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The Isle |
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| Seom | |||||
| Kim Ki-Duk. Corea del Sur. 2000. 90 min. |
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Por: Juan Escobar. |
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La isla. Kim Ki-Duk.
Podría comenzar así: “Habitantes de islas separadas por abismos insondables” E. Sabato. Y titularía: “Islas separadas, la ultima esperanza del suicida”. Pero eso era antes, ahora imposible. O podría decir también: “Some people think only the happy moment of life is beautiful, but I think the true beauty of life is the mixture of its destructiveness and passion along with its psychosomatic nature” Kim Ki-Duk Y se llamaría: “Islas separadas por aguas frías”. Pero no, porque está cargado de esperanza, y la esperanza, al igual que la suerte, son para los bobos. En definitiva el inicio es así: “No tenía más que bajar la cabeza y mirar al suelo bajo mis pies, delante de mis pies, porque en esa posición siempre he sacado fuerza para, como explicarlo, no lo sé, y ha sido de la tierra más que del cielo, dimensión sin embargo favorable, de donde me ha venido el socorro, en los momentos difíciles”. S. Beckett. Y el título es: La belleza del estado salvaje y autodestructivo del hombre que está en un extremo miserable. El sentimiento general es el mismo al estar deprimido, de esas depresiones que quitan la energía y obligan a andar arrastrando los pies. Un sentimiento de perdedor. La Isla es una casa de pesca flotante (aquí, en Corea o Afganistán). Es la fatiga y el asco de todo. Yo ya no voy hasta allá (quizás nunca lo estuve), ya no me alcanzan las fuerzas. Porque es matarse siendo un perdedor, y eso, junto con el mal gusto, no se perdona. La extrema coherencia de la confusión. Es la simpatía con el confundido, con el perdido (aunque eso, si se tuvo, nunca se pierde, se pega como el olor a marihuana). Es llevar una cuchilla en la billetera. Es llorar mientras caminas a la universidad. Es montarse en un bus cualquiera y a cualquier parte mientras te tomas la botella de vino. Son las cuatro de la tarde mientras fumo porro y pienso un momento en mi mamá y luego la olvido por meses. Es algo triste pero no es la tristeza. ¿Si me entienden? En La Isla se le respeta el espacio de respiro que hay entre silencio y silencio. La lentitud de la lentitud. ¡Y eso es mucho que decir! De todas formas incomoda, y eso gusta. Pero a mí lastimosamente me recuerda un tiempo de rebelión que no miraba a ninguna parte, que era presionante y ciego. Ahora simplemente estoy convencido de una frase Beckettiana: “Morir sin sufrir demasiado, un poco, eso sí que vale la pena, cerrar uno mismo ante el cielo ciego los ojos vacíos, después rápido convertirse en carroña, para no confundir los cuervos”. La Isla, una poderosa pintura de un par de desahuciados. Información adicional |
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