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Goodbye Dragon Inn (Bu san) Tsai Ming Liang. Taiwán. 2003. 82 min. |
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Festival de Cine Asiático de Barcelona. mayo de 2004
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La sala está vacía |
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| Por: Mauricio Alvarez |
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| “Generalmente pienso que mis actores son como plantas: necesitan agua, necesitan amor” T. M. Liang Goodbye Dragon Inn transcurre durante la proyección de Dragon Inn en una sala de cine. Una sala gigante donde caben varios miles de personas, salas como las “de antes”. A nosotros que aprendimos a ver el cine en esas salas gigantes nos enseñaron a que les llamáramos teatros. Salas grandes con un techo muy alto, gigantescas cortinas de tela colgando alrededor y niños jugando en ese lugar mágico que hay detrás de la pantalla. El cine, en lugares así, siempre fue una cosa muy grande. Pero esta proyección de Goodbye Dragon Inn es en una sala más pequeña, para unas cien personas, que en ocasión de este festival está llena. Los organizadores han anunciado a Tsai Ming Liang como un director "imprescindible" y el público está ahí expectante. Además una película que transcurre en un teatro de cine se convierte en una especie de espejo para quienes están sentados frente a la pantalla viendo a otros sentados frente a otra pantalla. La imagen que devuelve el espejo ya no trata de una película de cine sino de una película sobre los que van al cine, es decir sobre nosotros. Ahí comienza todo. Al fondo en la otra pantalla gigante se proyecta Dragon Inn. Detrás en las butacas hay unas cuantas personas, los últimos espectadores de un cine que ya no será más. Entonces no se trata sólo de una proyección sino de una ceremonia a la que asisten solo los que son. ¿quiénes son esos? ¿a qué han ido allí? ¿qué es lo que buscan? ¿qué es lo que ven? Porque como muestra Tsai Ming Liang, una sala de cine, en especial un viejo y gran teatro, no es solo una sala de cine, es decir que en ese lugar no solo se presenta una película, aunque este acto de por sí es ya lo suficientemente extraño. Parece que ellos, nosotros, los que van al cine, los que van a ver la última película, los que asisten al ritual, están detrás de una cosa que sólo se da en las condiciones de ciertas salas y de ciertas películas. Esta gente va a buscar una cosa que está en la forma de sentarse a ver la película, en el tipo de silencio que se hace ante ella, en la forma en se mantienen una comunicación secreta de miradas y (a veces no tan) pequeños sonidos. La búsqueda no se agota frente a la pantalla y puede seguir en interminables meadas en el baño donde todos se agrupan, al azar, en la misma zona, o bien puede extenderse por los enrevesados pasadizos del gran teatro. Quizá por allá adentro entre cajas y goteras puede hallarse algo, alguien, no se sabe bien qué, que pueda ¿cambiar algo?, como por ejemplo permitir encender un cigarrillo o decir algunas palabras aunque sea solamente una frase como “soy japonés”, o quizá escuchar algo, una clave, alguna señal para entender lo que sucede en ese lugar. El único código que une a todos esos seres que van es la convención del silencio, que no todos cumplen como se esperaría, algunos dejan oir sus pasos, su respiración, su forma de comer, de moverse. Los encuentros posibles sólo son coincidencias de la mirada o del posicionamiento de los cuerpos en las sillas. Toda otra posibilidad de acercamiento es prácticamente inúril. Parece cómo si la sala de cine fuera el lugar idóneo para que Tsai Ming Liang pudiera mostrar con más naturalidad el silencio y los (des)encuentros que en sus otras pelis se dan en la calle, en un edificio o en un parque. Los códigos del cine son los mismos códigos de la alienación de la vida social pero en el primero parecen más naturales. En la proyección de la película están además ellos dos, los que no van a verla sino a permitir que se pueda ver. Están intuyéndose el camino pero desencontrándose. Porque el cine es así, lleno de soledad, quizá por eso la gente se pone de acuerdo para ir a ver las películas temerosos de estar ahí solos. Ella lo busca por todo ese mundo gigante que es esa gran sala, que según dicen está embrujada, y no lo encuentra, entonces se detiene a oler sus rastros y Tsai Ming Liang se detiene con ella y todo se detiene, el cine se convierte en imagen en quietud, el tiempo se pierde, la pantalla se convierte en una fotografía gigante y continua, sólo una cigarrillo encendido recupera la ilusión del movimiento. Mientras tanto el da vueltas por otras zonas de la sala, otros lugares en donde no la puede ver a ella, donde sólo puede hallar sus huellas. Él, Lee, el mismo desde Vive L'amour, The river, The hole, él es el proyeccionista. El se encarga de arrancar el mecanismo, y de detenerlo. La película está en sus manos. Afuera sigue lloviendo, siempre ha estado lloviendo. La peli, la de dentro de la peli, termina y la sala se vacía, y ahora todo ha terminado. ¿El teatro está vacío? Liang nos deja verlo un instante más. Ahí está, señores, amigos, lo que no volverá a ser, con él muchas cosas están terminando. Ahí está el teatro del cine. Afuera, más afuera, los otros espectadores, los que ven la película de Ming Liang se confrontan con el silencio, con la ausencia de personajes y de movimiento. La sala se mira en el espejo y éste le devuelve el vacío. El objeto no resiste esta visión de su imagen y se rebela. Algunos ríen, primero suavemente, luego estrepitosamente, pero ¿se ríen de qué? ¿del miedo a esa imagen? ¿se ríen de ese vacío y esa soledad? Otros comienzan a conversar, el código íntimo se rompe. La imagen ha atacado al objeto, era claro que esta película no estaba hablando solamente de cine. Adentro sigue lloviendo. A la salida de la peli otros dos se encuentran, uno de ellos lleva a un niño de la mano, el diálogo apenas se insinúa: - No venía a cine desde hace mucho tiempo - Ya nadie se acuerda de nosotros. Ya nadie se acuerda de los protagonistas de Dragon Inn, ahora ellos son casi sus únicos y propios espectadores, ya nadie se acuerda de tantas cosas. Pero ella se acuerda de él, más que acordarse: ella y él son una cosa. Como esos dos que estaban unidos por algo más que un hueco en alguna película. Reseña de The Hole por Elkin Usuga |
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| magazine online pulp movies04. fotografías: claudiajaramillo. diseño pulpmovies. 2004. medellínbarcelonamadrid | ||||||