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The Funeral. Abel Ferrara. USA. 1996. |
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The funeral |
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| Por: Jorge Serna | ||||||
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De The Funeral recuerdo un rostro. Vincent Gallo. Prominente. Mandíbula de malo. Y una atmósfera densa. Porque un muerto. Uno solo, para comenzar. Elementos bien para una película gangster. Además de mafia
italiana, y tráfico de influencias, y el honor de la familia, y
New York, y todo eso. Son las reglas del género. Que Ferrara acepta,
porque debe conocer. Nació en el Bronx. Mérito suficiente
para tener acceso a esas arqueologías. Todo New York. Y sus mitos,
y sus ritos. Gangsters y vampiros. Malos policías, junkies. Directores underground y tráfico de genes y asesinos armados con taladros portátiles. Esa mitología. Que de vez en cuando nos hace tan felices. Estética de serie B. Poderosa. No extrañes si alguna noche, inconfesable, reconoces su nombre en la franja más infame de un canal peruano. Su nombre ha estado ahí. Y en capítulos de Miami Vice y en algún otro enlatado más, por el estilo. Y, tal vez, en el rincón vergonzoso de las videotiendas más piratas. La leyenda insinúa (que no afirma) que en algún tiempo se dedicó a eso. Pornografía. Y agrega que de ser así no debería sorprender. Y no sorprende. Ojalá hard core. Porno snuff. Una cámara sin identidad y la acción, cualquier acción. Tal cual. Sin cortes. Sin artificios. No creo que haya mirada más limpia. Tal vez Kiarostami. Tal vez Lumiere. No sé. Exagero. El Ferrara que nos llega es, sobre todo, otra cosa. Tiene su artificio, su efectismo. Bien marcado. Pretensiones. Cierto redencionismo. Delirios morales. Tesis: "En King of New York, pensé en un tipo que sale de
la cárcel después de cinco años y ahora se va a apoderar
de todo el negocio de la droga en New York, punto. Si eso se puede hacer,
o no, me tiene sin cuidado./ El mal teniente (Bad Lieutenant) va
todavía más lejos, porque es ese mismo tipo, con todos los
vicios que te puedas imaginar, pero además tiene una placa de policía."
Eso dice Ferrara. Tesis. Extremas, pero simples. "Quería que
todos supieran qué se siente con un revólver de nueve milímetros
en tu jodida boca, nena." Eso es lo que dice. Tesis. Aparte cualquier
fastidio que puedan provocar, con eso es suficiente, supongo, para comenzar
un rodaje. Pero basta. Aún no he sido justo. Ferrara, aparte de neoyorquino y aplicado conocedor de géneros,
también, humano, se deleita en retratar gestos, relaciones. Motivaciones
esenciales. Este funeral. Actos domésticos. Lo que un crítico,
en algún lugar de la red, llama "la obscenidad de la vida
cotidiana". Qué bonito. Cuerpos comportándose. Él, Ferrara, algo sabe. Hablando de Snake Eyes (una película
de 1993, que hizo con Madonna y Harvey Keitel, uno de sus actores favoritos),
dice: "Harvey está en perpetuo estado de interrogación.
Ya lo has visto en el ascensor. Aunque no diga una sola palabra, puedes
notarlo. El fulano está vibrando. Ese es el tipo de personas que
quieres frente a tu cámara." Y de una escena de Bad Lieutenant
(con el mismo Keitel inyectándose pacientemente una dosis junk)
dice: "La ciudad se queda muy silenciosa a las cinco de la mañana,
créeme. Básicamente ese era el sonido de la escena. Pusimos
un micrófono en el momento de rodar, eso es lo que se escucha." Así, en tales circunstancias, cualquier ruido, un disparo, cualquier disparo, es accesorio. En The Funeral pareciera que están ahí sólo por comodidad del relato, por convención del género. Donde hay un muerto hay dos, y tres, y los que quieras. Pero importan más, aquí, las relaciones. Esa obscenidad. Una pequeña violación doméstica. En familia. Que se presiente cotidiana. Que la cámara mira, insistente. Sólo un rostro. El de ella. Que se transforma sutilmente a molestia. A pánico monótono, tedio. Son esas miradas, no digo el acto, no digo el significado del acto (que debe tenerlo), digo miradas, que, por mórbidas, se presienten tan honestas.
Reseña de King of New York, por Elkin Usuga. |
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