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Es
pequeña cosa, es lo lento y comprimido del tiempo.
¿Qué es la Humanidad? Una película
tragicómica, como la existencia misma en la que se padece y se
ofrece la vida al tiempo, nos hace soñar, recordar, alegrarnos
con sus bromas o llorar con sus verdades.
Es la trama infinita de la intriga, la pregunta constante, la pasividad
del suspiro, el cansancio. Vapores y estupores, insultos y desprecio.
Sudor áspero de las mañanas calientes, la soledad al
final de un pesado sueño. La extrañeza de las cosas, lo
inexplicable.
La saliva y la lengua, el estruendo del cuerpo, la masa y el volumen,
espíritu de cosa viviente. Reducida molécula muere ya, es
tu mandato y tú mueres al momento de nacer. Éste es un
discurso de apariencias por la tierra de las conveniencias, un mareo de
crucero, pasajero vomitante. ¡Haa! Es el mar amplio que invierte
los sentidos y equilibra nuestra esfera de pantano en el suave y oscuro
velo del universo.
Música de selva y caballos. Sangre pulsante. Emerger a la
superficie de las cosas con el sonido de un arpa, sopesarlas
acompañado del pavoroso tintineo de un clavecín y
finalmente ceder el alma a las pesadas notas del órgano. Es de
tener cuidado cuando una película, más que generarte
cierto concierto o desconcierto, te motiva reacciones orgánicas
como la repugnancia o el aborrecimiento, hambre, deseo… muerte.
Advertencia justa cuando el pensar es indefenso a la demanda del cuerpo.
Existen productos audiovisuales estimulantes de reacciones que van de
la epilepsia a la depresión, sólo basta con mover el dedo
para echarle ácido o azúcar a tu corazón. Pero
todo ello sucede sin darnos cuenta, hasta que por fin llega el episodio
climático provocador del infarto emotivo, la patología
contenida se desarrolla. El cáncer de las imágenes es tal
que tiende a hacernos olvidar el mundo en tiempo real, nos abstrae de
él disipando nuestro cuerpo en una lánguida expectativa
de sensaciones.
La separación del espectador, su entrega inocente a las
creaciones de un cineasta, albergan una suerte de sueño o
esperanza de ver aquello que creemos buscar, aquello que aún no
hemos visto, eso que pueda darle a nuestra vida la comprensión
del mundo. Casi con devoción enfermiza corremos entre las
sombras de pensamientos ajenos en los que tratamos de perdernos,
cualquier ruido o seña que nos recuerde lo existente bajo los
pies, es una molestia irritante que impide nuestra fuga.
Sin embargo, a pesar del deseo mental es imposible deshacerse de La
Humanidad. Es allí donde se produce un efecto de letargo, una
especie de momento mental en el que, más por comodidad
física, pasamos horas observando un suave desfile de gestos y
cosas. Nuestra humanidad, en la sala, aprecia La Humanidad de Bruno
Dumont. Es una cuestión de lógica en la que pueden
formularse varias especulaciones, no obstante existe un margen delicado
en el posible rodeo analítico: se trata del hecho
artístico subyacente en el acto de confrontar a la humanidad en
la sala de cine; pero no ese abstracto concepto que pretende englobar
toda una historia evolutiva, sino aquel sencillo suceso de agrupar en
un recinto a cientos de cuerpos vivientes que vegetan frente a una
pantalla contemplando fantasías.
En esta película, Bruno Dumont además de contar una
historia, desarrolla la acción en la figura de un protagonista
y, en cierto sentido, maneja el suspense, lo cual tiene en sí un
mérito formal, plantea una visión, un encuadre y
composición en los que lo sugerente, alegórico,
simbólico, significativo y narrativo de la imagen, tienen su
punto de partida en lo corpóreo de lo humano. Es decir, las
ideas del filme discurren a través de sensaciones que mediadas
por sus actores llegan al jugueteo mental y a una suerte de limbo
orgánico en el cuerpo del espectador.
Usualmente entretienen tu mente mientras sonsacan tu cuerpo, es decir,
permitir el uso "o abuso" de nuestra corporeidad, por ejemplo, en el
caso de una sala de cine (por no hablar de una factoría o de un
comando) en la cual, inclusive, pagamos por ofrecernos, es común
soportar un discurso de dulcificantes, extraordinarios formatos de
sociedad e ideales de éxito y superioridad entre los cuales
tú, mísero espectador enésimo, has pagado por un
asiento. De ese mundo que ves sólo disfrutarás por el
pequeño trozo que has pagado. Termina la película, si
quieres más ve y trabaja o ponte a llorar, en cualquier caso
cuando tengas dinero ven y disfruta nuevamente.
"Mientras vivas nosotros representaremos tus ilusiones", éste
parece ser el débil eslogan de las truculentas majors que
subculturizan al mundo. Entretenimiento de baratijas y pistolas de
juguete, tan variado como el paño de un vendedor ambulante. La
humanidad es ignorante e ingenua como para creer en quienes se dicen
dueños del estrecho margen existente entre el bien y el mal, en
la verdad y la justicia.
Es así como La Humanidad de Bruno Dumont, en vez de habitar esos
márgenes ya rotulados a favor de sus propietarios, prefiere
hacer sus planteamientos sin llegar apenas a delinear los
límites valorativos. Permanece a la altura de nuestro hombro y
hasta nos permite escuchar su respiración.
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