| |
«El arte del cine narrativo consiste en obligar al
espectador a añadir una construcción falsa a un conjunto
de imágenes verdaderas.»
V. F. Perkins (*.)
El cine no es y nunca llegará a ser como el sueño. Ya
la comparación resulta vana, por común. Tener que
mantener los ojos abiertos es siempre más doloroso. El cine
sigue siendo demasiado externo y ya no hay tiempo que perder en apagar
las luces. Insertar el videocasete y esperar a que la pantalla se
ilumine es ya demasiado esfuerzo, lo sabes. Lo sabrás si tomas
conciencia del ojo atrapado por el párpado. El ojo que pretende
salir, que no quiere aceptar que algo adentro reclama su
atención. Es la oscura lucidez del sueño. La esfera
que comienza a dilatarse. El espacio interior, que es el único
que realmente vale la pena. David Lynch lo sabe.
Por eso Lost Highway no es perfecta. Porque, para serlo, tendría
que prescindir del soporte cinematográfico, es decir, material,
que hace obligatorio, en nuestra vulgar forma de percibir el mundo,
comenzar a verla en algún punto. Aunque Lynch hizo lo posible
para que Lost Highway no pareciera cine. Pues definitivamente
está construida para ser apreciada en una visión total,
panorámica, simultánea y fluida. Por eso, para poder
acercarse a su verdadera naturaleza será necesario verla tres,
cuatro veces; desarmarla y volverla a armar en la memoria, dejar que
carcoma y penetre sin obstáculos al sueño.
Lynch parece decir: haré lo que yo quiera con la realidad, tal
como la percibes. Pero no se burla. Sólo muestra otra de sus
posibilidades. Con elementos convencionales construye un universo
nuevo. El gore que vendrá: limpio, lúcido, imperturbable,
en un travelling lento y silencioso descendiendo siempre firme. Un cine
demasiado peligroso. Cruzado el límite lo mejor comienza, pero
debes saber que no hay regreso posible. Si recurre al efecto
tradicional y a la narración clásica pierde intensidad,
puede verse. Afortunadamente la narración aquí
sólo parece una excusa, la historia puede ser cualquiera (la
tuya, la mía), y el resultado el mismo:
Todos los tiempos sintetizados en un sólo punto.
Pero ¿si un punto implica otro más adelante, no debería bastarnos uno solo, el más intenso?
Trato de decir orgasmo, pero pesa más la palabra angustia. La
sensación de que el abismo te absorbe, te vuelve a absorber y
mientras palpas el vacío escuchas el aire que vas dejando
atrás como si no tuvieras el derecho a respirarlo y presientes
la posibilidad de reconstruir todo el terror del momento del paso a la
luz, a ese otro terror entre paredes agrietadas que es tu cuarto, y
deberías despertar aullando: es tu vientre sepulcro, madre, pero
no la ves, no logras verla, porque el mundo todavía es una
imagen tambaleante, fuera de foco y fragmentada, como si cortaran tres
o cuatro fotogramas cada vez que te distraen y así será
por siempre. Un entrar y salir de esa escabrosa cavidad que Lynch trata
de representar con un cerebro, pero igual su entrada puede ser una
vagina o una mandíbula de dientes caninos (como lo ve
Sofía Suárez).
¿Y a pesar de todo quieres aprender a vivir?
Comienza por descifrar las instantáneas que te llegan, sin
conexión aparente, sin solución de continuidad. El tiempo
comprimido en una ansiedad desenfrenada y al final ese fundido a negro
que tienes que mirar sin parpadear; un flash en negro que literalmente
encandila. ¿Y qué pasó?
- No estoy seguro. Sólo recuerdo haber bajado a preparar
café. Nunca esta sangre que me corre por el pecho había
estado dentro de mis planes.
- Mira este mundo atentamente y dime ¿acaso lo crees
consistente?, ¿cuántas veces ya te has visto sangrando,
sin dolor, sin memoria?
- No lo sé. Y sinceramente ya no sé si lo
soñé o lo viví o lo vi una noche por
televisión.
- No importa. Ocurrió. Eso es lo único que importa.
- ¿Pero quién puede asegurar que esto que decimos vivir,
aquí y ahora, estas letras, este papel, este objeto que escribe
y mi mano que lo guía; esto que digo vivir, no lo viví ya
y lo estoy recordando en este mismo instante? (Recuerdo que se ha hecho
tan intenso que me transmite la misma sensación.)
¿Quién entonces podría convencernos que esta
sensación que nos corroe no es la que hemos tenido desde
siempre, la única que nos toca sentir eternamente? ¿No es
este acaso un instante que permanece y puede ser recuperado luego como
presente?
Nadie, por favor, se atreva a responderme. Si lo pienso más
tendré miedo de recordar este instante en el futuro. Pero... un
momento, ¿por qué nadie dice nunca nada?
¿Podéis tranquilizarme? ¿Tenéis una
respuesta? La tenéis, estoy seguro, pero yo no puedo esperar
más. Algo adentro reclama mi presencia. Y desde hoy
comenzaré a traducir soñé por: lo viví en
un sueño. Algo me pasó en un sueño.
- ¿Quieres decir soñaste?
- ¡No! Quiero decir: Algo-me-ocurrió-en-un-sueño.
Aún no me pregunten nada. Aún no estoy seguro de nada.
Apenas comienzo a explorar. Llevas tanto tiempo mirando afuera que
cuando por accidente vuelves tu mirada adentro ya todo parece
extraño, como cuando miras por años la misma imagen en el
espejo y de pronto abres los ojos y te sorprende un rostro envejecido.
Apenas si te enteras. Apenas si reconoces ese espacio que en apariencia
no difiere mucho del otro, el que ves a diario, aquí y ahora,
estas letras, etc. donde igual puedes matar a tus padres y violar a tu
hija sin que se tense un músculo, porque músculos no hay,
¿lo has olvidado? Sólo eres eso que hay en mí, que
me habita. Eso que soy yo, ¿no lo recuerdas?
- Soy yo el que siente. En mi butaca, frente a la pantalla parpadeante.
- Yo y nadie más, en mi intimidad.
- Estas palabras son vanas, ambos lo sabemos, el narrador omnisciente
en tercera persona en relación periférica con el objeto
ni siquiera sospecha el vórtice de la tormenta).
Ay, pequeño Arthur:
en las afueras de Holliwood hay alguien llamado David Lynch que
también ha respirado los vapores tibios de su alma. Y no fue muy
agradable lo que encontró. Aunque sigue siendo atractivo. Lost
Highway es un boceto de eso. El pánico que lo invade. Un terror
cotidiano, en el que te puedes reconocer. Un terror
contemporáneo, nuestro (la atracción del pavimento, el
oscuro dolor del coito, la handycam que te acecha poniendo toda tu
depravación de manifiesto), pero que al mismo tiempo trasciende,
nos pone en contacto con el otro Terror, el Metafísico, el
eterno. Ambientado por un estertor espantoso. Una respiración
que no oxigena, pero no permite la asfixia. La banda sonora ideal. Sin
falsos estruendos como en el cine pseudoindependiente norteamericano
(aquí no se trata de negocio independiente. Se trata de
pensamiento independiente). Música que presiente el Apocalipsis,
que capta vibraciones en la atmósfera que apenas presentimos. Y
esto es solo el comienzo. Si la Velvet Underground (¿algo que
ver con Blue velvet?) son algo así como un espermatozoide, Trent
Reznor es el óvulo fecundado del grotesco aborto que
terminará por manchar el azulejo. Si después del grind
core fue el trance. Después del sonido industrial será el
silencio. Un silencio imposible de chirridos de máquinas,
murmullo de bytes y neón incontrolable. Es el sonido adherido a
los pálidos espectros catódicos que comienzan a tatuarse
en la retina, como en Poltergeist, ¿recuerdas? Aquí el
juego es otro. Después de Lost Highway cualquier pesadilla que
se haya intentado filmar recordará el más bochornoso
sueño mojado de Fred Krueger en sus peores momentos.
Reseña a Eraserhead
Reseña a Mulholland drive
|