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Amsterdam Global Village.

  D: Johan van der Keuken. Países bajos. 1996. 228 min.


Por: Serge Toubiana. Les Cahiers du Cinéma No 517. Oct. 1997
Traducción de: Liliana Melgar
 

El mundo en la corriente del agua

Amsterdam Global Village. La nueva película de Johan van der Keuken, la número cuarenta y siete de este cineasta holandés conocido por los lectores de Cahiers, corre el riesgo de impresionar a más de uno. Primero por su duración, que excede bastante los estándares de las películas documentales: cuatro horas, durante las cuales un tiempo múltiple, resplandeciente, se anuda y se desata, forma bucles, regresa sobre sí mismo, terminando por dar al espectador la sensación que una experiencia se desarrolla ante sus ojos, fluida, estrictamente musical. Una experiencia del mundo. Confrontando el tiempo y el espacio, la imagen en JVDK es serena -una de sus películas, que lo ha hecho conocido en Francia tiene por título De Plate Jungle (La jungla serena, 1978)-, siempre frontal, pero también portadora de una gran plasticidad gráfica y geográfica. Imagen serena, imagen frontal, imagen gráfica, pero también imagen que ahonda y registra la memoria, aquella del pasado pero también aquella del presente: Segunda Guerra Mundial, Sarajevo, Chechenia, miseria moral de los excluidos o de los exiliados.

Amsterdam Global Village es en primer lugar una magnífica película de viaje. JVDK deja desviar su mirada hacia la superficie del mundo. De su ciudad, de Ámsterdam, se une al movimiento, a los flujos visibles y secretos. El movimiento del film será entonces circular y lateral, todo en un giro fundado en los travelling, en la corriente de los canales o de las calles, y en los círculos cada vez más amplios, que terminan por generar una sensación de mundo. Bolivia, Chechenia, Sarajevo, Tailandia serán visitadas al capricho de los encuentros, de los motivos o de las historias que se anudan, en una película que, a pesar de su duración, guarda una increíble liviandad en su incesante desvío hacia el mundo, marcado por el regreso al hogar. Hay gracia en la manera que tiene la película de rebotar sin cesar sobre sus propias bases para acoger nuevos horizontes, después de regresar sobre su territorio de origen para encontrar en él nuevas líneas de fuga. Este movimiento perpetuo hacia el centro, que hace de Amsterdam Global Village una gran película mundana. Se tiene la sensación de que la película "espulga" la realidad, que toma de ella capas sucesivas de la representación y de las formas. Este mundo-esfera, la imagen acaricia esas diferentes capas, a la espera de verdades cada vez más sensibles y poéticas. El mundo según JVDK sería como una cebolla, y esta película-aventura le restituiría su cáscara. La circulación de las imágenes se amolda a los canales que irrigan Ámsterdam y dan a la ciudad el aire de un verdadero rizoma.

Película mundana, pero también gran película nómada. Pues JVDK es un excelente viajero. Atento al movimiento, sabe mirar la ciudad, escucharla. Desde los primeros planos, la belleza está ahí en el redescubrimiento de su propio territorio. Ámsterdam no es una ciudad como otras, invita al callejeo, a la evocación melancólica, a la mirada travelling. De ahí, se puede partir cómodamente hacia otro lugar.

Primeras imágenes de fiesta: rostros de niños y de padres, cuando San Nicolás, planos de embarcaciones circulando por la ciudad. JVDK se instala entre la multitud y su cámara capta sin dificultad el ritmo, el movimiento. Captamos de golpe aquello que funda su cine: una capacidad inaudita de mirar a los otros vivir y moverse, de filmarlos a la misma altura de su mirada, inscribiéndose él mismo en el espacio. JVDK hace parte del mundo que filma. Es él quien encuadra en la imagen, hace las preguntas a aquellos que entrevista, mientras que su mujer, Nosh (Noshka van der Lely) graba el sonido. Él posee una gran virtuosidad para captar lo real en su composición múltiple y contradictoria, todo afirmando con sutileza la primacía de la mirada subjetiva. JVDK sabe siempre cómo situarse con respecto a los seres, encontrar la distancia justa: ni demasiado lejos, lo cual daría lugar a una objetividad o a una neutralidad demasiado grande, ni demasiado cerca, lo que falsearía el juego y crearía el sentimiento de que la cámara no está ahí sino para atrapar al otro.

Pero estas cualidades no bastarían para hacer de Amsterdam Global Village una verdadera obra maestra si JVDK no hubiera tenido también el talento para variar, al interior de una misma secuencia, la intensidad misma de su mirada sobre el mundo. En cada escena, hay como un deseo, a penas visible pero sensible y siempre en movimiento, de encontrar la forma de las múltiples representaciones de la realidad. Este formalismo en JVDK es ante todo gráfico y musical: tenemos la impresión de que recompone su película en el montaje, viendo cada secuencia, cada grupo de imágenes, y la película toda entera, como una serie de variaciones a partir de algunos temas. Como lo haría un músico de jazz. Pero resulta que el jazz es otra de las pasiones del cineasta, lo mismo que la fotografía, el collage, el viaje o el gusto de la conversación.

Muchos temas, muchos motivos, muchas variaciones, componen Amsterdam Global Village. Estos temas nacen algunas veces de sus personajes. De algunos encuentros fuertes que estructuran el film. Roberto, el boliviano instalado en Ámsterdam, casado con una holandesa que, al comienzo de la película, está embarazada. Antes del nacimiento, luego después, Roberto en su casa en Ámsterdam, después el regreso a su pueblo boliviano: la película cuenta al personaje a través de diversos estados de su existencia. Khalid, el cartero de origen marroquí, figura-puente: con el casco de su moto, no cesa de atravesar la ciudad, de hacer el vínculo entre los diferentes bloques de imágenes, como un mensajero al interior de la película. Borz-Ali, el checheno exiliado convertido en hombre de negocios, que mira en la televisión las imágenes de la guerra que destruye a su país. JVDK lo filma en su casa, sentado en su sofá, manejando su control remoto. Su bonita mujer sentada a su lado lo escucha.

El hombre cuenta su vida, denuncia las atrocidades cometidas por los rusos, evoca la muerte de su joven hermano en la guerra. Corten. Un carro circula sobre una calle caótica. ¿Dónde estamos? Borz-Ali está acompañado de su hijo, un adolescente de unos quince años. En sentido inverso, los carros avanzan. Una barricada en la frontera. Entramos a Chechenia, país devastado, en ruinas. “Lo han aniquilado todo”, dice Borz-Ali. En Grozni, una manifestación, de mujeres sobre todo, llenas de ira. “Chechenia libre! Alá es grande!”. Momento intenso cuando de repente la película se convierte en un estricto reportaje, y que el cineasta y su “personaje” se ponen juntos en peligro, poniendo a prueba la realidad. En un camión se han depositado los cadáveres de hombres atrozmente destrozados. Una madre en llanto tiene a su hijo muerto en los brazos. Imagen sublime e insostenible. JVDK la filma, esta imagen del niño muerto, porque está ahí, porque hace falta testimoniarlo, pero sobre todo porque la puesta en escena no es lo suyo y se contenta con registrar. Recordaremos mucho tiempo estos planos, que hablan también de la lógica o la moral de JVDK: su forma de no contentarse con la palabra, su deseo de acompañar a sus “personajes” allá, donde se desarrolla la Historia, la suya, pero un poco también la nuestra.

De la misma forma, JVDK acompaña a Roberto mientras que él regresa a su pueblo en Bolivia, para volver a ver a los suyos y repartir los implementos escolares de que carecen los estudiantes. "Un día, ayudas a los vecinos, mañana ellos te ayudarán. Se siente uno más cercano", dijo Roberto antes, en el curso de la entrevista. Ante la ventana de su apartamento en Ámsterdam, el hombre sopla a penas en su flauta india, mirando a lo lejos. Lentamente la imagen vuela, despega, estamos en los aires, y la película sobrevuela a Bolivia. El viaje se inscribe al interior mismo de la ensoñación de Roberto, en la melancolía del exilio. Los planos que siguen son como la prolongación de estos: Roberto en medio de una plaza de pueblo, entre los suyos. Los lugareños están lejos, lo sentimos tímido a punto de sermonearlos, de hablarles del peligro que existe al perder la tradición. La música da enseguida un aire de procesión a la ceremonia. Terminamos por desempacar los regalos para los escolares. JVDK no deja a su personaje ni a sol ni a sombra, y graba el reencuentro emotivo de Roberto con su madre. "Mamá querida, ¿cómo era antes? Devolvámonos al pasado". Es el movimiento mismo de la película: del presente hacia el pasado, del aquí hacia el allá, de un hombre hacia su lugar de origen.

Otros temas en la película funcionan en resonancia o como un eco. Así, el boxeo tailandés, filmado en Ámsterdam y en un pueblo de Tailandia, y que dibuja como una gestualidad del exilio. El mestizaje, con las secuencias en torno a una ceremonia mortuoria en casa de los Ashantis, que termina en danza, en un imperceptible movimiento de transe donde cada gesto tendría un sentido, un significado con respecto a la muerte. Los niños chinos en una escuela de Ámsterdam aprendiendo el alfabeto. Una hermosa china a punto de trazar su caligrafía. Un "indigente con los pies desnudos" filmado al despertar, ciudadano del mundo que dice que es favorable a la libertad de prensa. Los mensajeros que se dan cita en un lugar fijo de la ciudad, mientras que al lado, los jóvenes skatters se balancean en una pista semicircular, a la búsqueda del movimiento perfecto. Una joven que camina en una calle de Ámsterdam, lentamente porque lleva un pesado paquete: es disc-jockey en un bar, y lo que transporta son sus discos. Un joven campanero que hace sonar las campanas de una iglesia. Un fotógrafo a quien Khalid, el mensajero, entrega un sobre. Hennie, una mujer judía, anciana cantante comunista, que le cuenta a su hijo, un hombre de aproximadamente cincuenta años, su juventud en la Ámsterdam ocupada por los nazis. Momento de historia, momento de memoria. Ella lo conduce a su apartamento donde vivió durante la guerra, antes de que su marido y sus dos hijos fueran deportados. Hoy, una mujer de Surinam que vive en este apartamento, acoge gentilmente a Hennie y su hijo. Henni no reconoce verdaderamente los lugares. Asistimos al diálogo entre Henni y su hijo, y mientras que somos testigos "Vivimos aquí hasta que papá fue deportado al campo de concentración. No nos dimos cuenta de las persecuciones. Todo el mundo tenía miedo. Y después nos dimos cuenta. Nuestros amigos fueron detenidos", adivinamos la presencia fuera de campo de la mujer de Surinam, cargando a su hijo. JVDK nos hace sentir esta dualidad de la imagen, a la vez vehículo de la memoria e inscripción presente de los cuerpos en un espacio. La película trabaja admirablemente esta dualidad de la imagen, receptiva a la palabra y a los cuerpos, a la vez espacio y movimiento, gesto y pensamiento. El ojo ve, la mirada trabaja, parece hablarle al cineasta a lo largo de su película. No hace falta decir que Amsterdam Global Village es también una bella declaración de amor a una ciudad que sabe acoger a las comunidades que vienen de fuera, y que intenta acogerlas en un mismo crisol, respetuosa de sus diferencias o de las variaciones de ritmos y colores. En este sentido, y esto no es ninguna pequeñez, Amsterdam Global Village es una gran película política, que hace el vínculo entre el individuo y el mundo, de una forma poética y musical, el hilo conductor de su relato.


Información adicional

Artículo sobre Johan van der Keuken Por mauricio Alvarez

Entrevista a Johan van der Keuken. Serge Toubiana. Les cahiers du Cinema

Filmografía de Johan van der Keuken en imdb.com

Página oficial de Johan van der Kueken