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Cremaster 3.
The Order 
  Mathew Barney. EEUU. 2002. 101 min


Por: Wilson Montoya  
 

Punk en el Guggenheim.

¡Es cine en su estado puro! No. ¡Es arte, el arte nuevo, el arte del futuro, o sea, el de hoy! No. ¡Es videoarte de gran presupuesto, es lo performático en su quinta esencia perpetuado en High Definition!

Y qué diablos importa, Cremaster es una experiencia sensorial en donde el color y la textura entran por tus fosas nasales. Sí, ya todo está dispuesto para el viaje, Matthew Barney es nuestro nuevo chamán (Perdónanos Joseph Beuys)

Cremaster 3 (The Order), última de la saga Cremaster Cycle está confeccionada (No hecha, pues lo hecho suena a fabricación masiva, el termino confeccionado está vinculado al trabajo minucioso y único... al trabajo de relojero que llamamos) repito entonces... está confeccionada para el deleite sensorial, inclusive para el táctil.

Sumergir los dedos en la vaselina, que poco a poco se desliza por la estructura, sentir el frío de las piernas de Aime Mullins o, mejor, sentir su ausencia, acariciar el pelaje de terciopelo de nuestra mujer leopardo y por qué no, esperar ser devorados.

La Asepsia contrapuesta a lo orgánico y visceral, el desenfreno punk confrontado al Tap Dance Broadwayliano, el no-color como contenedor de la orgía cromática, el lado irracional de lo irracional, Arte atléticomusical.

Mientras tanto el líquido avanza y sentimos los pasos nerviosos pero contundentes de Aime, su rostro es más aséptico y firme que el mismo Guggenheim, sus piernas, sus no piernas, harían las delicias de cualquier fetichista, mientras tanto Serra sigue en su tarea escultórica (¿performática?). Sus láminas parecen inestables y a cada contacto con la vaselina vertida se van aferrando más a la estructura, el líquido avanza... y las botas de cristal de Aime se tornan en garras, lo animal emerge como señal del evento chamánico que estamos presenciando. Si Joseph Beuys se encerró con un pequeño zorro y fue endiosado, Matthew Barney se mira frente a frente con la mujer leopardo en un juego sexisalvaje y vivió para mostrarlo.

Y las texturas, otra vez las llamas de los dedos se sienten tentadas a palpar el armiño y la espuma, a sentir ociosamente la dentadura... la no-dentadura del aprendiz como todos unos conspiradores de placer. Serra vierte más vaselina, el taconeo de las chicas se torna insoportable, la coreografía precisa nos desespera, la sincronía tediosa nos hace rechinar los dientes, que Fred Astaire arda en el infierno, especialmente sus piernas.

El Cuerpo de desfoga con el Punk liberador, ¡Punk en el Guggenheim! eso solo basta para ser arte. ¿Pero entonces? ¿Sí es cine? ¿Qué cuenta la película?

Y que diablos importa, estamos cansados de que nos cuenten, tan sólo queremos sentir, percibir, ¿será mucho pedir? Ya no somos espectadores de pastoreo, que no nos cuenten más cuentos chinos pues de una obra visual lo mínimo que se pide (que pido, que pedimos) es una atmósfera, que se nos ponga la piel de gallina con un silencio, con una no-mirada, con unas hermosas piernas que no están pero que presentimos, atmósferas, sí... que te saquen de la tuya, de la cotidiana.

Una obra audiovisual como Cremaster puede hacer esto. Es más, ese es su único fin.

Filmografía de Mathew Barney en Imdb.com
Página oficial de la serie Cremaster