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Lumiere & compagnie: un cadáver exquisito
Por Mauricio Alvarez
Las reglas
El juego es relativamente simple (como casi todo, en esencia): tomar la
primera cámara de los hermanos Lumiére (1895) y hacer una
película continua de no más de 52 segundos, no más
de tres tomas, sin luz artificial y sin sonido sincrónico.
El resultado: 40 cortometrajes y un documental. Aparece el blanco
y negro lleno de manchas que abre el apetito de los nostálgicos
que lo que más extrañan del cine son las rayas que cruzan
verticalmente la pantalla a toda velocidad, como una especie de skratch
fílmico (no por otra cosa el software edición digital
incluye funciones para generar este "efecto"). Además se
nota un flicker producido por la baja velocidad de disparo el cual
varía de acuerdo a la "buena mano" de cada director.
Instrucciones para tomar fotos
Allí aparece la cajita mágica, salida del museo, un
objeto de fetiche, mecánico, simple: sólo hay que
introducir la cinta virgen en los rodillos. Tomar la
película entre los dedos por última vez, antes de
olvidarla para siempre en las cámaras que sólo tienen
botones y pantallas de cristal líquido. Todo este
procedimiento se olvidará por "inútil" aunque
quizá algunos religiosos, como los que aún usan los
acetatos de 78 rpm, sigan practicando el ritual. El
mecanismo-milagro es simple también: se mueve la manivela con la
mano, la cinta pasa y se toma una foto. Si se mueve la manivela
lo suficientemente rápido, como en una bicicleta, se
tomarán tantas fotos que luego, al revelarlas y pasarlas
rápido una tras otra, el ojo: asustado, engañable, lento;
las superpondrá en la retina y aparecerá el
movimiento. Sólo eso, capturar el movimiento: esa
extraña relación entre el espacio, el tiempo y nuestros
sentidos. Y no hay monitores, ni edición no lineal.
Simplemente dejar pasar el mundo en 52 segundos, en no más de
1000 cuadros.
El retorno
El cine intentando retornar, retomar. 100 años es muy poco
han dicho hasta la saciedad. Pero son muchos. Kiarostami porta la
cámara de los Lumiére, asunto de técnica y
arqueología. Pero ¿podrían ver los hermanos
Lumiére o sus coterráneos: Close-up o Taste of Cherry?
Separación irresoluble, el cine que ahora vemos, no lo
separa el tiempo ni la técnica, lo separa la imagen misma.
Es otro el código, no es asunto de cámaras ni de bits de
color por píxel, nuestra mirada, y la de cierto cine, es
otra. Fragmentación, sugerencia, implícito,
tácito, silencio, quietud, relatividad. La quietud de los
personajes de Angelopoulos, que caminan en silencio minutos enteros por
una playa, es la misma en 52 segundos. La alucinación de
Lynch, la mirada de Jaco van Dormael ...
La imagen dentro de nosotros
52 segundos y unas preguntas. ¿Por qué filma?,
¿piensa que el cine es mortal?. Las respuestas y los
filmes varían. Los nombres: Theo Angelopoulos, Vicente
Aranda, Abbas Kiarostami, J.J. Bigas Luna, Costa-Gavras,
Peter Greenaway, David Lynch, Michael Haneke, Spike Lee, Jacques
Rivette, Fernando Trueba, Régis Wargnier, Wim Wenders,
Zhang Yimou, Jaco van Dormael y otros 35 nombres, algunos
demasiado franceses, quizá desearíamos encontrar otros,
no se: Scorsesse, Svankmajer, Kusturica, Jess Franco (exagero?).
Sean los que sean, están allí, con la cámara en la
mano, demostrando que quizá el origen no está en la
cajita de los Lumiére, sino un poco más cerca, en la
maquinaria químico-eléctrico-orgánica que nos
permite ver imágenes, recordarlas, procesarlas y crearlas dentro
de nosotros mismos. Como el músico que escribe desperado
en el papel las melodías que retumban en su cabeza así
nace el cine desde nuestro interior y las imágenes se hacen y
sólo esperan que las saquemos, como sea, en un rollo de
película movido con la mano o en una pedazo de circuito
opto-electrónico montado en el hombro. No importa, el cine
ya estaba creado, estaba con nosotros.
Enlaces relacionados
Full cast & Crew imdb.com
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