una primera
“ruptura de estilo” que introduce esta inestabilidad en la
composición, esta asimetría, que va a predominar sobre
toda la última parte de la película. Cuando hacía
la película palestina [Les Palestiniens, 1975],
utilicé imágenes que garantizaban, justificaban un punto
de vista histórico. Y sentí que faltaba que corrompiera
esas imágenes. Utilizando las imágenes históricas
-stock shots-, revelé cada fotograma cinco veces, para hacer un
movimiento brusco, entrecortado, para que se percibiera que era una
imagen que había sido trabajada en la actualidad; que no
tenía ya más un valor factual, que podía solamente
guiarnos, orientarnos. Una imagen hipotética. En Amsterdam Global Village,
hay bellas imágenes de Ámsterdam que implican su pasado
acuático. Podríamos haber puesto imágenes de la
guerra. Pero me dije a mí mismo que la memoria funcionaba de
otra manera. De lo que uno se acuerda frecuentemente es de
imágenes ya filmadas, fotografiadas. La imagen casi que nos roba
nuestra memoria, pues la sustituye. El trabajo de la memoria es
más doloroso cuando buscamos encontrar sensaciones detrás
de las imágenes. Con respecto a esto, reflexioné
largamente en el hecho de poner, o no, la foto del esposo de Hennie, el
padre de Adrie.
Usted la muestra al final. ¿Quiere decir que es un artificio?
Es el único momento en toda la película cuando se ve una
imagen del pasado. Por ello es que está tan focalizada.
Fue por el montaje. La foto no estaba allí realmente.
Si, intercalé la mano del hijo con la foto, que enseguida llena
la pantalla. Adrie y Hennie me dijeron que encontraron muy
impresionante este momento. Vemos que el padre que en esa época
tenía apenas treinta años. Filmé el barrio donde
esto se daba y ello muestra, tal vez, que incluso el verdadero lugar no
puede ya revelar la Historia. Es también por esta razón,
entre otras cosas, que yo quería mostrar Sarajevo.
¿Será que en diez años, cuando el decorado haya
cambiado completamente, conoceremos aún? Hay a la vez cosas que
son reveladas, pero otras que están ocultas, sobre el pasado. Y
es finalmente solo la palabra hablada la que puede revelar esto, en su
confrontación con los muros, las aceras, las ventanas, los
árboles. Entonces para mí, en el cine, la
dimensión de lo que no se sabe es siempre enorme. Es
también por esto que soy anti-etnológico, si no
anti-conocimiento.
¿Quiere decir que para que algo suceda, tiene que
estar en una disposición de expectativa, receptividad, y un poco
de inocencia, de no saber?
Lo que quiero decir es, que no podemos saber. El mal del cine
documental es querer explicar el mundo sin este enorme abismo de la
duda, de no saber. A propósito de mi película Les palestiniens,
que se apoya bastante sobre la narración en off, me pregunto a
veces: ¿cómo sabemos todo eso? Afortunadamente, ciertos
elementos de estos comentarios son reiterados por las palabras de las
personas, ancladas en sus experiencias. Era importante en mi
aproximación política, aplicar mi saber sobre un tema que
era tan difícil, penoso, en ese momento, sobre todo en Holanda.
Pero la película sigue siendo muy insatisfactoria para
mí, porque hay cierta idea de saber alguna cosa. Me hubiera
gustado llegar a un mínimo. Evidentemente, uno sabe cosas
terribles, horrorosas. Pero nuestra comprensión no puede nunca
dejar de lado la experiencia de una persona que puede intentar asirla
en un intercambio con otras personas… Y para que un intercambio
así sea posible, hay que esperar cincuenta años…
Godard también decía que las cosas toman cincuenta años…
Sí, antes de que podamos admitir que las cosas pasaron así.
Hay un momento muy perturbador cuando Hennie y Adrie
regresan a aquél apartamento y son recibidos por una mujer negra
de Surinam, que vive ahí ahora. De repente, tenemos la
impresión de que ellos se olvidan completamente de esta mujer,
como si el trabajo de la memoria excluyera el presente. Pero al final,
le dan un beso. ¿Tiene esto un valor para usted, con respecto a
una conjuración de una amenaza posible en la actualidad?
Con respecto a la foto del esposo, comprendí que tenía
que ser puesta junto a las baratijas de porcelana de la mujer de
Surinam. Hay entonces dos tipos de imágenes que están en
justa confrontación, donde uno se da cuenta que este
pequeño perro de porcelana no puede nunca ver realmente esta
foto. Solamente la madre y el hijo la pueden ver. La mujer de Surinam
no puede verla, porque ella está en otro universo que
está representado por sus objetos; un bello universo donde se
hace posible que ella diga que ha vivido la misma situación.
Estos son trucos esenciales en el montaje, donde encontramos
cómo ir de la una a la otra sin violar esta frontera del
no-saber.
A través de la película hay una serie de
patrones de transición; dejar un espacio para ir a otro.. Con
unas figuras puramente cinematográficas o musicales; que son en
general laterales, lo que no quiere decir, horizontales. Hay capas de
saber, capas de historia.
Miramos a las cosas como si estuviéramos mirando una pared, pero
queremos ver detrás de la pared. Y no sabemos si hay algo
allí detrás. Es otra forma de hablar acerca del
contenedor vacío. Queremos ir detrás de esa superficie, y
al mismo tiempo crear un espacio en frente de ella. Tal vez es la cosa
más humana de todas.
¿Cuánto se demoró haciendo la película?
Escribí la primera idea en junio de 1993. Y registré el
proyecto de la película en abril de 1994. El rodaje
comenzó en noviembre de ese mismo año. Comenzamos el
montaje en septiembre de 1995, y terminamos en agosto de 1996. Pero
continuamos grabando cosas hasta junio de 1996: la última escena
fue la de Ayni, el hijo de Roberto, nacido al comienzo del film, que le
da su primera patada a un balón, cerrando así el tema del
fútbol, que atraviesa igualmente la película. Entre 1993
y 1994, hice la pequeña película en Sarajevo, Sarajevo Film Festival Film
(1993), en la cual usted estuvo implicado como responsable de la
emisión de cine Extérieurs Nuits. Después hice
otro cortometraje, On Animal Locomotion (1994), con Willem Brenker, y la tercera entrega del tríptico sobre el pintor Lucebert, Lucebert, Time and Farewell (1994).
¿Fue muy cara la película?
El costo final fue de 1.8 millones de florines; es decir, con el costo
de inflarla a 35 mm, que es importante para una película de 4
horas, 5,5 millones de francos. Rodé en 16 mm normal. Como
había un aporte financiero de la televisión,
encontré un poco desagradable tener esas barras de súper
16 que crean sobre la pequeña pantalla una distancia adicional.
Pero proyectamos la película en 1.66 en las salas.
Técnicamente, el 16 inflado es bastante bueno, y tiene una
calidad rugosa que me gusta mucho, que le restituye la materialidad de
la foto. Montamos entonces durante nueve meces, después de dos
meses de sincronización de las pruebas de rodaje [roches] por
Barbara Hin, la editora. La película, que debía durar
tres horas, duró cuatro horas cuarenta minutos. En definitiva,
quería que durara cuatro horas, para tener el tiempo del viaje y
pasar dos veces el invierno; aunque hacía falta suprimir
entonces cuarenta minutos. He mostrado, como lo hago después de
un cierto número de años, esta versión de cuatro
horas cuarenta minutos a algunas personas que tienen cierta habilidad
para ver películas, o que tienen algún interés
especial en ésta. Es difícil pues uno puede llegar a
quedar muy entusiasmado por la crítica. Hay que saber escuchar y
analizar. Después nos tomamos diez días para rectificar y
terminar. Habíamos montado desde el inicio todas las escenas,
muy en detalle, para ensamblarlas de nuevo en tres semanas. Luego,
montamos la película durante ocho meses muy en detalle,
después la retomamos como un material nuevo, distribuimos las
escenas cortamos la mitad. Debes ser entonces realmente muy riguroso
con todo aquello que ya se ha puesto junto cuidadosamente, hasta
encontrar una actitud activa, instintiva, como si se tratara de un
material nuevo recién encontrado. Aunque ya estaba casi a punto,
el contacto con los elementos entre ellos, requiere cortes radicales.
Yuxtaponer dos secuencias de cierta longitud hace desaparecer el centro
de cada una para crear un nuevo centro entre ellas. Rítmicamente
todo es diferente. Este fue el latido que buscaba en cada nivel.
Uno de los personajes dice: te sientes como un miembro de
la orquesta de la naturaleza. Es una frase muy fuerte sobre lo que es
un personaje del cine.
Si, fue Borz-Ali, el checheno. Es por eso por lo que él me impresionó tanto, me gustó mucho.
¿No es esa también la definición de un
realizador: alguien que dirige la naturaleza pero también juega
su rol?
Frecuentemente he hecho la comparación con el hecho de tocar el
saxo, o el trombón, cada que utilizo el zoom en los planos. Para
mí, la cámara tiene tres características: el
aspecto de instrumento musical, donde uno interpreta su parte,
improvisa, donde se interviene directamente; la segunda es el boxeo,
con el poder de golpe que posee la cámara; y la caricia, pues
los pequeños movimientos que afloran en la piel de los seres y
de las cosas, me interesan mucho. He sentido estos últimos
años que he aprendido muchas cosas sobre la cámara. En
otro tiempo, hacía numerosos encuadres que no llevaban a un
nuevo plano, sino a variaciones dentro del mismo plano. En las que uno
se dice: existirá siempre el fuera de campo, siempre algo al
lado del cuadro, para ser explorado. El cuadro es entonces siempre algo
aproximado. Hoy, tengo cada vez más la sensación de que
ya no soy yo el que dirige el encuadre, sino que tengo simplemente que
seguir a la cámara. Ella vuela, y yo vuelo detrás de
ella. Hago parte de un pueblo de grandes patinadores. Cuando era
niño teníamos patines de madera que se amarraban muy
fuertemente con los cordones a los zapatos. Pero los grades
patinadores, en el norte, estaban en calcetines sobre estos patines de
madera, con cordones muy poco apretados. Cuando terminé de
aprender a patinar bien, sentí que hacía falta soltar los
cordones, que los patines debían estar casi flotantes debajo de
los pies. El equilibrio es tal, que no hace falta que estén
amarrados. Es parecido con la cámara. He sentido, estos
últimos años, que podía dejarla planear. Soy
también muy tranquilo con el enfoque, dejo que la imagen
esté borrosa un momento, después la arreglo suavemente.
Es como si ella pesara menos, y es tal vez este latido del que usted
hablaba, el que deja llegar el ritmo de las cosas hacia la
cámara.
Entrevista realizada en Paris, en noviembre 20 de 1996, por Serge
Toubiana. Revisada por Johan van der Keuken en marzo 3-4 de 1997.
Traducción del francés al inglés por Lenny Borger.
Traducción del francés al español por Liliana Melgar E.
(1) Cahiers du cinéma No. 290-291, también una entrevista
con Johan van der Keuken (no. 289 y 290-91). Ver igualmente el
artículo de Jean-aul Fargier, Sin imágenes preconcebidas,
en la No. 289.
* Institut des hautes études cinématographiques (n.t.)
Información adicional
Filmografía de Johan van der Keuken en imdb.com
Artículo sobre Johan van der Keuken Por mauricio Alvarez
Página oficial de Johan van der Kueken
|