Las obsesiones de Lucrecia Martel y el desespero por ser autor.
Es
hoy casi totalmente aceptado que el cine argentino es uno de los mas
vibrantes y creativos de América Latina. Cada año un
manojo de películas argentinas recorre festivales de todo el
mundo ganando premios y dando mucho que hablar entre la crítica
y el público. Recientemente títulos como: El hijo de
la Novia, Juan José Campanella;
Nueve reinas, de Fabian Bielinski; o Valentin, de
Alejandro Agresti, han resultado ser rotundos éxitos, de paso
demostrado como en medio de la terrible crisis que golpea la economía
argentina la producción cinematográfica
se mantiene muy saludable.
Por
este llamado resurgimiento del cine argentino, fue que los
organizadores del 48th London Film Festival 2004 justificaron
un foro para discutir la llegada de esta ‘nueva ola’, -otra más
y seguramente no será la ultima- y además incluir una
fuerte representación con cuatro películas y un
documental en la selección del festival. Curiosamente, algunos
directores de cine argentinos no creen que haya tal resurgimiento, es
decir, ellos son de la opinión que siempre se ha producido
cine de calidad en la Argentina. Allí
están los nombres reconocidos desde
décadas atrás: Leopoldo
Torre Nilssón, Maria Luisa Bemberg, Fernando Solanas, Eliseo
Subiela, Adolfo Aristaraín o Luis
Puenzo, pero ellos brillaron sobre todo independientemente y por
diferentes razones fueron poco o nunca reconocidos como un cierto
grupo mas allá del continente, como
si parecen serlo los nuevos realizadores hoy en día. Por
ejemplo Daniel Burman, el director de El abrazo partido,
-triunfadora en Berlín 2004 comentó
rotundamente en uno de los eventos: ‘Decir que hay una nueva ola
del cine argentino no tiene sentido, es como decir que hay una nueva
generación de relojeros suizos’. Una
de las películas argentinas mas esperadas del festival fue La
niña Santa, de Lucrecia Martel, quien ya había
sorprendido con su opera prima La ciénaga. La niña
santa, debutó oficialmente en el pasado festival de Cannes
2004, donde parece que reconfirmó a
Martel como una promesa cumplida del cine argentino. Otro aspecto que
llamaba la atención de este filme y que esta producido por la
dupla Agustín y Pedro Almodóvar, lo que lo convierte en
una envidiable carta de presentación.
No es extraño pensar que lo que atrajo a Almodóvar a
producir La niña santa fue su curiosa similaridad
temática con La mala educación,
como muchas
voces lo mencionaron una y otra vez. La
mayoría de la crítica especializada no ahorro elogios
para el trabajo de Lucrecia Martel en La niña santa.
Ciertamente su película esta bien presentada en términos
de lo que una película de autor tiene que ser en forma y
contenido. Es decir diciéndolo de manera bastante cruda, para
algunos directores las películas de
autor o pretendiendo serlo se basan en un tema interesante o mundano,
pero contado de una manera inusual, esto es
mezcla de géneros, explícitos
artificios narrativos, plots elípticos.
Cuando existe una premisa básica, está untada de
interrogantes filosófico-freudianos-surrealistas
o un conflicto neo-aristotélico que no se concluye o que lo
hace prematuramente. Por otro lado, unos personajes o confusos, o
psicóticos o ambivalentes al extremo
o estos tres rasgos uno cada día en cada uno de ellos. También
un lenguaje visual no convencional acaso posmoderno;
por ejemplo bizarros encuadres, combinados con técnicas
de montaje clásico y finalmente
retocados digitalmente y La niña santa tiene un poco de
todo esto. Todos estos elementos en una coctelera bien mezclados casi
siempre garantizarían una excelente
cinta de más de dos horas que de ser seleccionada dará
que hablar en algún gran festival, para bien o para mal y de
allí el efecto mediático
completará el resto y La niña santa lo ha hecho
así, afortunada o
desafortunadamente.
Es
indudable que Martel conoce las estrategias de cine de autor y sabe
como explotarlas eficientemente, esa es una de sus principales
virtudes, pero conocer esas estrategias no hace necesariamente que un
director -llámese como se llame-
haga una excelente película, no siempre! Tal vez el problema
es que Martel se esfuerza demasiado por querer hacer una película
de autor desde su profunda ideología
olvidándose de la complejidad de los
limites entre lo general y lo particular. Se nota como ‘La niña’
esta fundada en profundas, sesudas y interpretaciones sobre la
moralidad, la religión, el misticismo, el núcleo
familiar y la sexualidad o la ausencia de esta. En una declaración
de principios Martel reconoce que quiere analizar algunos de estos
tópicos desde su punto de vista y su conocimiento para
cuestionarlos. Quien escribe se pregunta si de verdad los cuestiona o
meramente los reproduce con algún artilugio narrativo y al
mismo tiempo pretende hacernos pensar que sus planteamientos son
originales y reveladores. Martel cae en un lugar común
con sus preguntas, por ejemplo al pretender cuestionar la hegemonía
de la religiosidad, o la religión
como una institución, lo que ella
realmente hace es cuestionar la noción
que ella tiene sobre estos temas. Resulta inocente confundir las dos
posibilidades y es capcioso mezclarlas.
Mirando
ya algunos elementos formales en la película, seria injusto no
mencionar los aciertos visuales de Martel. Mas allá de las
escenas con profundos close-ups, que suponen una mirada a la
intimidad de los personajes casi para verlos en su absoluta realidad
y acentuar esta atmósfera opresiva del hotel. Esto si es un
efecto logrado. Por otro lado, interesan más las escenas de la
piscina, ellas reflejan un tipo de impostura visual. En un momento su
exquisita composición, la disposición de los personajes
y los brillantes efectos lumínicos en el decorado,
-deliberados o no- les otorgan a estas escenas un brillante
estatismo, semejan acaso rasgos del lenguaje pictórico del
siglo XV italiano, especialmente las pinturas de Piero de la
Francesca o de Andrea Mantenga, festín
para el ojo porque este tipo de decoro visual no se ve frecuentemente
en una sala de cine.
Finalmente,
uno podría concluir que la recurrente y abigarrada complejidad
que se ve en La niña santa es su punto débil. La
preconcepciones que Martel pretende revisar
son bastante sugestivas, pero sus preguntas se vuelven demasiado
precisas y calculadas. Es allí cuando el film se torna pesado
y monótono, si su desenlace tiende a ser previsible es porque
hemos asistido a un cerebral juego de ajedrez, entonces el momento
decisivo no puede evadirse, es casi inevitable. La misión de
Amalia es darle el ‘jaque’ al doctor Jano y así se hace.
Un poco de azar en La niña santa habría sido una
más excitante carrera en el hipódromo.
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