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What Time Is It There? |
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| Ni neibian jidian | |||||
| Tsai Ming-liang. Taiwán / Francia. 2001. 116 min | |||||
Por: Alexandra Chaverra. |
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“En la vida real no disfruto de las multitudes, me gusta estar conmigo mismo. La soledad y el aislamiento son parte de la naturaleza humana. Algunas personas le dan un valor muy importante a la soledad, pero otras le temen. Estos últimos tienen que estar involucrados con mucha gente, ir a lugares concurridos. Pero no significa que no estén aislados dentro de la multitud. Por esta razón tenemos relaciones humanas demasiado ambiciosas ya que la gente teme los elementos sociales del aislamiento. Tengo que encarar al aislamiento de la misma manera que encaré a la muerte. Esta es la razón por la cual en la mayor parte de mis películas encontraremos a Kang-sheng aislado cuando está con otro personaje o en una escena solo. Disfruto poniendo a mis personajes en ambientes donde parezca como si ellos no tuviesen relaciones con otros, pues deseo pensar qué clase de distancia debemos mantener entre nosotros. También me gusta poner a la gente en situaciones donde carezcan de amor, porque deseo saber cuanto amor necesitamos, y qué clase de relaciones deseamos.” (Declaraciones de Tsai Ming-Liang en una entrevista concedida a Mark Peranson para indieWIRE/ 01.22.02 a propósito de What Time Is It There?) Mi primer encuentro con Ming-Liang fue en una especie de comuna cinéfila o simplemente en una casa: amigos resistiendo jornadas de no sé cuantas películas cada fin de semana. Recuerdo una escena interminable (no, un plano) de una mujer llorando en un parque y sorbiéndose los mocos. El llanto, molesto e histérico cuando se exterioriza, y yo me retiré de la habitación. Qué película tan insoportable, no pasaba nada, y para colmo una escena (no, un plano) de una vieja llorando minutos, que sentí que se convertían en horas. Insoportable, ese fue el primer adjetivo que tuve a la mano para referirme a Vive l’amour. El tiempo me limó y me dejó menos áspera que de costumbre, y la palabra insoportable no tenía otro significado que sublime: El efecto de las películas de Ming-Liang se hacía interminable y la clásica catarsis podría afectarlo a uno de por vida. No sé si era porque ya había llorado haciendo ruido, y me habían llamado histérica alguna vez, o porque ya había creído enamorarme, o todo eso junto, sumado a esa especie de melancolía llamada experiencia. Por otro lado, un poco más de cine. (Ya había visto a la mecánica Muchette de Bresson rodando una y otra vez hacia un río hasta hundirse.) Entendía ciertas cosas, podía entender, o intentar entender, por qué en el cine, cuando alguien llora, se masturba, vomita o se suicida, los minutos se convierten en horas, en tiempo puramente fisiológico, real. Además la anomalía de los pocos gestos, iluminados, encuadrados, enfatizando detalles que podrían avergonzar a cualquiera. Tan cerca del miedo a la oscuridad, tan familiar el sonido del orín dentro de la habitación. Tan común adelantar el reloj para darse una oportunidad con o sin alguien. Tan cerca los vicios privados y la distancia cotidiana del afecto. Y todo con el tiempo. Mientras pasa, se adelanta, se detiene, nos quedamos pensando en lo que perdimos, en lo que no tenemos, en un número telefónico, en él o en ella en un lugar extraño compartiendo con nadie, en los muertos que nos ven sin reprocharnos, en los vivos que no podemos ver. Regresamos a ese optimismo melancólico de último minuto, nos quitamos los zapatos, nos acostamos en la cama con alguien, al lado, conocido, extraño, nos acercamos o tratamos de no tocarlo tensando boca arriba la necesidad de compañía. Enfrentando la soledad como al frío. Refugiándonos de la muerte. Extrañando a nuestros seres queridos. En la muerte, o vivos. Solos con nuestra telepatía. En Taipei a horas de diferencia, en Paris a horas de diferencia, Aquí a horas de diferencia. El tiempo siempre nos separa y nos une a algo, pero en el cine no toda separación es irreparable.
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