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A time for the drunken horses.
(Zamani barayé masti asbha)
  Bahman Ghobadi . Irán. Francia. 2000. 80 min.


Por: Mauricio Alvarez  
 

Bahman Ghobadi en las fronteras.

A time for the drunken horses en una película de viajes y de fronteras. Rodada en esa zona predilecta de las películas de Ghobadi que es el Kurdistán Iraní-Irakí y con actores naturales elegidos entre los habitantes de las comunidades kurdas que viven en las aldeas campesinas. Película hecha en los caminos pedregosos y nevados de las montañas donde viven familias que viven del tráfico ilegal de la frontera. Frontera en manos de nadie, donde las minas antipersonales y el sonido de los disparos anuncian la llegada al “otro lado”. Allí ser niño no exime de ninguna tarea. Ghobadi se ubica junto a los niños que cruzan la frontera en una lucha por la supervivencia y la dignidad. El conflicto de los grandes que los afecta tan definitivamente les suena como un eco lejano incomprensible pero que condiciona su forma de vida. Puestos de control, disparos que vienen de la oscuridad de la montaña, estafas en duros trabajos, el sálvese quien pueda, cierta fatalidad inexpugnable y un sentimiento muy prematuro de la muerte. Todo esto además de representar un cuadro muy bien construido sobre la situación de los kurdos en la frontera Irán-Irak es una lupa que permite analizar las decisiones y opciones que se han de tomar desde el conflicto interno personal que produce la desestabilización externa. Ghobadi resulta significativamente hábil para representar visualmente este tipo de conflictos interiores.

La cámara de Ghobadi se abre potente para mostrarnos el intenso e inmenso azul del cielo y de la nieve que rodea la montaña y para registrar los sonidos del hacha contra el árbol que son amplificados por el eco de la montaña. Es una zona de frontera y de extremos. Los niños de Ghobadi viven en una tensión extrema, pero no es sólo el ambiente de la frontera entre Irán e Irak. Sobretodo no es solo eso. Hay también una frontera existencial. Ese par de pequeños hermanos que atraviesan la montaña nevada con su mula borracha están salidos del mundo, son seres de búsquedas intensas, como las de esos personajes de las películas de Leos Carax. En ese punto París y el Kurdistán iraní se vuelven el mismo lugar mental y cumplen la misma función: son detonantes de seres muy afectados. Ghobadi tiene la paciencia suficiente para dejar ser a sus personajes y dejar que los lugares ocupen su sitio. Todo lo contrario, por ejemplo, de una entrevista televisiva en directo.

El cine de Ghobadi, cine de carreteras perdidas, no es turístico sino desesperado y silencioso como la marcha de una mula durante horas por un paisaje monótono. Allí se trata es de percibir el desencaje de los humanos, de los niños en este caso, contra el tiempo y el paisaje. La dislocación se puede constatar en una toma lenta que acompaña a los niños de Gohabdi por su camino a través de la montaña y ver como aparece en ellos la lucha contra la impotencia, contral la aparente superioridad de la realidad y la fatalidad.

Pero el cine de viajes silenciosos no enfatiza la tragedia, la vuelve poética. Por eso el final. Ese último riesgo voluntariamente elegido. El todo por el todo, el gigantesco y minúsculo triunfo momentáneo. Tragedia que se vuelve poética también con el personaje de Angelopoulos que en Eternity and a day camina lentamente por el puerto de Atenas, o con el personaje de Tsai Ming Liang en The River que suda mientras su padre lo penetra por el culo, con las bicicletas BMX que corren avenida abajo en Gummo.

Kafka nos pide el favor de no decir que lo comprendemos y yo elijo no comprender el cine. Con Susan Sontag, sentado en la banca de atrás de un cine excéntrico, creo que el cine es el refugio natural para aquellos que desconfían del lenguaje. Se trata de dejar que el cine se comunique directamente con esas parte de nosotros que pueden pensar y sentir directamente con las imágenes. Decirle no a las metáforas reductibles y encontrar eso que está tras los indicios sin intermediarios del lenguaje.

Asumir las imágenes no como explicaciones sino como sueños, viajes que son parte de una vida menos limitada por la rigurosidad de la causalidad. De esa forma los niños de Ghobadi son héroes callejeros y las películas que los retratan son como una conversación con alguien que acaba de llegar de un largo viaje.

Información adicional
Entrevista a Bahman Ghobadi. Traducción de Sandra Macías y Yenny A. Chaverra
Filmografía de Bahman Ghobadi en imdb.com