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Punk en el Guggenheim.
¡Es cine en su estado puro! No. ¡Es arte, el arte
nuevo, el arte del futuro, o sea, el de hoy! No. ¡Es videoarte de
gran presupuesto, es lo performático en su quinta esencia
perpetuado en High Definition!
Y qué diablos importa, Cremaster es una experiencia
sensorial en donde el color y la textura entran por tus fosas nasales.
Sí, ya todo está dispuesto para el viaje, Matthew Barney
es nuestro nuevo chamán (Perdónanos Joseph Beuys)
Cremaster 3 (The Order), última de la saga Cremaster Cycle
está confeccionada (No hecha, pues lo hecho suena a
fabricación masiva, el termino confeccionado está
vinculado al trabajo minucioso y único... al trabajo de relojero
que llamamos) repito entonces... está confeccionada para el
deleite sensorial, inclusive para el táctil.
Sumergir los dedos en la vaselina, que poco a poco se desliza por la
estructura, sentir el frío de las piernas de Aime Mullins o,
mejor, sentir su ausencia, acariciar el pelaje de terciopelo de nuestra
mujer leopardo y por qué no, esperar ser devorados.
La Asepsia contrapuesta a lo orgánico y visceral, el desenfreno
punk confrontado al Tap Dance Broadwayliano, el no-color como
contenedor de la orgía cromática, el lado irracional de
lo irracional, Arte atléticomusical.
Mientras tanto el líquido avanza y sentimos los pasos nerviosos
pero contundentes de Aime, su rostro es más aséptico y
firme que el mismo Guggenheim, sus piernas, sus no piernas,
harían las delicias de cualquier fetichista, mientras tanto
Serra sigue en su tarea escultórica
(¿performática?). Sus láminas parecen inestables y
a cada contacto con la vaselina vertida se van aferrando más a
la estructura, el líquido avanza... y las botas de cristal de
Aime se tornan en garras, lo animal emerge como señal del evento
chamánico que estamos presenciando. Si Joseph Beuys se
encerró con un pequeño zorro y fue endiosado, Matthew
Barney se mira frente a frente con la mujer leopardo en un juego
sexisalvaje y vivió para mostrarlo.
Y las texturas, otra vez las llamas de los dedos se sienten tentadas a
palpar el armiño y la espuma, a sentir ociosamente la
dentadura... la no-dentadura del aprendiz como todos unos conspiradores
de placer. Serra vierte más vaselina, el taconeo de las chicas
se torna insoportable, la coreografía precisa nos desespera, la
sincronía tediosa nos hace rechinar los dientes, que Fred
Astaire arda en el infierno, especialmente sus piernas.
El Cuerpo de desfoga con el Punk liberador, ¡Punk en el
Guggenheim! eso solo basta para ser arte. ¿Pero entonces?
¿Sí es cine? ¿Qué cuenta la película?
Y que diablos importa, estamos cansados de que nos cuenten, tan
sólo queremos sentir, percibir, ¿será mucho pedir?
Ya no somos espectadores de pastoreo, que no nos cuenten más
cuentos chinos pues de una obra visual lo mínimo que se pide
(que pido, que pedimos) es una atmósfera, que se nos ponga la
piel de gallina con un silencio, con una no-mirada, con unas hermosas
piernas que no están pero que presentimos, atmósferas,
sí... que te saquen de la tuya, de la cotidiana.
Una obra audiovisual como Cremaster puede hacer esto. Es más, ese es su único fin.
Filmografía de Mathew Barney en Imdb.com
Página oficial de la serie Cremaster
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