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Zero
Kelvin se acerca bastante al tipo de película noruega que uno
esperaría ver. No sé si te ha pasado que dicen Varsovia e
imaginas catedrales lúgubres registradas a blanco y negro, en 16
mm y con muy baja resolución. A eso me refiero si dicen Noruega
y uno piensa en frío y en brutal death metal y en
películas bruscas, desapacibles, como Insomnia (Eric
Skjolbjaer), otro thriller crudo e incisivo (que vi, por suerte, una
noche en Cinemax Vanguard), con un sol revelador recordándole a
Stellan Skarsgard las 24 horas, el error que ha cometido. Y ahora
piensa uno también en Zero Kelvin. Es decir: piensa en
Groenlandia y en nieve perpetua y en las palabras western
ártico, aunque no sepa exactamente lo que significan, y otra vez
en Stellan Skarsgard y en su agresión constante como mecanismo
de defensa y en su muerte, por supuesto, justificada cuadro a cuadro
desde el comienzo del drama. A eso me refiero si digo Noruega: pura
capacidad de asociación.
Pausa.
He pensado que Zero Kelvin es lo uno podría llamar una
película "profundamente humana". Pero este apelativo nunca se
asocia plenamente con un significado sensato. Es decir: a veces pienso
que los thrillers y solo los thrillers, dan esa visión
profundamente humana que el cine ha reclamado desde siempre como un
deber y como un derecho. No por lo que retratan sino por la facilidad
que tienen para conmover, para ligarse a inconfesables fluidos y
oscuridades corporales. Claro que no es un pensamiento oficial, de esos
que uno le va diciendo a todo el mundo, porque luego pienso en cosas
menos genéricas, más cercanas. Como un álbum
familiar, por ejemplo. Y me arrepiento de un pensamiento tan
fácil. Porque la vida pocas veces se comporta de forma tan
lineal y premeditada, de forma tan efectiva cunado de pausas y de
tensiones dramáticas se trata.
Filmografía de Hans Petter Moland en imdb
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