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Pulpmovies cineclub año 8
Entre nosotros, las películas

Por Pedro Adrián Zuluaga

Eran los años en que Tarantino se sacaba de su manga Pulp Fiction. Toda una declaración: el cine podía ser “algo más”. En esta orilla del mundo, por su parte, un cineclub necesitaba un nombre para pilotear el final de los años 90, que también vivimos en peligro. No sé a quien se le ocurrió. Lo de Pulp. No sé. Yo era demasiado viejo para saberlo; mientras tanto, los más jóvenes ingerían cuanto podía ser ingerido, plenamente conscientes del peligro: poesía, novelas sucias, drogas, sexo barato, cine, cine. Aquellos primeros miembros de Pulpmovies, y los de ahora, creían ciegamente, como Rimbaud, que había que ser absolutamente modernos. (El progreso, sí, aunque ahora el progreso sea lo más reaccionario). Medellín estaba al otro lado: petrificada, generosa y pusilánime, la realidad tras cada pesadilla provocada.

Volvamos a lo de ser modernos. Para ellos, para Pulp, aquello no significaba vivir en la época, acoplarse a sus grandezas y miserias, consentir. No, significaba anticiparse, presentirlo, preverlo, hacerle una cuna, a veces una incubadora: al cine, tan fuerte, tan frágil.

Y así empezaron las películas, los viernes, las películas. Aquellas para las que no había un lugar, aquellas que no se podían comparar con nada anterior, aquellas que se parecían, mejorándola, a la poesía, o a las novelas sucias, las drogas, el sexo barato. Las películas que se parecían, mejorándolo, al cine. Bad memories: Leolo, Les amants du Pont Neuf, Eraserhead, Mauvis sang.

La radicalidad como una marca, la terquedad como criterio. Como todo lo nuevo, Pulpmovies necesitaba ser individualizado, clarificado, para luego poder ser domesticado y puesto en su lugar. Eso querían, por lo menos, el público, las instituciones. ¡Ay!, las instituciones.

Se dijo que la apuesta era por el cine de los años 90 (ser absolutamente modernos), de todas partes, en cualquier idioma. Preferible la factura imperfecta, mejor la cámara nerviosa (la cámara conmovida), obligatorio lo sugerido en vez de lo literal. Todo lo anterior, no siempre, no siempre.

¿Cine independiente? En aquellos tiempos empezábamos a escuchar, insistentemente, esa dulce canción. Pero la independencia, como el espíritu, sopla donde quiere. Los gritos de independencia podían venir de cualquier parte o podían ser balidos en el desierto. Había que estar demasiado despiertos para diferenciarlos. Pulpmovies lo ha estado, y una serie de hermosas coincidencias lo han acompañado. Oriente se ha hecho más próximo (les juro, no es un efecto de la globalización, es culpa del cine), el tercer mundo dentro del primer mundo ha tomado su voz, el gran imperio se consume a sí mismo. Cada quien sabe de que películas hablo. 

Y como si el curso normal de las cosas no fuera suficiente, han ocurrido milagros: dos hermanos belgas, Luc y Jean Pierre, han hecho una “trilogía del horror contemporáneo”, seca, ascéptica (Yenny Alexandra y Jorge lo dijeron una vez en la radio: “Los Dardenne hacen cine para nosotros, para Pulpmovies”). Una pequeñísima mujer francesa que quizá creció en África ha reinventado la mirada y le ha dado nuevos motivos al deseo, esa vieja prostituta. Lynch nos sigue prestando sus pesadillas. El mundo, como el cine, también puede ser más.

Hablo de un cineclub, hablo de topos (jóvenes) que trabajan en la oscuridad. No es nada fácil escoger una película y echarla a rodar ante decenas de ojos expectantes y crueles. Mostrar películas es una honda responsabilidad.