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El mundo en la corriente del agua
Amsterdam Global Village.
La nueva película de Johan van der Keuken, la número
cuarenta y siete de este cineasta holandés conocido por los
lectores de Cahiers, corre el riesgo de impresionar a más de
uno. Primero por su duración, que excede bastante los
estándares de las películas documentales: cuatro horas,
durante las cuales un tiempo múltiple, resplandeciente, se anuda
y se desata, forma bucles, regresa sobre sí mismo, terminando
por dar al espectador la sensación que una experiencia se
desarrolla ante sus ojos, fluida, estrictamente musical. Una
experiencia del mundo. Confrontando el tiempo y el espacio, la imagen
en JVDK es serena -una de sus películas, que lo ha hecho
conocido en Francia tiene por título De Plate Jungle (La jungla serena,
1978)-, siempre frontal, pero también portadora de una gran
plasticidad gráfica y geográfica. Imagen serena, imagen
frontal, imagen gráfica, pero también imagen que ahonda y
registra la memoria, aquella del pasado pero también aquella del
presente: Segunda Guerra Mundial, Sarajevo, Chechenia, miseria moral de
los excluidos o de los exiliados.
Amsterdam Global Village es en primer lugar una
magnífica película de viaje. JVDK deja desviar su mirada
hacia la superficie del mundo. De su ciudad, de Ámsterdam, se
une al movimiento, a los flujos visibles y secretos. El movimiento del
film será entonces circular y lateral, todo en un giro fundado
en los travelling, en la corriente de los canales o de las calles, y en
los círculos cada vez más amplios, que terminan por
generar una sensación de mundo. Bolivia, Chechenia, Sarajevo,
Tailandia serán visitadas al capricho de los encuentros, de los
motivos o de las historias que se anudan, en una película que, a
pesar de su duración, guarda una increíble liviandad en
su incesante desvío hacia el mundo, marcado por el regreso al
hogar. Hay gracia en la manera que tiene la película de rebotar
sin cesar sobre sus propias bases para acoger nuevos horizontes,
después de regresar sobre su territorio de origen para encontrar
en él nuevas líneas de fuga. Este movimiento perpetuo
hacia el centro, que hace de Amsterdam Global Village una gran
película mundana. Se tiene la sensación de que la
película "espulga" la realidad, que toma de ella capas sucesivas
de la representación y de las formas. Este mundo-esfera, la
imagen acaricia esas diferentes capas, a la espera de verdades cada vez
más sensibles y poéticas. El mundo según JVDK
sería como una cebolla, y esta película-aventura le
restituiría su cáscara. La circulación de las
imágenes se amolda a los canales que irrigan Ámsterdam y
dan a la ciudad el aire de un verdadero rizoma.
Película mundana, pero también gran película
nómada. Pues JVDK es un excelente viajero. Atento al movimiento,
sabe mirar la ciudad, escucharla. Desde los primeros planos, la belleza
está ahí en el redescubrimiento de su propio territorio.
Ámsterdam no es una ciudad como otras, invita al callejeo, a la
evocación melancólica, a la mirada travelling. De
ahí, se puede partir cómodamente hacia otro lugar.
Primeras imágenes de fiesta: rostros de niños y de
padres, cuando San Nicolás, planos de embarcaciones circulando
por la ciudad. JVDK se instala entre la multitud y su cámara
capta sin dificultad el ritmo, el movimiento. Captamos de golpe aquello
que funda su cine: una capacidad inaudita de mirar a los otros vivir y
moverse, de filmarlos a la misma altura de su mirada,
inscribiéndose él mismo en el espacio. JVDK hace parte
del mundo que filma. Es él quien encuadra en la imagen, hace las
preguntas a aquellos que entrevista, mientras que su mujer, Nosh
(Noshka van der Lely) graba el sonido. Él posee una gran
virtuosidad para captar lo real en su composición
múltiple y contradictoria, todo afirmando con sutileza la
primacía de la mirada subjetiva. JVDK sabe siempre cómo
situarse con respecto a los seres, encontrar la distancia justa: ni
demasiado lejos, lo cual daría lugar a una objetividad o a una
neutralidad demasiado grande, ni demasiado cerca, lo que
falsearía el juego y crearía el sentimiento de que la
cámara no está ahí sino para atrapar al otro.
Pero estas cualidades no bastarían para hacer de Amsterdam Global Village
una verdadera obra maestra si JVDK no hubiera tenido también el
talento para variar, al interior de una misma secuencia, la intensidad
misma de su mirada sobre el mundo. En cada escena, hay como un deseo, a
penas visible pero sensible y siempre en movimiento, de encontrar la
forma de las múltiples representaciones de la realidad. Este
formalismo en JVDK es ante todo gráfico y musical: tenemos la
impresión de que recompone su película en el montaje,
viendo cada secuencia, cada grupo de imágenes, y la
película toda entera, como una serie de variaciones a partir de
algunos temas. Como lo haría un músico de jazz. Pero
resulta que el jazz es otra de las pasiones del cineasta, lo mismo que
la fotografía, el collage, el viaje o el gusto de la
conversación.
Muchos temas, muchos motivos, muchas variaciones, componen Amsterdam Global Village.
Estos temas nacen algunas veces de sus personajes. De algunos
encuentros fuertes que estructuran el film. Roberto, el boliviano
instalado en Ámsterdam, casado con una holandesa que, al
comienzo de la película, está embarazada. Antes del
nacimiento, luego después, Roberto en su casa en
Ámsterdam, después el regreso a su pueblo boliviano: la
película cuenta al personaje a través de diversos estados
de su existencia. Khalid, el cartero de origen marroquí,
figura-puente: con el casco de su moto, no cesa de atravesar la ciudad,
de hacer el vínculo entre los diferentes bloques de
imágenes, como un mensajero al interior de la película.
Borz-Ali, el checheno exiliado convertido en hombre de negocios, que
mira en la televisión las imágenes de la guerra que
destruye a su país. JVDK lo filma en su casa, sentado en su
sofá, manejando su control remoto. Su bonita mujer sentada a su
lado lo escucha.
El hombre cuenta su vida, denuncia las atrocidades cometidas por los
rusos, evoca la muerte de su joven hermano en la guerra. Corten. Un
carro circula sobre una calle caótica. ¿Dónde
estamos? Borz-Ali está acompañado de su hijo, un
adolescente de unos quince años. En sentido inverso, los carros
avanzan. Una barricada en la frontera. Entramos a Chechenia,
país devastado, en ruinas. “Lo han aniquilado todo”,
dice Borz-Ali. En Grozni, una manifestación, de mujeres sobre
todo, llenas de ira. “Chechenia libre! Alá es
grande!”. Momento intenso cuando de repente la película se
convierte en un estricto reportaje, y que el cineasta y su
“personaje” se ponen juntos en peligro, poniendo a prueba
la realidad. En un camión se han depositado los cadáveres
de hombres atrozmente destrozados. Una madre en llanto tiene a su hijo
muerto en los brazos. Imagen sublime e insostenible. JVDK la filma,
esta imagen del niño muerto, porque está ahí,
porque hace falta testimoniarlo, pero sobre todo porque la puesta en
escena no es lo suyo y se contenta con registrar. Recordaremos mucho
tiempo estos planos, que hablan también de la lógica o la
moral de JVDK: su forma de no contentarse con la palabra, su deseo de
acompañar a sus “personajes” allá, donde se
desarrolla la Historia, la suya, pero un poco también la nuestra.
De la misma forma, JVDK acompaña a Roberto mientras que
él regresa a su pueblo en Bolivia, para volver a ver a los suyos
y repartir los implementos escolares de que carecen los estudiantes.
"Un día, ayudas a los vecinos, mañana ellos te
ayudarán. Se siente uno más cercano", dijo Roberto antes,
en el curso de la entrevista. Ante la ventana de su apartamento en
Ámsterdam, el hombre sopla a penas en su flauta india, mirando a
lo lejos. Lentamente la imagen vuela, despega, estamos en los aires, y
la película sobrevuela a Bolivia. El viaje se inscribe al
interior mismo de la ensoñación de Roberto, en la
melancolía del exilio. Los planos que siguen son como la
prolongación de estos: Roberto en medio de una plaza de pueblo,
entre los suyos. Los lugareños están lejos, lo sentimos
tímido a punto de sermonearlos, de hablarles del peligro que
existe al perder la tradición. La música da enseguida un
aire de procesión a la ceremonia. Terminamos por desempacar los
regalos para los escolares. JVDK no deja a su personaje ni a sol ni a
sombra, y graba el reencuentro emotivo de Roberto con su madre.
"Mamá querida, ¿cómo era antes?
Devolvámonos al pasado". Es el movimiento mismo de la
película: del presente hacia el pasado, del aquí hacia el
allá, de un hombre hacia su lugar de origen.
Otros temas en la película funcionan en resonancia o como un
eco. Así, el boxeo tailandés, filmado en Ámsterdam
y en un pueblo de Tailandia, y que dibuja como una gestualidad del
exilio. El mestizaje, con las secuencias en torno a una ceremonia
mortuoria en casa de los Ashantis, que termina en danza, en un
imperceptible movimiento de transe donde cada gesto tendría un
sentido, un significado con respecto a la muerte. Los niños
chinos en una escuela de Ámsterdam aprendiendo el alfabeto. Una
hermosa china a punto de trazar su caligrafía. Un "indigente con
los pies desnudos" filmado al despertar, ciudadano del mundo que dice
que es favorable a la libertad de prensa. Los mensajeros que se dan
cita en un lugar fijo de la ciudad, mientras que al lado, los
jóvenes skatters se balancean en una pista semicircular, a la
búsqueda del movimiento perfecto. Una joven que camina en una
calle de Ámsterdam, lentamente porque lleva un pesado paquete:
es disc-jockey en un bar, y lo que transporta son sus discos. Un joven
campanero que hace sonar las campanas de una iglesia. Un
fotógrafo a quien Khalid, el mensajero, entrega un sobre.
Hennie, una mujer judía, anciana cantante comunista, que le
cuenta a su hijo, un hombre de aproximadamente cincuenta años,
su juventud en la Ámsterdam ocupada por los nazis. Momento de
historia, momento de memoria. Ella lo conduce a su apartamento donde
vivió durante la guerra, antes de que su marido y sus dos hijos
fueran deportados. Hoy, una mujer de Surinam que vive en este
apartamento, acoge gentilmente a Hennie y su hijo. Henni no reconoce
verdaderamente los lugares. Asistimos al diálogo entre Henni y
su hijo, y mientras que somos testigos "Vivimos aquí hasta que
papá fue deportado al campo de concentración. No nos
dimos cuenta de las persecuciones. Todo el mundo tenía miedo. Y
después nos dimos cuenta. Nuestros amigos fueron detenidos",
adivinamos la presencia fuera de campo de la mujer de Surinam, cargando
a su hijo. JVDK nos hace sentir esta dualidad de la imagen, a la vez
vehículo de la memoria e inscripción presente de los
cuerpos en un espacio. La película trabaja admirablemente esta
dualidad de la imagen, receptiva a la palabra y a los cuerpos, a la vez
espacio y movimiento, gesto y pensamiento. El ojo ve, la mirada
trabaja, parece hablarle al cineasta a lo largo de su película.
No hace falta decir que Amsterdam Global Village es
también una bella declaración de amor a una ciudad que
sabe acoger a las comunidades que vienen de fuera, y que intenta
acogerlas en un mismo crisol, respetuosa de sus diferencias o de las
variaciones de ritmos y colores. En este sentido, y esto no es ninguna
pequeñez, Amsterdam Global Village es una gran
película política, que hace el vínculo entre el
individuo y el mundo, de una forma poética y musical, el hilo
conductor de su relato.
Información adicional
Artículo sobre Johan van der Keuken Por mauricio Alvarez
Entrevista a Johan van der Keuken. Serge Toubiana. Les cahiers du Cinema
Filmografía de Johan van der Keuken en imdb.com
Página oficial de Johan van der Kueken
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